El gobierno argentino acaba de firmar un Decreto de Necesidad y Urgencia que permite expulsar del país —o impedir el ingreso— a cualquier extranjero que «incite al odio, la discriminación o la violencia contra Argentina o sus símbolos nacionales». La medida, según el oficialismo, busca proteger la dignidad nacional frente a una «campaña antiargentina» surgida tras el Mundial.
Como terapeuta, no me meto en la constitucionalidad de la norma. Me meto en otra cosa: en el síntoma. Porque cuando una persona —o un país— reacciona con expulsión frente a la crítica, algo mucho más profundo está temblando. Y no es la dignidad. Es la fragilidad.
Imaginá a alguien que, cada vez que recibe una crítica, corta la relación. Bloquea el contacto. Echa al otro de su vida. ¿Qué pensás de esa persona? Probablemente que es frágil, que no tolera la frustración, que algo muy roto esconde detrás de esa coraza.
Ahora aplicá esa misma lógica a un país. Si necesitás expulsar al que te critica, no estás protegiendo tu dignidad: estás confesando tu fragilidad. Porque lo que no se banca del afuera es, casi siempre, un eco de lo que no se banca del adentro.
Cuando una voz externa te desestabiliza, no es esa voz el problema. Es lo que esa voz toca adentro tuyo. Y eso que se activa es material terapéutico puro.
Jung decía que la sombra es todo aquello que no queremos reconocer de nosotros mismos. Como individuos, y también como colectivos. Los países tienen sombra: heridas históricas no resueltas, inseguridades profundas, miedos que se disfrazan de orgullo.
Argentina arrastra una relación compleja con su propia autoestima. Pasamos del «granero del mundo» a las crisis cíclicas. De sentirnos europeos extraviados en América Latina a hacer chistes sobre nuestra decadencia. Esa montaña rusa deja marcas. Y una de esas marcas es una sensibilidad extrema a la mirada ajena. Como ese amigo que necesita validación constante y se desmorona con la primera crítica.
Nos miramos en el espejo del mundo y a veces no nos gusta lo que vemos. El problema no es el espejo. El problema es que no sabemos qué hacer con esa imagen. Entonces rompemos el espejo —echamos al otro— en vez de preguntarnos: ¿qué me duele tanto de esto que me están diciendo?
Proyectar es atribuirle al otro lo que no puedo reconocer en mí. Si yo tengo miedo a ser insignificante, voy a ver desprecio en cada comentario ajeno. Si yo dudo de mi valor, cualquier chiste va a sentirse como una puñalada.
Como país, pasa exactamente igual. Si estuviéramos en paz con nuestra identidad —con nuestras luces y nuestras sombras— las críticas externas resbalarían. Nos podrían molestar, claro. Pero no nos partirían al medio. No necesitaríamos expulsar a nadie. No necesitaríamos un decreto.
La necesidad de silenciar al otro es directamente proporcional al ruido interno que ese otro despierta. A más expulsión, más herida escondida.
En el consultorio, uno de los trabajos más difíciles que hacemos los pacientes es aprender a recibir feedback sin derrumbarse. No es natural. Duele. Pero es el camino al crecimiento. Es el camino a la adultez emocional.
Cuando un paciente logra escuchar una crítica sin defenderse, sin contraatacar, sin desaparecer, algo sagrado ocurre: su sentido de identidad deja de depender de la aprobación externa. Ahí empieza la verdadera soberanía personal. La que no necesita expulsar a nadie para sentirse segura.
Los países —como las personas— también pueden hacer ese trabajo. Pero no se hace con decretos. Se hace con humildad, con introspección, con la valentía de mirar lo que no nos gusta de nosotros mismos. Se hace, en definitiva, con la decisión adulta de crecer en vez de blindarse.
Hay una máxima en comunicación no violenta que dice: «detrás de cada juicio hay una necesidad insatisfecha». Detrás de la orden de expulsión, ¿qué necesidad hay? ¿Protección? ¿Reconocimiento? ¿Respeto? Todas legítimas. El problema no es la necesidad. Es la estrategia para satisfacerla.
Expulsar al que critica es la estrategia de un niño que tapa el plato que no le gusta. La estrategia adulta —la del país maduro que queremos ser— es preguntarnos: ¿qué verdad hay en esta crítica? ¿Qué puedo aprender? ¿Qué me está mostrando de mí que todavía no quiero ver?
La buena noticia es que la autoestima colectiva se construye. No se hereda, no se decreta, no se impone por ley. Se construye todos los días, en cada gesto de honestidad, en cada conversación difícil que elegimos tener en vez de silenciar.
Un país que puede escuchar una crítica sin romperse es un país que confía en sí mismo. Un país que no necesita expulsar al otro porque su centro es lo suficientemente sólido. Esa es la soberanía que realmente importa. La que no depende de fronteras blindadas sino de una identidad integrada.
El DNU va a salir, no va a salir, se va a judicializar. Lo que me importa no es el desenlace legal sino la conversación que no estamos teniendo: ¿por qué nos duele tanto lo que dicen de nosotros? Esa pregunta, bien respondida, vale más que mil decretos.
Si sentís que las críticas te desarman —que cualquier comentario te deja despierto a la madrugada—, no estás solo. A veces lo que necesitamos es un espacio donde mirar esa herida de frente, sin echarla, sin esconderla. Podés pedir una primera consulta acá.