Moria Casán cumple 80 y la Argentina entera habla de ella. Unos la celebran como mito, otros la miran con recelo, y casi nadie se anima a preguntarse por qué una mujer de 80 genera tanta fascinación. Ese es el lado B: no se trata de Moria, se trata de lo que ella despierta en cada uno de nosotros. Hoy quiero mirarlo con vos.
Porque Moria no es solo una actriz. Es un espejo incómodo. Nos muestra algo que la cultura prefiere callar: que se puede envejecer sin disculparse, sin achicarse, sin pedir permiso. Y eso, para una sociedad que le tiene pánico a la vejez, es casi un acto de rebeldía.
Decimos que le tenemos miedo a envejecer, pero en realidad le tenemos miedo a otra cosa: a volvernos invisibles. A dejar de ser deseados, mirados, tenidos en cuenta. A que la vida deje de pasarnos por el cuerpo y pase a pasarnos por la tele, de lejos, como espectadores.
Desde la mirada transpersonal, la vejez no es una condena: es una iniciación. Es la etapa donde la identidad que construiste —el personaje— empieza a caerse y queda al descubierto lo esencial. El problema es que si viviste toda tu vida agarrado al personaje, el derrumbe duele. Y si no, envejecer se vuelve liviano.
Ahí está la clave: no le tenemos miedo a los años, le tenemos miedo a lo que los años nos obligan a soltar. Soltar la juventud, el rol, la aprobación, la promesa de que «todavía hay tiempo». Envejecer bien es aprender a soltar sin perderte en el camino.
Lo que Moria muestra, te guste o no, es una manera de habitar la propia vida con una autenticidad radical. Ella decidió ser mito. Y ser mito no significa ser perfecta ni agradable: significa vivir sin traicionar el propio deseo, aunque el mundo te juzgue.
Envejecer bien no es parecer joven. Es parecerte, cada vez más, a esa persona que viniste a ser.
La gran enseñanza es esa: el problema nunca es la edad, es la traición a uno mismo. Hay gente de 30 que ya está vieja por dentro porque hace años que no hace lo que ama. Y hay gente de 80 que está más viva que nunca porque sigue eligiéndose a diario.
La fascinación y el rechazo que despierta Moria son dos caras de lo mismo: la proyección. En ella vemos, amplificado, aquello que no nos animamos a ser. La que aplaude ve su propia rebeldía contenida. La que critica ve el miedo a lo que pasaría si soltara las riendas. Ninguna está hablando de Moria: están hablando de sí mismas.
Por eso las figuras así incomodan tanto. Nos muestran, sin anestesia, lo que podría pasar si dejáramos de pedir permiso. Y eso, para una cultura que premia el «portarse bien» y el «no dar que hablar», es profundamente desestabilizador.
La vida no se acaba a los 80 ni a los 90. Se acaba cuando dejás de desear, de crear, de apostar por vos. Moria, con todo lo que genera, es una prueba viviente de que la energía vital no tiene fecha de vencimiento: la apagamos nosotros cuando dejamos de alimentarla.
Así que la próxima vez que veas a una mujer de 80 desafiando todas las convenciones, no la juzgues: agradecele. Te está mostrando, en vivo y en directo, que hay otra manera de llegar. Que se puede llegar entero, entera, sin disculpas y sin permiso.
Si el paso del tiempo te angustia, si sentís que la vida se te está yendo y no sabés cómo soltar el miedo a envejecer, no lo vivas en soledad. A veces necesitamos una mirada que nos ayude a reconciliarnos con la edad y con nosotros mismos. Te espero en el consultorio para mirarlo juntos: https://www.terapiasmarcela.com/consultorio