Veinte mil personas evacuadas en el sur de Francia. Miles de hectáreas de vegetación convertidas en cenizas. La tercera ola de calor desde mayo. Y mientras tanto, acá, en el living de tu casa, el aire acondicionado a fondo, el próximo capítulo cargando automáticamente. ¿Cómo se sostiene la indiferencia cuando los titulares gritan catástrofe? Y más importante todavía: ¿qué te está pasando por dentro mientras hacés de cuenta que no pasa nada?
Este es el lado B de los incendios forestales en Europa. Porque de esto no te habla Greenpeace ni el noticiero: del mecanismo psíquico que te permite seguir haciendo scroll mientras el mundo literalmente se quema. Spoiler: no es indiferencia. Es otra cosa. Y tiene consecuencias sobre tu salud mental que probablemente no estás viendo.
Cuando tenés veinticinco años de ejercicio profesional, aprendés a distinguir entre lo que un paciente dice y lo que realmente le está pasando. Y en los últimos años empecé a detectar un patrón consistente: personas que llegan al consultorio con un agotamiento de fondo que no coincide con su carga laboral ni con su situación personal concreta. Un cansancio existencial. Una tristeza que no pertenece a ninguna pérdida puntual. Como si algo muy profundo estuviera de duelo sin que ellas lo sepan.
Eso es la eco-ansiedad: la respuesta emocional crónica ante la crisis climática, que opera muchas veces por fuera de la conciencia. No es un diagnóstico clínico formal. Es un fenómeno real y cada vez más extendido que los psicólogos transpersonales entendemos como una forma de resonancia con el campo planetario.
Sentís que el planeta está herido, aunque no sepas ponerlo en palabras. Registrás una amenaza difusa que no podés ubicar. Y como tu mente no encuentra un objeto concreto contra el cual luchar o del cual huir, lo traduce en ansiedad generalizada, en insomnio, en una apatía que no te explicás.
La indiferencia no es un defecto moral. Es un mecanismo de defensa. Tu psiquismo, confrontado con una amenaza de escala planetaria sobre la cual no tenés control directo, elige anestesiarse porque procesarlo todo junto simplemente no es posible. El problema no es que te defiendas: el problema es que vivir anestesiado también enferma.
El abordaje clásico de la eco-ansiedad suele centrarse en lo conductual: reciclá, consumí menos plástico, andá en bici. Todo bien con eso. Pero hay un nivel más profundo que la terapia transpersonal aborda y que casi nadie está tocando.
La crisis climática no es solo un problema ecológico. Es un quiebre en la relación del ser humano con la totalidad de la vida. Y esa fractura te duele a vos —aunque no milites en ninguna ONG— porque en algún nivel de conciencia sabés que no estás separado del planeta. Sos el planeta. Literalmente: tu cuerpo es agua, minerales, carbono; los mismos elementos que están ardiendo en un bosque francés.
La eco-ansiedad, desde esta mirada, no es una enfermedad. Es una respuesta saludable de un organismo que registra que su casa se está incendiando. El problema no es lo que sentís. El problema es no saber qué hacer con lo que sentís.
El primer paso no es accionar: es sentir. Permitite un rato, un rato corto pero genuino, conectar con el dolor de lo que está pasando. Leé una noticia sobre los incendios y no pases al siguiente reel. Quedate ahí un minuto. Sentí lo que aparezca. No te va a destruir. Al contrario: lo que se siente, se elabora; lo que se reprime, te enferma.
No necesitás salvar el planeta. Necesitás recuperar la sensación de que lo que hacés importa. Plantá algo. Cuidá un árbol de tu vereda. Comprale a un productor local. Reducí tu consumo de plástico no por culpa, sino por coherencia. Las acciones chicas no son insignificantes: son lo que te devuelve la agencia sobre tu vida.
Salí a caminar sin auriculares. Tocá un árbol. Meté los pies en el pasto o en el agua. No lo hagas para «salvar la tierra». Hacelo para salir de la anestesia. La conexión con lo natural es una de las formas más potentes de regulación del sistema nervioso que existen. Y está gratis, acá nomás, esperándote.
No necesitás ser activista para estar despierto. Solo necesitás dejar de hacer de cuenta que no te importa.
Si venís sintiendo un agotamiento de fondo que no te explicás, una tristeza sin objeto claro, o esa sensación de que «algo no está bien» que no podés ubicar, quizás sea momento de hablarlo con alguien que te ayude a ponerle nombre. La terapia es un espacio donde todo esto puede ser mirado sin apuro, sin juicio y sin recetas vacías.