Más de 2.295 vidas. Miles de desplazados. Una cifra de desaparecidos que todavía no se termina de contar. Los sismos en Venezuela nos sacudieron a todos —incluso a los que estamos lejos— y abrieron una herida que trasciende lo geográfico.
Mientras los titulares hablan de rescates, ayuda humanitaria y declaraciones políticas, hay algo de lo que casi nadie está hablando: cómo procesamos el duelo colectivo desde el alma. Qué hacemos con ese vacío que no se llena con escombros removidos. Cómo sostenemos el dolor cuando no alcanzan las palabras.
Desde la psicología clásica, el duelo tiene etapas. Negación, ira, negociación, depresión, aceptación. Lindo en la teoría. Pero cuando hablamos de una tragedia de esta magnitud, el modelo se queda corto. Porque acá no hay «una» pérdida. Hay una pérdida colectiva, multidimensional, que desborda lo individual.
La mirada transpersonal entiende que cuando muere una comunidad, muere algo en todos nosotros. Hay un campo de consciencia compartido —los psicólogos transpersonales lo llamamos campo mórfico— donde resuena el dolor de la especie. No hace falta ser venezolano para sentirlo. Basta con ser humano.
¿Sentiste una angustia rara estos días? ¿Una tristeza que no sabías de dónde venía? No estás loco. Estás conectado.
A nuestra sociedad le falta educación emocional para el dolor ajeno. Sabemos reaccionar —donamos, compartimos una historia de Instagram, decimos «fuerza Venezuela»— pero no sabemos acompañar el silencio.
El duelo no se resuelve con acción. Se resuelve con presencia.
Presencia con lo que duele. Presencia con lo que no tiene explicación. Presencia con el sinsentido. Y eso, justamente eso, es lo que más nos cuesta como cultura: quedarnos quietos frente a lo irreparable sin intentar arreglarlo.
Hay un concepto que trabajo muchísimo en el consultorio: resiliencia espiritual. No es la resiliencia estoica de «aguantar». No es el positivismo tóxico de «todo pasa por algo». Es otra cosa.
La resiliencia espiritual es la capacidad de atravesar el dolor sin perder la conexión con el sentido profundo de la vida. Es poder decir «esto es horrible y no lo entiendo, pero elijo seguir habitando este mundo con el corazón abierto».
No se trata de encontrarle un «para qué» a la tragedia. Se trata de encontrar un «cómo sigo» sin cerrar el corazón.
Las comunidades que mejor se reconstruyen después de un desastre natural no son las que más recursos materiales reciben. Son las que sostienen el tejido vincular. Las que se juntan a llorar. Las que cocinan juntas. Las que rezan juntas —cada cual a su modo—. Las que entienden que la sanación es colectiva o no es.
Primero, honrar el dolor sin espectacularizarlo. No consumir imágenes de la tragedia como entretenimiento. Cada foto, cada video, es una vida. Tratala con respeto.
Segundo, mandar ayuda si podés. Pero también mandar presencia. Una meditación. Una oración. Una intención consciente. El pensamiento amoroso dirigido no es magia: es energía. Y la energía se siente.
Tercero, permitirte sentir. Si algo de esta tragedia te movilizó, no lo anestesies. Ese movimiento interno es una puerta a tu propia sanación. A veces el dolor del mundo nos despierta dolores propios que estaban dormidos.
Hoy Venezuela necesita que la miremos. Pero con mirada de alma, no de noticiero.