Difundieron la primera foto del acusado. Después de tres años y medio prófugo, finalmente lo detuvieron en Estados Unidos. La noticia corrió por todos los portales, los noticieros le dedicaron bloques enteros, las redes estallaron. Y sin embargo, algo quedó flotando en el aire —esa sensación rara de alivio mezclado con bronca— que ninguna cobertura supo nombrar.
Porque acá está el lado B que nadie está contando: ¿qué pasó adentro nuestro durante esos tres años y medio?
Cuando un femicidio queda impune durante años, no solo falla la Justicia. Falla algo mucho más íntimo: nuestra capacidad de cerrar una herida simbólica. Porque cada femicidio que no se resuelve es una herida que todo el cuerpo social —y especialmente el cuerpo femenino— sigue sangrando sin poder cicatrizar.
Desde la mirada transpersonal, lo que se activa cuando seguimos un caso así durante años no es morbo. Es un intento desesperado del psiquismo colectivo por restaurar un orden roto. Hay algo profundamente humano en necesitar saber qué pasó, quién fue, por qué. No es chusmerío: es la psique buscando integrar lo traumático.
En las culturas ancestrales, cuando alguien era arrebatado violentamente de la comunidad, existían rituales. Velorios de días enteros. Cantos. Fuego. La comunidad se reunía y procesaba junta. Hoy tenemos tribunales, tenemos medios, tenemos redes sociales. Pero nos falta el ritual.
La detención del femicida opera como un cierre simbólico —pero solo si podemos sentirlo y no apenas consumirlo como una noticia más en el scroll infinito. Porque si la noticia dura 48 horas y después pasamos a la siguiente, el trauma no se integra. Queda encapsulado. Y cada nuevo femicidio activa el anterior, y el anterior al anterior, en una cadena de dolor que nunca termina de procesarse.
¿Te pusiste a pensar qué sentiste físicamente cuando leíste que lo habían detenido? ¿Un suspiro? ¿Un nudo en el estómago? ¿Una contractura que se aflojó sin que te dieras cuenta? El cuerpo registra estas cosas aunque la cabeza no les preste atención. Tres años y medio de tensión acumulada no se van con un titular.
Como terapeuta, veo esto en el consultorio todo el tiempo: mujeres que llegan con ansiedades que no pueden explicar, con un estado de alerta permanente que no se corresponde con nada puntual de sus vidas. Y sin embargo, están conectadas —todas— a ese campo colectivo de miedo e indignación que los medios alimentan día tras día. No es paranoia: es sensibilidad.
Acá viene la parte más incómoda. Detener al femicida es necesario, pero no suficiente. La justicia penal no repara el alma. No devuelve lo arrebatado. No cierra la herida de la familia, ni de las amigas, ni de las miles de mujeres que se identificaron con la víctima sin conocerla, simplemente porque podría haber sido cualquiera de nosotras.
El verdadero cierre no viene de afuera. Viene de poder nombrar lo que sentimos, de poder llorar aunque no la conociéramos, de poder hablar de esto en la mesa familiar sin que nadie nos diga «cambiá de tema que es deprimente». Viene de transformar el dolor individual en conciencia compartida.
Después del click, la pausa. Después del alivio, la pregunta: ¿y ahora qué? ¿Seguimos scrolleando o nos permitimos habitar esto un rato más? Porque si algo nos enseñan los procesos terapéuticos profundos es que sentir duele, pero no sentir enferma.
La próxima vez que aparezca un femicidio en las noticias —y va a aparecer, lamentablemente— probá algo distinto: no lo consumas. Procesalo. Preguntate qué te pasa. Dejá que el cuerpo te diga lo que la cabeza quiere anestesiar. Y si podés, hablalo con alguien. Porque de eso se trata la sanación transpersonal: de entender que lo que le pasa a una, nos pasa a todas.
La verdadera justicia no empieza con un fallo. Empieza cuando nos permitimos sentir lo que el sistema nos entrena a ignorar.
Si esto te movilizó y querés hablarlo en un espacio seguro, te espero en el consultorio. A veces la terapia empieza donde las noticias terminan.