Fue el sábado, en Amstelveen, después de un empate 1 a 1 y de una definición por penales que hizo temblar a media Argentina. Las Leonas volvieron a ser campeonas del mundo después de dieciséis años, le ganaron a las holandesas que nos habían arrebatado la final anterior, y todo el país se puso a llorar. Pero acá viene el lado B que ningún noticiero te va a contar: lo que esa copa tiene para decirte no habla de hockey. Habla de tu vida.
Porque dieciséis años no son un dato estadístico. Son un proceso del alma.
Pensalo así: la última vez que Las Leonas habían levantado la copa fue en 2010, en Rosario. Después vino la final perdida de 2022 contra esas mismas holandesas, las medallas que no llegaron, los mundiales que se escurrieron entre los dedos. Una generación entera creció mirándolas quedar cerca. Y quedarse cerca, te lo digo como terapeuta, es de las cosas que más desgastan el alma.
El «casi» es un duelo silencioso. No se puede llorar como una derrota porque no es una derrota, pero tampoco se puede festejar porque no es una victoria. Quedarse cerca te obliga a sostener una tensión que nadie ve: la de seguir creyendo cuando todo indica que otra vez no va a alcanzar.
La resiliencia no se festeja en el podio: se entrena en el vestuario vacío, después de cada final que no fue.
Eso es lo que me emociona de este título, y no es un detalle menor: ganaron después de perder. No fueron invencibles; fueron persistentes. Y esa diferencia es todo. Cualquiera puede ser brillante un día. Lo que transforma a una persona —y a un equipo, y a un país— es volver a levantarse cuando ya te cansaste de levantarte.
Desde la mirada transpersonal, hay un concepto que explica esto mejor que cualquier libro de autoayuda: el proceso iniciático. Las tradiciones de todo el mundo coinciden en que el oro no se obtiene sin pasar por la noche oscura. La copa es el símbolo; los dieciséis años fueron la iniciación.
Y ahora sí, hablemos de tu llanto. ¿Sentiste ese nudo en la garganta cuando terminó el partido? ¿Se te piantó un lagrimón mirando a las jugadoras abrazarse en el círculo central? No estabas llorando solo por ellas. Estabas llorando por tus propios dieciséis años.
La alegría colectiva tiene un poder curativo que subestimamos. Cuando un pueblo festeja junto, las emociones se contagian y hacen algo extraordinario: destraban lo que cada uno tenía guardado. En la cancha, en la tribuna y también del otro lado de la pantalla, esa victoria le devolvió a mucha gente la fe en que las esperas largas a veces terminan bien.
Fijate qué curioso: necesitamos ver ganar a otros para permitirnos creer en nosotros.
Y ahora la pregunta incómoda: ¿hace cuánto estás esperando algo vos? Un duelo que no termina de cerrar, un proyecto que no arranca, una pareja que no aparece, un cuerpo que no sana, una decisión que venís pateando hace meses. Dieciséis años son muchos, pero la espera tiene lógica propia y no se mide en calendarios: se mide en aprendizaje.
Hay esperas que son cárceles y esperas que son embarazos. La diferencia no está en el tiempo: está en lo que hacés con él. Te dejo algunas señales de que tu espera está viva:
Las Leonas nos regalaron una copa, pero también un espejo. En esa cancha había dieciséis años de insistencia, de cansancio, de volver a empezar. Si ellas pudieron, quizás tu proceso, el que estás atravesando ahora mismo, también puede. No porque el final esté garantizado —nadie te lo garantiza— sino porque la vida premia distinto de lo que creemos: a veces el premio es la persona en la que te convertiste mientras esperabas.
Si sentís que tu espera se te está haciendo eterna, que el «casi» te desgasta o que necesitás ayuda para seguir creyendo, te espero en el consultorio. Vamos a mirar juntos ese proceso que está pariendo algo adentro tuyo.