
Ayer renunció Alejandro Vilches, el secretario nacional de Discapacidad, en medio de la discusión por el presupuesto 2027, un tema que tiene en vilo a miles de familias. Los portales hablan de cargos, de números, de auditorías. Todo eso importa. Pero hay una escena que no aparece en ningún titular: la de una casa donde alguien —casi siempre una mujer— se levanta temprano porque otro cuerpo depende de ella para casi todo.
Ese es el lado B de la noticia: la discapacidad no se resuelve entre despachos. Se sostiene —o se padece— todos los días, adentro de las familias. Y mientras la política va y viene, esas familias siguen ahí, sosteniendo lo que el sistema no llega a sostener.
Cuando se discute quién conduce el área, cómo se financia el sistema o qué pasa con las prestaciones, se discute, en el fondo, sobre la vida de miles de familias. Pero en las casas no hay tiempo de esperar la letra chica: hay que conseguir el turno, pelear la obra social, adaptar la casa, acompañar la terapia, explicar mil veces lo mismo en cada ventanilla.
Para una familia, la discapacidad no es una política pública: es un presente continuo. Y ese presente tiene una cara que se ve poco: la de quien sostiene.
Cuidar a una persona con discapacidad es un pluriempleo invisible: enfermera, administrativa, chofer, acompañante terapéutica, gestora de trámites y también traductora emocional. Se hace de día y de noche, con o sin ganas, con o sin ayuda.
Y tiene una parte profunda que se nombra menos: el duelo. El duelo por la vida que se imaginó y no fue, por lo que el ser querido no va a poder hacer como se esperaba, por los proyectos que quedaron en pausa. Ese duelo muchas veces no se lloró: se organizó. Pero sigue ahí, trabajando de noche.
Existe un nombre para lo que les pasa a tantas cuidadoras: el desgaste del cuidador. Llega despacio y sin protocolo. Primero es cansancio físico que no se recupera ni durmiendo. Después, irritabilidad, olvidos, culpa. Más tarde puede aparecer el vacío, la ansiedad, la sensación de cumplir con todo mientras por dentro se apaga la luz.
Y hay una trampa emocional que escucho todas las semanas en el consultorio: «¿cómo me voy a quejar, si a quien le pasa esto es a él?». Esa frase silencia a la cuidadora y la deja sola. Vale decirlo claro: estar agotada no significa que no amás. Significa que llevás mucho tiempo sosteniendo demasiado, casi sin red.
Hay un mandato cultural pesado: las madres, las hijas, las mujeres «se bancan todo». Pedir ayuda se vuelve vergüenza, y descansar, una traición. Pero mirá: la primera red de sostén de una persona con discapacidad es quien la cuida. Si esa persona se vacía, la red entera se debilita.
Por eso, cuidarte no es restarle cuidado al otro: es cuidar a quien cuida, para que el cuidado dure. Descansar una hora, pedir un relevo, empezar terapia: no son lujos, son mantenimiento.
Los funcionarios van y vienen; los presupuestos se discuten; las causas siguen su curso. Ojalá las decisiones públicas estén a la altura de lo que estas familias necesitan. Pero mientras tanto hay algo que sí está en nuestras manos: dejar de romantizar el sacrificio, empezar a ver a las cuidadoras y armar redes —familia, amigas, grupos, terapia— donde nadie tenga que sostenerlo todo sola.
Si sos de las que hace años que cuida y ya no se acuerda de preguntarse cómo está ella, este post es para vos.
«Detrás de cada persona con discapacidad hay una familia entera cuidando. Y detrás de esa familia, muchas veces, hay una mujer que hace años que no se pregunta cómo está ella.»
Si hace años que sostenés a todos y nadie te sostiene a vos, te espero en el consultorio: empezamos por vos.