Ayer, 6 de julio, Rusia lanzó un ataque masivo con misiles y drones sobre Kiev. El saldo, al cierre de esta nota, es de 19 muertos confirmados —entre ellos siete niños— y 58 heridos. Fueron 123 drones. Barrios enteros devastados. Zelenski habla de una guerra que ahora «se pelea en el aire». Y nosotros, acá en Argentina, lo vimos pasar en el feed mientras chequeábamos la formación de la Selección para el partido de hoy.
No te estoy juzgando. Yo también hice scroll.
Soy Sandra Marcela Almazán, terapeuta transpersonal. Hace quince años que trabajo con el dolor humano, y una de las cosas que más me conmueve —y me preocupa— es la capacidad prodigiosa que desarrollamos para anestesiarnos frente al horror ajeno. No porque seamos malas personas, sino porque si sintiéramos todo el dolor del mundo, no podríamos funcionar.
Nuestro sistema nervioso evolucionó para procesar las amenazas de una tribu de 150 personas en la sabana africana. Hoy, en cambio, recibimos en tiempo real imágenes de cadáveres en Ucrania, bombardeos en Medio Oriente, la crisis del Estrecho de Ormuz, la cumbre de la OTAN en Ankara, y un partido de octavos del Mundial, todo mezclado en la misma franja de diez minutos de scrolling.
La psiquis humana no puede con semejante cantidad de estímulos traumáticos. Y entonces activa un mecanismo de defensa que en psicología transpersonal conocemos bien: la disociación emocional. Desconectamos la información de la emoción. Sabemos que hay chicos muertos en Kiev, pero no lo sentimos. Leemos la noticia, suspiramos apenas, y pasamos a la siguiente.
No es frialdad. Es supervivencia emocional. Pero tiene un costo invisible: cada episodio de disociación nos aleja un poco más de nuestra humanidad compartida.
Cuando nos desconectamos del dolor ajeno de forma sostenida, algo se empieza a romper adentro. Se va apagando la empatía, se endurece el corazón, y empezamos a vivir en una burbuja donde solamente importa lo que nos toca directamente. Lo demás es ruido de fondo.
Lo veo en el consultorio todos los días. Pacientes que llegan con una sensación difusa de vacío, de falta de propósito, de desconexión existencial. Y cuando empezamos a explorar las capas más profundas, muchas veces encontramos que se desconectaron del dolor del mundo como estrategia para sobrevivir al suyo propio. Dejaron de sentir lo de afuera porque lo de adentro ya era demasiado.
El problema es que no se puede anestesiar selectivamente. Si bloqueás el dolor ajeno, tarde o temprano bloqueás también tu propia capacidad de sentir alegría plena, conexión genuina y sentido de vida.
Hoy mismo, mientras escribo esto, la OTAN se reúne en Ankara con Donald Trump presente. Se anuncian inversiones milmillonarias en armamento. La lógica oficial es «la paz a través de la fuerza», pero lo que subyace —en el cuerpo de millones de personas en todo el planeta— es un miedo global que nadie está nombrando como tal.
Miedo a la escalada. Miedo a la guerra total. Miedo a que el mundo que conocimos se deshaga mientras miramos. Y como no tenemos rituales colectivos para procesar ese miedo —como sí los hay para el fútbol— lo tragamos. Lo guardamos en el cuerpo. Se convierte en contractura, en insomnio, en ansiedad flotante que no sabemos de dónde viene pero que está ahí, de fondo, como un zumbido.
No te estoy pidiendo que te pongas a llorar con cada noticia ni que entres en un pozo depresivo por el estado del mundo. Pero te propongo algo más chico, más íntimo y mucho más potente de lo que parece:
La paz global empieza por la paz interior. Y la paz interior no se construye anestesiándose. Se construye aprendiendo a sentir el dolor del mundo sin desmoronarse, encontrando un centro que puede contenerlo todo sin romperse.
Si sentís que el mundo te pesa y no sabés cómo procesarlo sin caer en la indiferencia o en la angustia paralizante, la terapia transpersonal te puede ayudar a encontrar un centro firme en medio de la tormenta.