Brasil retiró a su embajador. Milei volvió a llamar "ladrón" a Lula. Los titulares explotan, los análisis políticos se multiplican, y en las redes se arman dos bandos irreconciliables. Mientras tanto, algo mucho más profundo —y mucho más íntimo— está pasando delante de nuestros ojos sin que nadie lo nombre: esto no es (solo) política. Es un espejo de tu sistema nervioso.
Te propongo que corras el foco de los protagonistas y lo pongas en lo que sentís cuando leés esas declaraciones. ¿Bronca? ¿Vergüenza ajena? ¿Euforia porque "por fin alguien dice lo que piensa"? Ahí, justo ahí, está la punta del ovillo.
Después de más de quince años de consultorio, te puedo asegurar una cosa: cada vez que una persona insulta con esa intensidad, está hablando de sí misma. No de quien recibe el insulto. No del contexto. De sí misma.
En terapia transpersonal lo llamamos proyección, y es uno de los mecanismos más automáticos y menos conscientes que tiene la psiquis. Lo que no puedo tolerar en mí, lo deposito en el otro para poder atacarlo afuera sin tener que mirarlo adentro. Es más fácil putear a un presidente extranjero que sentarme con mi propia sombra.
Y esto no es un juicio moral sobre Milei. Es una lectura energética y psicoespiritual de un patrón que —guardando las distancias— también operás vos, también opero yo, también opera cualquiera que tenga un sistema nervioso y una historia de vida.
Cuando alguien está en modo ataque constante —insultos, descalificaciones, amenazas— su sistema nervioso está operando desde la rama simpática en estado de alerta máxima. Es el modo supervivencia: luchar o huir. En ese estado, la corteza prefrontal —la que regula la empatía, la visión a largo plazo y la capacidad de ver matices— se apaga.
Literalmente: el cerebro se desconecta de las áreas que permiten el diálogo.
No es casualidad que estemos viendo una escalada diplomática con Brasil mientras el sistema nervioso colectivo argentino viene de años de estrés crónico: inflación, pandemia, crisis económica, incertidumbre permanente. Un país entero con el sistema nervioso desregulado.
Y un presidente —como cualquier líder— es también un emergente de ese campo colectivo. No lo inventó. Lo expresa.
Acá viene la parte que ningún noticiero te va a contar: vivir —o convivir— con un sistema nervioso en modo ataque permanente tiene un costo físico, emocional y espiritual altísimo.
Y esto aplica tanto al que insulta como al que recibe el insulto. La violencia verbal es una calle de doble mano energética. El que la emite también queda atrapado en esa frecuencia.
Más allá de lo que pase entre Argentina y Brasil, más allá de lo que haga o diga cualquier figura pública, la pregunta terapéutica es: ¿en qué áreas de tu vida estás operando desde el ataque sin darte cuenta?
¿Con tu pareja? ¿Con tus hijos? ¿Con ese compañero de trabajo que "te saca"? ¿Con vos mismo, castigándote con un diálogo interno feroz que jamás le dirías a nadie?
El espejo de la política es incómodo porque muestra lo que no queremos ver. Pero es justamente ahí donde empieza la cura.
La próxima vez que sientas el impulso de insultar a alguien —sea un presidente, un vecino o vos mismo—, hacete esta pregunta: ¿qué parte mía no estoy pudiendo mirar?
El día que entendamos que cada agresión externa es un grito interno no escuchado, la política —y la vida— van a cambiar para siempre.
Mientras tanto, respirá. Bajá tres cambios. Y si necesitás ayuda para regular ese sistema nervioso que te tiene a mil, ya sabés dónde encontrarme.
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Sandra Marcela Almazán — Terapeuta Transpersonal