Dos mil trescientas vidas. Siete días de duelo nacional. Miles de desaparecidos. Los números de la tragedia venezolana nos llegan como titulares, como notificaciones que scrolleamos a la velocidad del pulgar. Pero hay algo que los números no pueden medir: el campo energético del duelo colectivo.
Te propongo que hagas una pausa. Que respires. Porque lo que está pasando en Venezuela no sucede «allá lejos». Sucede en una misma trama de consciencia que nos incluye a todos.
En la terapia transpersonal trabajamos con una premisa fundamental: la consciencia no está limitada al cráneo. No termina en la piel. Hay dimensiones de nuestro ser que trascienden el tiempo, el espacio y la identidad individual. Y cuando una comunidad entera —un país hermano— entra en estado de shock y duelo masivo, eso se siente.
Quizás no tenés familia en Venezuela. Quizás nunca pisaste su tierra. Pero si en estos días sentiste una angustia inexplicable, una tristeza de fondo que no ubicas, un desasosiego que no responde a nada concreto de tu vida… prestá atención. Porque el duelo colectivo tiene una cualidad particular: es contagioso a nivel sutil.
Los pueblos originarios lo sabían. Las tradiciones contemplativas lo nombran de distintas maneras. La física cuántica empieza a rozarlo con el entrelazamiento y la no-localidad. Yo lo veo todos los días en el consultorio: pacientes que llegan cargando dolores que no son del todo propios, tristezas que pertenecen a su linaje, a su comunidad, a su tiempo histórico.
Carl Jung lo llamó el inconsciente colectivo. Y los terremotos —tanto los de la tierra como los simbólicos— agitan esas aguas profundas donde todos estamos conectados.
La reacción más común es la evitación. «Es horrible, pobres, qué tragedia», decimos, y seguimos. No por mala gente, sino porque el sistema nervioso tiene un límite para procesar el sufrimiento. Pero la evitación no resuelve: acumula.
La propuesta terapéutica es otra. Es hacer algo que nuestra cultura olvidó por completo: detenerse a sentir.
No tenés que resolver nada. No tenés que ir a Venezuela. No tenés que donar plata (aunque si podés, hacelo). Lo que te propongo es mucho más simple y mucho más profundo: sentate cinco minutos en silencio y sentí.
Eso que hacés en esos cinco minutos tiene un nombre: testigo compasivo. Y es una de las herramientas más poderosas de la psicología transpersonal. Porque cuando alguien es visto en su dolor —incluso a la distancia, incluso sin saberlo— algo en el campo se transforma.
Argentina y Venezuela tienen una historia de hermanamiento que va mucho más allá de la coyuntura política. Compartimos idioma, música, comida, historia. Pero sobre todo compartimos humanidad. Y en este momento, la humanidad venezolana está rota.
No subestimes el poder de tu atención consciente. No minimices el alcance de tu presencia. Hace unos años atendí a una paciente que había perdido a su hijo. Un día me dijo: «lo que más me ayudó no fue lo que me dijeron, fue la gente que simplemente estuvo».
Estar. Estar presente. Eso también podemos hacer por Venezuela ahora, aunque estemos a miles de kilómetros.
Si llegaste hasta acá, te dejo una práctica breve. No necesitás nada más que tu respiración:
Porque al final, lo que sana no es la técnica. Es la presencia. Y vos podés ser presencia hoy.
Si estás atravesando tu propio duelo y necesitás acompañamiento, reservá tu sesión acá.