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Paro y marcha universitaria: el lado B de preguntarse para qué estudiar

Paro y marcha universitaria: el lado B de preguntarse para qué estudiar

Docentes que no llegan a fin de mes, facultades que no pueden pagar la luz, estudiantes que se preguntan si vale la pena. La crisis universitaria es mucho más que un conflicto: es un espejo emocional de toda una época.

La UBA acaba de anunciar un paro escalonado de más de veinte días y una nueva Marcha Federal Universitaria. Otra vez aulas cerradas, otra vez carteles, otra vez la universidad pública en el centro de la escena. Los números del conflicto se conocen: paritarias que no cierran, una Ley de Financiamiento que no termina de aplicarse, un presupuesto que no alcanza.

Pero acá no vamos a discutir números. Vamos a mirar lo que esos números no muestran: lo que le pasa por dentro a la gente que estudia, enseña y trabaja en la universidad. Porque cada crisis colectiva funciona, también, como un espejo: nos devuelve algo de lo que estamos viviendo por dentro.

Lo visible y el nudo invisible

Lo visible es el conflicto. El nudo invisible es una pregunta que muchos llevan callada: «¿para qué?». ¿Para qué estudiar si el título ya no asegura un trabajo? ¿Para qué esforzarte si los que enseñan —los que saben, los que querés— apenas sobreviven? ¿Para qué cumplir con el manual («estudiá, capacitate, esforzate, hacé las cosas bien») si el manual parece haber vencido?

Esa pregunta no la hace solo un estudiante de veinte años. También la hacen sus viejos, que hicieron todo lo posible para que ese pibe fuera el primero en recibirse; y la hacen los docentes, que sostienen aulas con admiración y agotamiento en el mismo cuerpo.

Hacer todo bien y no llegar: el cansancio del mérito

Hay una fatiga particular de esta época: la de haber cumplido y quedarte mirando cómo el piso se mueve igual. La promesa era clara: te esforzás, te recibís, progresás. Y cuando el sistema no cumple su parte, aparece un desencanto que no es depresión ni falta de ganas: es el duelo por un futuro imaginado que no llega.

Ese duelo tiene síntomas: desmotivación, cinismo, parálisis («¿total, para qué?»), o una autoexigencia feroz («tengo que poder igual»). Todos son formas de aguantar una decepción que, muchas veces, no se puede nombrar. Porque confesarlo suena a rendirse, y nadie quiere ser el primero en decir que ya no cree.

Pero decirlo es lo más honesto que existe. Y es el punto de partida para que algo cambie: no el sistema —eso toma tiempo—, sino tu manera de pararte adentro del sistema.

Qué le pregunta la crisis universitaria a tu alma

Mirada transpersonal: las crisis exteriores son, casi siempre, preguntas interiores que buscan su forma. La universidad en crisis le pregunta a cada uno:

  • ¿Estudio para un papel o para conocer?
  • ¿Quién sería yo si no tengo los logros que prometí colgar en la pared?
  • ¿Cuánto de mi valor depende de rendir y de que me validen?
  • Si afuera nadie me garantiza nada, ¿qué es lo que sí elijo?

Cuando la promesa de afuera se cae, se abre una oportunidad incómoda pero fértil: volver a elegir. No desde la obligación, sino desde el deseo. No para demostrarle nada a nadie, sino para aprender de verdad eso que te sigue llamando la atención del mundo.

Aprender no es llenar un currículum: es una forma del alma de seguir creciendo. Nadie te puede quitar lo que aprendiste, ni siquiera un sistema que falla.

Tres sostenes para no soltar tu deseo

1. No confundas un sistema roto con una vida rota. Lo que está fallando es el pacto, no tu cabeza ni tu derecho a estudiar. Buena parte del desencanto es ambiental: no todo lo que sentís es tuyo.

2. Nombralo con otros. Colectivo, lo que duele se vuelve sostenible: una charla, una asamblea, un grupo de estudio, un mate compartido. La angustia compartida deja de ser vergüenza y se vuelve posición.

3. Volvé a lo tuyo. Cuando todo tiembla, anclá en lo que sí está en tus manos: tu curiosidad, tu gente, tu cuerpo, tus preguntas. Y si el desencanto te está apagando de verdad, buscar un espacio terapéutico también es una forma de no soltar tu deseo.

La universidad va a seguir discutiendo su financiamiento, y sus aulas van a volver a abrirse. La pregunta de fondo —para qué— va a quedar. Y está bien que quede: a esa pregunta no se la responde de una vez para siempre; se la habita. Mientras tanto, hay algo que sostiene: la gente que enseña igual, la que estudia igual, la que marcha y la que acompaña. Nadie tiene todas las respuestas. Pero mientras haya preguntas, hay futuro.

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