Este fin de semana no hay fútbol en Argentina. La Liga Profesional ratificó el paro y la fecha 9 del Torneo Apertura se posterga, con todas las categorías del ascenso incluidas. Y mientras los programas discuten a quién perjudica más, hay algo que casi nadie está mirando: qué nos pasa por dentro cuando se suspende el ritual.
Para millones de argentinos el fútbol es mucho más que un deporte. Es una ceremonia: la camiseta, la previa con amigos, el asado, los colores, la radio. Tiene días fijos, lugares fijos, contrincantes fijos. En una vida llena de incertidumbre —la economía, el laburo, la salud— el partido del domingo era una de las pocas certezas que quedaban.
Desde la mirada transpersonal, los rituales no son entretenimiento: son ordenadores del alma. Nos dan pertenencia —soy de este equipo, de esta tribu—, nos dan continuidad —mi abuelo escuchaba los mismos relatos— y nos dan permiso para sentir a cielo abierto lo que en la semana guardamos.
Cuando el ritual se corta, aparece lo que el ritual tapaba. La pausa obligada funciona como un espejo: ¿qué hacés con tu domingo si no hay partido? Para mucha gente la respuesta es incómoda, porque el domingo sin fútbol se vuelve un domingo con uno mismo.
Y ahí se asoman cosas: el cansancio que no miramos, la familia con la que no hablamos, la tristeza de fondo que el grito de gol amortiguaba. No es casualidad que la gente se sienta «vacía» o «rara» cuando se suspende una fecha. No es solo aburrimiento: es que se cortó la ceremonia que sostenía un orden interno.
No hace falta resignar nada. Se trata de mirar el hueco sin miedo y preguntarte qué otra ceremonia chica podés darte: una caminata, una llamada a un amigo, un rato de música, escribir. Los rituales se pueden reconstruir; el alma no se queda sin liturgia para siempre.
«El fútbol vuelve siempre. La pregunta es si vos también volvés a mirarte cuando la tribuna se calla.»
Si este tiempo te encontró mirándote y lo que aparece te pesa, no lo atravieses en soledad. Te espero en el consultorio.