Tres delincuentes entraron a robar a la casa de Daniel Scioli con máscaras de payaso. A miles de kilómetros, en Berlín, un auto embistió a la multitud en la marcha del orgullo LGBT. Las noticias viajan rápido, pero la pregunta que importa se pierde en el escándalo: ¿por qué usamos máscaras para hacer el mal? ¿Y qué dice eso de las máscaras que usamos todos los días?
Desde el consultorio te digo algo que aprendí en quince años de escuchar a personas: todos usamos máscaras. La diferencia es si sabés que las llevás puestas o no. Y si sabés lo que esconden.
No es casualidad que los tipos hayan elegido máscaras de payaso. El payaso es una figura arquetípica poderosa: representa lo ridículo, lo grotesco, lo que se ríe de las normas. En su versión luminosa, nos hace reír. En su versión oscura —el Joker, Pennywise— nos aterra.
Jung lo llamaría la sombra: esa parte de nosotros que no queremos ver. Que escondemos bajo capas de buenos modales, de «todo bien», de sonrisas automáticas. Y cuanto más la reprimís, más monstruosa se vuelve. Hasta que un día sale. A veces como un chiste cruel. A veces como violencia.
La máscara que elegís para esconderte dice más de vos que cualquier cosa que muestres voluntariamente.
El ataque en la marcha del orgullo en Berlín no es un hecho aislado. Es la expresión extrema de algo que pasa todos los días en menor escala: el rechazo a lo diferente como forma de no mirar lo propio.
¿Qué es lo que tanto le molesta al violento de la diversidad? ¿Qué ve en el otro que no puede tolerar en sí mismo?
La psicología transpersonal tiene una respuesta incómoda: lo que más te molesta del otro es lo que no te permitís ser. El homofóbico visceral suele estar en guerra con su propia sexualidad. El violento contra la expresión de género está aterrorizado de su propia ambigüedad. El que ataca la libertad ajena es porque no conoce la propia.
Vos no vas por la vida con una careta de payaso. Pero usás otras. Todos las usamos. Y pesan.
En terapia transpersonal no buscamos eliminar la sombra. Eso es imposible y hasta peligroso. Buscamos integrarla. Darle un lugar. Reconocer que esa parte oscura también es tuya y que, lejos de ser tu enemiga, es tu maestra.
¿Qué pasaría si en vez de esconder tu enojo, tu tristeza, tu envidia, tu deseo, los miraras de frente y les preguntaras «de qué me querés hablar»?
La sombra integrada no se vuelve violencia. Se vuelve potencia. Se vuelve creatividad. Se vuelve autenticidad. Dejás de gastar energía en esconderte y la usás para vivir.
Hoy, antes de dormir, preguntate:
No hace falta que tengas respuestas. Alcanza con que te hagas las preguntas. La conciencia empieza ahí, en el simple acto de preguntar.
Los tipos que entraron a robar con caretas de payaso sabían lo que hacían: esconderse para hacer el mal. Pero la verdadera valentía está en lo opuesto. En mostrarte sin careta. En decir «esto soy, esto siento, esto me duele, esto deseo».
Eso es lo que hacemos en el consultorio. Creamos un espacio donde podés sacarte todas las máscaras sin miedo al juicio. Y te aseguro que esa experiencia —la de ser visto en tu totalidad, con luz y sombra— es profundamente sanadora.
Si sentís que hace mucho estás usando máscaras y ya no sabés ni cómo es tu cara real, vení a charlarlo. Hay un espacio donde no necesitás careta.