Colapinto en Madrid: el lado B de la presión de un país sobre un pibe

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Colapinto en Madrid: el lado B de la presión de un país sobre un pibe

Este domingo, Franco Colapinto larga noveno en el Gran Premio de España, en el flamante circuito de Madring, en Madrid. Argentina entera está pegada a la pantalla. Y hay algo en esa escena que merece una mirada distinta: la presión invisible que un país entero deposita sobre los hombros de un pibe de 23 años.

Hoy no te vengo a hablar de autos. Te vengo a hablar de exigencia, de miedo a fallar y de cuánto nos escondemos detrás de los héroes para no mirar nuestra propia vida.

El peso de ser la esperanza de todos

Ser ídolo en Argentina es un deporte de alto riesgo emocional. Colapinto no corre solo: corre con la ilusión de millones. Cada curva, cada vuelta, cada décima de segundo se convierte en un asunto nacional. Y aunque él diga que la presión no lo toca, la presión existe. Existe en cada título de los portales, en cada tuit, en cada «¡vamos, Fran!» que en el fondo también es un «no nos falles».

La exigencia es parte de nuestra cultura: exigimos a los deportistas, a los artistas, a los hijos, a nosotros mismos. Y después nos sorprendemos cuando alguien se quiebra.

Qué le hace la presión al cuerpo y al alma

La presión sostenida no es un detalle: es estrés crónico. El cuerpo no distingue entre huir de un león y largar una carrera con un país mirándote: el corazón se acelera, el sueño se corta, aparece esa ansiedad anticipatoria que no deja pensar. A los que corren se les nota en la pista; a los que miramos, se nos nota en la vida de todos los días.

El miedo a fallar, cuando se instala, hace dos cosas: o te paraliza, o te empuja a rendir al límite sin disfrutar nada. Las dos son caras de la misma exigencia.

El espejo: por qué necesitamos héroes

Y acá viene el lado B de verdad. ¿Por qué nos importa tanto lo que haga un pibe que no conocemos personalmente? Porque los héroes nos prestan algo que no encontramos en nosotros: la ilusión de que se puede. Cuando Colapinto larga noveno en Madrid, un país entero se siente un poco más cerca de ganar. Mientras tanto, nuestra propia carrera —la de cada día— sigue esperando que la miremos.

Proyectamos en los otros la vida que no nos animamos a jugar. Y mientras tanto, la exigencia que le ponemos al que corre en la tele es la misma con la que nos tratamos a nosotros: «no alcanza», «tenés que dar más», «no podés fallar».

Nadie puede sostener para siempre el peso de ser la esperanza de todos. Ni siquiera los héroes. Y vos tampoco tenés por qué sostener el peso de ser perfecta.

Un aplauso para Fran, y una pausa para vos

Hoy, si querés, mirá la carrera. Disfrutala. Pero después apagá la tele y preguntate: ¿desde cuándo no me aplaudo a mí misma? ¿Cuánto de lo que exijo a los demás me lo exijo en silencio todos los días?

La presión de un país sobre un pibe no se cura con más presión: se cura con un país que también aprende a mirarse con ternura. Empezá por vos. Si la exigencia te tiene desbordada, hay un espacio para trabajarla.

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Si sentís que la presión y la exigencia te están ganando, podés agendar tu primera consulta en el consultorio y empezar a correr tu propia carrera, presencial u online.