El día que FIFA nos quitó la pelota: cuando lo sagrado se vuelve mercancía

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El día que FIFA nos quitó la pelota: cuando lo sagrado se vuelve mercancía

El día que FIFA nos quitó la pelota: cuando lo sagrado se vuelve mercancía

Hay una frase que está dando vueltas por el mundo y que a los argentinos nos pega distinto: «El fútbol no se vende». La gritan los ingleses, la susurran los alemanes, la escriben los españoles. Pero nosotros la sentimos en el hígado. Porque si hay algo que sabemos en este rincón del planeta es que la pelota es sagrada.

Lo que está pasando es obsceno. La FIFA, bajo el mando de Gianni Infantino, propuso vender una participación millonaria de su nueva empresa comercial —FIFA Forward Enterprise— a un fondo de inversión llamado Thrive Capital. ¿El dueño de ese fondo? Joshua Kushner. El hermano de Jared Kushner. El cuñado de Ivanka Trump. ¿Hace falta que dibuje la constelación de poder?

La respuesta fue unánime: UEFA, la Football Association inglesa, hinchas, periodistas. Todos gritaron lo mismo. «Football is not for sale.» Pero acá no vengo a hacer análisis político. Vengo a hacer lo que nadie hace: preguntarme qué nos pasa por adentro cuando nos roban lo sagrado.

El rito y la herida narcisista

El fútbol no es un negocio. O mejor dicho: no es solo un negocio. Es un rito colectivo. Es el único espacio donde millones de personas se permiten sentir juntas —llorar juntas, gritar juntas, abrazarse con desconocidos— sin que medie una tragedia. Es la misa laica del siglo XXI.

Cuando alguien toca el rito, no te toca el bolsillo: te toca la identidad. Porque vos no «mirás» fútbol. Vos sos de un cuadro. Ese «ser» es constitutivo. Viene de tu viejo, de tu barrio, de tus abuelos. Es anterior a tu conciencia.

Y cuando aparece un fondo de inversión de Wall Street —con apellido Kushner, nada menos— y te dice «esto ahora es nuestro», lo que sentís no es enojo. Es orfandad. Es la sensación de que te arrancaron el mantel de la mesa familiar y abajo no había nada.

La privatización de lo numinoso

Desde la psicología transpersonal, lo «numinoso» es aquello que nos conecta con algo más grande que nosotros mismos. Puede ser Dios, la naturaleza, el arte… o una tribuna repleta un domingo a las cinco de la tarde.

El problema no es que la FIFA haga negocios —siempre los hizo—. El problema es el cambio de categoría. Una cosa es vender derechos de televisión. Otra muy distinta es vender la propiedad misma del rito. Es como si el Vaticano vendiera la misa a una startup de Silicon Valley. No es un ajuste contable: es una profanación.

Y lo que nos indigna, en el fondo, no es la injusticia económica. Es la pérdida de sentido. Algo que era nuestro —de todos, de nadie, del pueblo— ahora tiene dueño. Y ese dueño no sabe lo que es putear un offside desde la popular. No sabe lo que es heredar una camiseta manchada de barro. No sabe. Y no le importa.

¿Qué hacemos con esta bronca?

Primero, sentirla. No la racionalices. No te digas «y bueno, es el capitalismo». Esa bronca es legítima. Viene de un lugar profundo. Es la voz de tus antepasados que te dicen «esto era nuestro».

Segundo, nombrarla. Lo que sentís es duelo. Duelo por un mundo donde lo colectivo se privatiza. Donde los ritos se venden al mejor postor. Donde la emoción compartida cotiza en bolsa. Llamalo por su nombre: es tristeza. Es impotencia. Es miedo a un futuro donde todo lo que amamos tenga dueño.

Tercero, resistir desde lo pequeño. Nadie te pide que derroques a la FIFA. Pero sí podés jugar un picadito en el barrio. Sí podés llevar a tu hija a la cancha. Sí podés elegir, cada vez que puedas, lo comunitario por sobre lo corporativo. El rito no se compra: se practica.

La cancha no se vende porque la cancha somos nosotros

Infantino dice que sus críticos «esparcen odio y rumores falsos». Qué interesante. El tipo que está a punto de entregarle el fútbol mundial a un fondo de inversión habla de odio. La proyección psicológica más transparente del año.

Pero sabés qué: el fútbol sobrevivió a dictaduras, a crisis económicas, a estadios caídos, a dirigentes corruptos. Sobrevivió porque no es de ellos. Es nuestro. No está en los contratos ni en las oficinas de Zúrich. Está en el potrero, en la tribuna, en la radio a transistores de tu abuelo, en el gol que gritaste abrazado a tu hermano.

Eso no se vende. Eso no cotiza. Eso no entra en ningún Excel. Y mientras haya una pelota rodando en algún potrero del conurbano, la FIFA puede hacer lo que quiera. El rito sigue. La tribu sigue. Lo sagrado sigue.

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