Hoy a las 16:00, Argentina sale a la cancha contra Egipto. Octavos de final del Mundial 2026. Atlanta. Messi con siete goles en cuatro partidos. El país entero se paraliza, y no es la primera vez que pasa. Pero hay algo que me pregunto hace años y que hoy, con el pulso acelerado de 45 millones de personas, vuelve a sacudirme: ¿qué necesidad profunda estamos canalizando a través de una pelota?
Soy Sandra Marcela Almazán, terapeuta transpersonal, y hace más de quince años que acompaño procesos de transformación. En el consultorio veo todos los días cómo las personas buscamos afuera lo que nos falta adentro. Y el fútbol, cuando se vuelve pasión nacional desbordada, es uno de los espejos más potentes que tenemos.
No es casualidad que Argentina sea el país más psicoanalizado del mundo y el más futbolero. Hay algo en nuestra constitución como pueblo —marcada por oleadas migratorias, crisis cíclicas, promesas institucionales rotas— que nos deja con un hambre de identidad que el fútbol llena de forma inmediata y eufórica.
Ser argentino duele, ser argentino te eleva, ser argentino es un subibaja emocional permanente. Y Messi, con sus 20 goles en mundiales y su récord de marcar en ocho partidos consecutivos, encarna algo que va mucho más allá del deporte: encarna la fantasía de redención colectiva. Si Messi triunfa, triunfamos todos. Si pierde, la herida identitaria se reactiva como un resorte.
En terapia transpersonal llamamos a esto «proyección arquetípica»: depositamos en una figura externa la responsabilidad de resolver nuestra propia fragmentación interior.
Hoy, millones de argentinos van a juntarse en casas, bares, plazas y oficinas. Van a gritar los mismos goles, a sufrir las mismas atajadas, a abrazarse con desconocidos si ganamos. Eso no es solamente fútbol: es un ritual de pertenencia masivo, de esos que escasean en la vida moderna.
En las culturas ancestrales, los rituales comunitarios servían para que la tribu procesara colectivamente el miedo, la alegría y el duelo. Hoy, con las religiones institucionales en retirada y las comunidades cada vez más fragmentadas, el fútbol ocupa ese lugar vacante. La cancha es el templo. La camiseta, el tótem. El gol, la epifanía compartida.
El problema no es el ritual —es hermoso y necesario—. El problema es cuando no hay otra instancia de encuentro profundo y entonces toda la carga emocional del año —la frustración con la economía, el cansancio de remar en dulce de leche, la angustia existencial de un país que nunca termina de arrancar— se descarga en 90 minutos de fútbol.
La pregunta que nadie quiere hacerse en la previa. Si Argentina pierde hoy, mañana hay resaca emocional en todo el territorio nacional. No es una metáfora: la gente se levanta de peor humor, los grupos de WhatsApp se llenan de lamentos, y una tristeza difusa y sin dueño recorre las calles.
Esa tristeza ya estaba ahí antes del partido. El fútbol solamente la pone en escena y le da un nombre provisorio. La trampa es creer que la causa es el resultado: la causa es un vacío de sentido que venimos arrastrando hace décadas y que ningún gol —ni siquiera uno del mejor jugador del mundo— puede llenar de forma permanente.
No estoy diciendo que no mires el partido. Al contrario: disfrutalo, gritalo, vivilo a pleno. Pero te propongo un ejercicio de consciencia para antes, durante y después:
La pasión por la Selección es hermosa y nos une como pocas cosas. Lo que no es tan hermoso es usarla como único cable a tierra de una identidad que necesita construirse también en la intimidad, en el trabajo interior, en el vínculo genuino con otros y con una misma.
Hoy, juegue quien juegue y gane quien gane, hay un trabajo más profundo que empieza cuando termina el partido. Y ese trabajo es con vos.