Dicen los meteorólogos que hay casi un 70% de chances de que el Niño que se está gestando sea el más intenso jamás registrado. Y mientras el mundo debate lluvias, sequías y temperaturas récord, hay otra tormenta formándose en silencio: la que llevás adentro. De esa no habla nadie.
El lado B de la ansiedad climática no es el pronóstico. Es ese nudo que se te cierra en el estómago cada vez que escuchás «récord histórico», «cambio climático», «fenómeno extremo». Es la sensación de que el futuro se volvió impredecible. Y de que nadie te está contando cómo se sostiene una vida entera con esa incertidumbre.
Mirá lo curioso: afuera hay un Niño que promete desbordes, y adentro hay un malestar que también quiere desbordarse. No es casualidad. Los seres humanos siempre leímos el mundo como un espejo. Y hoy ese espejo nos devuelve una imagen que nos inquieta: la de un planeta que perdió su equilibrio.
La eco-ansiedad es un nombre nuevo para un miedo muy viejo: el miedo a que el mundo que conocemos deje de existir. Antes ese miedo venía de las guerras. Hoy viene del clima. Pero la sensación es la misma: fragilidad, vértigo, ganas de taparse los oídos y hacer de cuenta que no pasa nada.
«No es que el clima esté loco. Es que nos olvidamos de que formamos parte de él.»
Fijate qué hacemos con la ansiedad climática: la negamos. «Es un ciclo natural», «siempre hizo calor», «no va a pasar nada». O la dramatizamos: apocalipsis, fin del mundo, no hay futuro. Los dos extremos son formas de no sentir. Porque sentir de verdad —sostener la incertidumbre sin salir corriendo— es incómodo.
La ansiedad no es el enemigo. Es una señal. Te está diciendo algo importante: que te importa. Que no sos indiferente. Que hay una parte tuya que está conectada con la vida y que sufre cuando la vida está en riesgo. Eso no es un trastorno. Es conciencia.
Desde lo transpersonal, la crisis climática es una invitación a recordar quiénes somos. No somos visitantes del planeta. Somos el planeta tomando consciencia de sí mismo. Y cuando nos separamos de la naturaleza, enfermamos. La ansiedad climática es, en el fondo, nostalgia de conexión.
¿Cuándo fue la última vez que pisaste el pasto descalzo? ¿Que miraste un árbol sin apuro? ¿Que respiraste aire limpio agradeciendo que existía? Suena simple, casi naif. Pero ahí está la llave.
No te voy a vender el cuento de que todo va a estar bien. Lo que sí te digo es que podés estar bien vos, incluso en un mundo incierto. Porque la calma no es ausencia de tormenta: es un centro firme que no se vende al pánico.
La próxima vez que el pronóstico te revuelva el estómago, hacé una pausa. Sentí el miedo sin pelear con él. Y acordate: el mismo cuerpo que tiembla ante la noticia es el que puede volver a conectarse con la tierra que lo sostiene. El Niño viene a recordarnos lo interconectados que estamos. Que sea un despertar y no una condena.
La ansiedad climática, el miedo al futuro y esa sensación de fragilidad no se resuelven con frases hechas. Se acompañan. Si querés un espacio para transitar lo que sentís, te espero.