Hoy la Corte Suprema de EE.UU. restringió el asilo y el TPS. Pero dejame que te pregunte algo que nadie te va a preguntar en el noticiero: ¿qué pasa adentro tuyo cuando escuchás la palabra «migrante»? Si sos honesto, tal vez sentís una mezcla de incomodidad, lástima, o directamente rechazo. Y si no sentís nada de eso, capaz te estás saltando un capítulo importante de tu propia historia. Porque el migrante no es un problema político: es un espejo. Y el fallo de la Corte no es sobre leyes migratorias. Es sobre nuestra incapacidad como humanidad para mirar de frente al que viene a recordarnos lo frágil que es todo esto que llamamos «nuestro».
En la psicología profunda, el Extranjero es un arquetipo poderoso. Representa todo lo que está afuera, lo que no encaja en el mapa que armaste de tu vida. El que habla distinto, el que reza a otro dios, el que cocina cosas que no reconocés. Y lo que el inconsciente colectivo está diciendo con estas decisiones políticas no es «protejamos nuestras fronteras». Es «protejámonos de nuestra propia sombra».
Porque cuando cerrás la puerta a alguien que huye de la guerra, de la violencia, del hambre, no estás tomando una decisión económica. Estás diciendo: «No quiero saber que el mundo es tan inseguro como para que alguien tenga que dejar todo atrás». Estás negando tu propia vulnerabilidad. El migrante te muestra que el orden que construiste puede derrumbarse en cualquier momento. Y eso, la verdad, asusta.
Toda proyección funciona igual: lo que no soportás de vos, lo ves en el de al lado. Si te genera rechazo el migrante, preguntate: ¿qué parte tuya está exiliada? ¿Qué aspecto de tu vida no tiene tierra firme? ¿Qué pedazo de tu identidad sentís que no pertenece? Porque el migrante no es solo alguien que cruza una frontera geográfica. El migrante es una parte de vos que todavía no encontró su lugar.
Mirá el discurso: «Nos van a sacar el trabajo», «Van a cambiar nuestra cultura», «No se van a integrar». Todo eso, dicho desde el miedo, habla de una identidad colectiva que se siente frágil. Y si una identidad necesita cerrar puertas para sostenerse, esa identidad no es fuerte: es un castillo de naipes. El verdadero poder de una cultura no está en blindarse, está en su capacidad de transformarse con lo nuevo.
El miedo al migrante siempre dice más del que teme que del que llega.
— Marcela Almazán, terapeuta transpersonal
Ahora ponete del otro lado. La persona que viaja, la que huye. No es un número, no es una estadística. Es alguien que vivió una muerte simbólica. Perder tu tierra es como perder un brazo: sabés que estuvo ahí toda tu vida y de repente no está más. Perder tu idioma es perder el molde de tu pensamiento. Perder tu nombre es perder quién sos ante el mundo.
El exilio no es solo cambiar de país. El exilio es una herida en el alma. Y cuando una sociedad recibe a alguien que viene de ese lugar, está recibiendo un trauma que no sabe cómo contener. Pero en vez de aprender a contenerlo, lo rechazamos. Porque el trauma ajeno nos recuerda que nosotros también podemos quebrarnos.
Hay un paralelismo directo entre la migración forzada y las partes de nosotros que hemos exiliado: ese talento que no nos animamos a mostrar, ese amor que no nos permitimos sentir, esa vocación que dejamos tirada porque «no daba para vivir de eso». Todo eso también es un migrante dentro de vos.
No importa si estás a favor o en contra del fallo. Lo que importa es lo que este movimiento revela sobre el estado del inconsciente colectivo. Cuando una sociedad elige restringir, cerrar, controlar, está diciendo que tiene miedo. Y el miedo, cuando no se mira, se convierte en política. La política siempre es un reflejo de lo que no sanamos como humanidad.
Y acá va la pregunta que te dejo: ¿qué estás cerrando vos en tu vida? ¿A qué le estás negando la entrada? A veces la puerta que levantás para el otro es exactamente la misma que levantaste para vos mismo años atrás. Y hasta que no la abras del todo, vas a seguir viendo enemigos donde solo hay personas buscando un lugar donde puedan ser.
No es un ejercicio de empatía barata. Es un ejercicio de reconocerte en el otro. Porque al final del día, todos estamos de paso. Todos estamos buscando nuestro lugar. Y cuando entendés eso, la puerta se abre sola.
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