Esta semana, el presidente Javier Milei hizo una declaración que merece ser leída con otros ojos —no los del periodismo político, sino los de la clínica. Acusó a gobiernos extranjeros —el Partido Demócrata de Estados Unidos, Brasil, México— de financiar una campaña coordinada en redes sociales para construir una imagen negativa de Argentina durante el Mundial 2026. Racismo, favoritismo arbitral, supuestos privilegios de la FIFA hacia nuestra selección. Todo orquestado. Todo financiado. Todo contra nosotros.
No presentó pruebas. Los analistas de redes no encontraron evidencia. Pero ese no es el punto.
El punto es otro. El punto es lo que esta necesidad de un enemigo externo dice sobre nosotros como sociedad. Y como personas.
En psicología, la proyección es un mecanismo de defensa primitivo: consiste en atribuirle al otro lo que no puedo tolerar en mí. Si yo tengo miedo, no digo «tengo miedo»: digo «ellos me amenazan». Si yo soy hostil, no digo «soy hostil»: digo «ellos me atacan». Es automático, es inconsciente y es profundamente humano.
Lo interesante del caso argentino es que la proyección no es solo individual: es colectiva. Como sociedad, tenemos una relación particular con la mirada externa. Oscilamos entre «somos los mejores del mundo» y «todo el mundo nos odia». Entre la grandiosidad y la paranoia. Entre Maradona y el complot.
Y en ese péndulo, el enemigo externo cumple una función precisa: nos unifica sin que tengamos que mirar para adentro.
Que el presidente de la Nación dedique tiempo y energía a denunciar una conspiración internacional sin pruebas no es solo una estrategia política. Es un síntoma. Los síntomas, en terapia, no se juzgan: se leen. Y lo que este síntoma dice es:
«Necesitamos creer que hay alguien afuera que nos quiere hacer daño, porque si no, tendríamos que enfrentar que el problema —o al menos parte del problema— está adentro.»
Esto no es de Milei. Es de todos. Del kirchnerismo, del macrismo, del radicalismo, del peronismo de derecha y del de izquierda. Cambian los nombres del enemigo —el FMI, los buitres, el imperialismo, el Partido Demócrata— pero la estructura psíquica es la misma: alguien, afuera, nos persigue.
¿Por qué? Porque un enemigo externo hace tres cosas que nos resultan adictivas:
Desde la psicología transpersonal, el camino de crecimiento de una sociedad es análogo al de una persona. Y uno de los hitos de madurez es dejar de proyectar y empezar a responsabilizarse. Dejar de decir «me persiguen» y empezar a preguntarse «¿qué parte de esto depende de mí?».
Argentina tiene problemas reales. La inflación, la pobreza —que según los propios datos del gobierno bajó pero sigue siendo altísima—, la fragmentación social. No los causó el Partido Demócrata. No los causó Brasil. No los causó una campaña de trolls.
Los causamos nosotros. Con nuestras decisiones, nuestras omisiones, nuestras internas, nuestra incapacidad histórica de ponernos de acuerdo en cuatro cosas básicas.
Y ojo: esto no es un argumento político. Es una invitación clínica. Porque una sociedad que no puede mirar su sombra está condenada a repetirla.
Lo primero: bajar un cambio. Cuando un líder señala un enemigo externo —sea quien sea—, respirá hondo antes de comprar el relato. Preguntate: ¿esto que me están diciendo me ayuda a entender lo que pasa, o solo me da alguien a quien culpar?
Lo segundo: diferenciá realidad de narrativa. Que algo sea verosímil no lo hace verdadero. Que algo confirme lo que ya pienso no lo hace objetivo. El sesgo de confirmación es el mejor amigo del manipulador.
Lo tercero: hacete cargo de lo tuyo. No de la macroeconomía —de eso no te podés hacer cargo—. Pero sí de tu vínculo con la verdad. De tu consumo de información. De tu capacidad de escuchar al que piensa distinto sin deshumanizarlo.
La madurez emocional de un país empieza por la madurez emocional de cada uno de los que lo habitamos. Y la madurez emocional, en su definición más simple, es esto: dejar de buscar culpables afuera y empezar a hacerse preguntas adentro.
No hay complot que explique lo que no queremos ver de nosotros mismos. Pero hay terapia para eso. Hay diálogo para eso. Hay, aunque no lo parezca, esperanza para eso.