Perder duele. Perder una final del mundo duele el triple. Pero hay un dolor que no tiene que ver con el resultado deportivo: es el dolor de un país que no sabe perder sin buscar culpables afuera. Y cuando no los encuentra, los inventa.
Argentina perdió la final del Mundial 2026 contra España. Un gol de Ferran Torres en el minuto 106 nos dejó con las manos vacías. Hasta ahí, fútbol. Lo que vino después es lo que me interesa como terapeuta: un aluvión de teorías conspirativas que señalan a la FIFA, a una bandera de Malvinas, a un libro infantil que «predijo» la derrota. Todo, todo, antes que aceptar que el otro jugó mejor.
La obsesión por encontrar un culpable externo no es casualidad. Es un mecanismo psíquico tan viejo como la humanidad. Carl Jung lo llamó proyección de la sombra: aquello que no toleramos en nosotros, lo depositamos en el afuera. Lo convertimos en enemigo, en complot, en «nos robaron». Porque es más fácil creer que hay una mano negra que aceptar la fragilidad, la imperfección, la derrota.
Y mirá que datos no faltan para la autocrítica. Argentina no pateó al arco en los 90 minutos reglamentarios. Cero tiros. Primera vez en la historia que un finalista termina un tiempo reglamentario sin disparar. Pero el dato incómodo se barre bajo la alfombra y en su lugar florecen los enemigos imaginarios.
El narcisismo no es solo individual. Los países también tienen su ego, su autoimagen, su relato de grandeza. Argentina construyó buena parte de su identidad alrededor del fútbol. Ganar el Mundial 2022 fue un bálsamo colectivo en medio de una crisis económica feroz. Nos dio sentido. Nos dijo «valemos».
Pero cuando ese espejo se rompe —cuando perdemos— emerge la herida narcisista. Una herida que susurra: «si no ganamos, no somos nadie». Y eso es insoportable. Entonces la psique colectiva hace lo que hace cualquier psiquismo herido: se defiende. Inventa un villano. Construye una narrativa donde no fuimos vencidos, fuimos víctimas.
El analista del seleccionado, Matías Manna, lo dijo sin vueltas: España fue «muy superior». Scaloni y Ayala reconocieron la derrota con dignidad. Pero una parte del público —y de las redes— no pudo. Prefirió la teoría antes que el duelo.
La conspiración es el analgésico del orgullo herido. Calma, pero no cura.
Cuando un paciente llega al consultorio convencido de que todos lo persiguen, de que su jefe le tiene bronca, de que el universo complota contra él, no le discuto la teoría. Le pregunto: ¿qué sentirías si no hubiera complot? ¿Qué aparece si en vez de perseguido, sos simplemente alguien que está pasando un mal momento?
Ahí suele aparecer lo que la conspiración tapa: la tristeza genuina. La impotencia. La vulnerabilidad de no tener el control. Sentimientos que nuestra cultura nos enseñó a esconder bajo la alfombra. En el fútbol y en la vida.
Como país, pasa lo mismo. Si no hubo conspiración, si simplemente perdimos, lo que queda es contacto puro con la frustración, con la tristeza, con la caída del pedestal. Y eso —en una cultura que celebra la omnipotencia y castiga al que pierde— es casi obsceno.
Perder es un duelo. Chiquito, simbólico, pero duelo al fin. Y el duelo tiene fases: negación, ira, negociación, tristeza, aceptación. Las teorías conspirativas son una forma de quedarse estancado entre la negación y la ira. «No perdimos, nos robaron». «El culpable es otro». «La FIFA nos odia».
Pero el duelo que no se hace, se enquista. Se convierte en resentimiento crónico. En enojo sin destino. En una nube de tweets furiosos que no transforman nada. Y lo peor: nos deja sin aprender. Porque si la derrota es culpa de un complot, no hay nada que revisar, nada que mejorar, nada que crecer.
La mirada transpersonal agrega algo más: la derrota es una maestra espiritual de primer nivel. Te desnuda. Te baja del pedestal. Te recuerda que sos humano, que no controlás todo, que hay algo más grande que tu ego. Y eso, bien transitado, es profundamente sanador.
Las tradiciones contemplativas de Oriente hablan del no-apego. No es resignación amarga: es la capacidad de entregarse a lo que es, sin resistirlo. El fútbol, como la vida, es flujo. Se gana y se pierde. El problema no es perder. El problema es creer que perder nos destruye.
Una selección que pierde una final no es un país en ruinas. Es un país que jugó, llegó lejos —subcampeón del mundo— y esta vez no alcanzó. Nada más. Nada menos. Lo que hagamos con eso —conspiración o aprendizaje— habla de nosotros, no del afuera.
España fue mejor. Punto. Y poder decirlo sin que se nos desgarre el alma es, también, una forma de ganar.
Hay una dignidad profunda en perder sin excusas. En decir «no se pudo, felicitaciones al otro, a casa». Esa dignidad es la que construye resiliencia real. La que nos prepara para las pérdidas inevitables de la vida —que son muchas y que no entienden de VAR ni de tiempo extra.
La próxima vez que te descubras armando una teoría conspirativa —sea sobre un partido de fútbol, una ruptura amorosa o un fracaso laboral— hacete esta pregunta: ¿qué sentiría si simplemente no se dio? ¿Qué hay debajo de esta historia que me estoy contando?
Ahí, justo ahí, empieza el verdadero partido. El que se juega adentro.
Si estás atravesando una pérdida que te cuesta procesar —no hace falta que sea un Mundial—, a veces hablar con alguien que te acompañe sin juzgar puede ser el primer paso para soltar la conspiración y abrazar lo que realmente está pasando. Podés pedir una sesión conmigo en mi consultorio online.