Seis días pasaron de esa tarde en Nueva Jersey. Seis días en los que millones de argentinos y argentinas se despertaron con una sensación rara en el pecho. España 1, Argentina 0. Gol de Ferran Torres a los 106 minutos, y un sueño que se deshizo en el alargue como se deshace el azúcar en el mate caliente. Pero este post no es de fútbol.
Este post es sobre lo que pasa cuando una nación entera deposita su identidad en un resultado deportivo. Sobre lo que queda cuando la pantalla se apaga y el silencio del living te devuelve la pregunta que venías esquivando: ¿quién sos cuando no hay Mundial que te defina?
En quince años de consultorio vi algo que se repite: cada vez que Argentina juega un partido importante, los días siguientes se llenan de consultas. Gente que no sabe por qué está angustiada, irritable, sin energía. «Pero si es solo fútbol», me dicen. Y ahí está la trampa.
No es solo fútbol. Es identidad colectiva, es pertenencia, es la ilusión de que algo externo nos complete. Es la selección como espejo del alma nacional. Y cuando ese espejo se rompe —una derrota en la final del mundo, nada menos—, lo que se quiebra no es solo una expectativa: es una parte de la narrativa que nos contamos sobre quiénes somos.
En estos días apareció un dato que parece sacado de un reality distópico: más de 23 millones de personas firmaron una petición para que la FIFA excluya a Argentina de los próximos mundiales. ¿El motivo? La conducta del equipo durante y después de la final. El presidente Milei tuvo que salir a hablar del tema. Los medios argentinos hablan de «victimismo conspirativo». Las redes son una hoguera.
Ahora bien: ¿qué tiene que ver esto con la terapia transpersonal? Todo.
Cuando un colectivo proyecta su sombra sobre otro, lo que está haciendo es externalizar un dolor que no puede procesar puertas adentro.
Esa petición masiva no es sobre fútbol. Es un síntoma. Una manifestación masiva de lo que Jung llamaba «la sombra colectiva»: aquello que un grupo no tolera mirar de sí mismo y necesita depositar en un enemigo externo. Argentina como chivo expiatorio, Argentina como pantalla de proyección.
Y del lado de acá, la respuesta tampoco es inocente: el victimismo, la teoría conspirativa, la narrativa de «nos tienen bronca porque somos los campeones». Es la misma moneda, la otra cara. Proyectamos nuestro dolor como rabia, como paranoia. Y así el duelo genuino —esa tristeza legítima por algo que deseábamos con el alma— se disfraza de indignación crónica.
Desde la mirada transpersonal, la identidad no es una sola. Somos muchas capas: la individual, la familiar, la cultural, la humana, la cósmica. El problema aparece cuando nos anclamos exclusivamente en una de esas capas y le pedimos que nos sostenga todo el edificio.
Argentina es un país hermoso. Profundo, cálido, resiliente. Pero también es un país que —históricamente— se miró al espejo buscando validación externa. El «primer mundo», la copa, el reconocimiento internacional. Y cuando esa validación no llega, aparece un vacío que duele más que la derrota misma.
Te propongo un ejercicio sencillo, ahora, en este momento: cerrá los ojos y preguntate: «Si no hubiera Mundial, si no hubiera selección, si no hubiera resultado que festejar o llorar… ¿qué me define? ¿qué me sostiene? ¿quién soy?»
Las respuestas que aparezcan —o el silencio que surja— son material de oro para tu propio proceso interior.
Una pérdida, cuando se atraviesa con conciencia, es una iniciación. Te desnuda, te despoja de lo accesorio, te obliga a encontrarte con lo esencial. La Argentina que sale de esta final puede elegir dos caminos: atrincherarse en el victimismo conspirativo o hacerse las preguntas difíciles.
Lo mismo vale para vos. En tu vida, en tus vínculos, en tu trabajo. Cada vez que algo «de afuera» no sale como esperabas, tenés la oportunidad de mirar qué estabas esperando que ese resultado te diera. ¿Amor? ¿Valor? ¿Pertenencia? ¿Sentido?
Porque nada de eso —nada— te lo puede dar una copa.
No estoy diciendo que no importe. Claro que importa. El fútbol es ritual, es comunión, es arte y es pasión. Llorar una derrota es humano, es sano, es parte del contrato emocional que firmamos cuando amamos algo. Pero una cosa es sentir la tristeza y dejarla pasar, y otra muy distinta es quedarse a vivir en ella, alimentándola con teorías, rencores y enemigos imaginarios.
Argentina jugó una final del mundo. Hizo historia. Perdió dignamente contra un gran rival. Y ahora, como país y como personas, tenemos la chance de hacer el verdadero trabajo: integrar la pérdida, soltar la proyección y volver a casa. A esa casa interior donde no hay copas que ganar pero sí una paz que vale más que todos los mundiales juntos.
Si este texto te movió algo —si sentiste que hablaba de vos aunque el fútbol te importe poco—, quizás sea el momento de explorarlo en un espacio terapéutico. No hace falta que estés roto para consultar. A veces, alcanza con estar incómodo con las preguntas que nadie te está haciendo.