Estados Unidos e Irán firmaron un alto el fuego tentativo. Sesenta días. Promesas de reconstrucción, petróleo liberado, inspectores nucleares. Y sin embargo, la tensión no bajó. Trump amenaza con nuevos bombardeos si Irán rompe el acuerdo. Once mil marineros están siendo evacuados del Estrecho de Ormuz. Mientras tanto, vos acá, en tu casa en Buenos Aires, Córdoba o Rosario, sentís un cosquilleo raro que no sabés explicar.
Ese cosquilleo tiene explicación. Y no, no estás loco.
Nos hicieron creer que si algo pasa lejos, no nos afecta. Que la guerra en Medio Oriente es un titular en el diario y nada más. Que mientras no toque a tu familia, a tu barrio, a tu país, podés seguir con tu vida como si nada.
Eso es una ilusión —y además, una ilusión muy nueva. Durante la mayor parte de la historia humana, las comunidades sabían que el sufrimiento de otros les pertenecía. Los rituales funerarios, las danzas de duelo, los cantos colectivos existían precisamente para eso: para procesar juntos lo que uno solo no podía digerir.
Hoy, con la hiperconexión digital y la desconexión emocional, recibís la información pero no el ritual. Sabés todo y no podés sentir nada. Ese desacople es profundamente perturbador para la psiquis.
Las neuronas espejo —esas células que hacen que te emociones viendo una película o que sientas dolor ajeno como propio— no distinguen entre lo que te pasa a vos y lo que le pasa a otro. Tu cerebro empatiza en tiempo real, quieras o no. Y cuando el estímulo es masivo, repetitivo y no tiene descarga emocional, el sistema nervioso entra en un estado de activación crónica sin resolución.
Es decir: tu cuerpo está en alerta, pero no sabe contra qué luchar ni de dónde huir. Eso, técnicamente, es la definición de ansiedad generalizada.
«No necesitás estar en una zona de guerra para que la guerra te atraviese. Te alcanza con ser humano.»
Rupert Sheldrake, biólogo y filósofo, propuso la teoría de los campos mórficos: campos de información que conectan a los miembros de una misma especie más allá del espacio y el tiempo. No es misticismo barato. Es una hipótesis científica que explicaría fenómenos que la biología tradicional no puede explicar.
Si existe un campo mórfico humano —y todo indica que sí—, entonces el miedo de millones de personas en Medio Oriente, en Ucrania, en Myanmar, está resonando en ese campo. Y vos, quieras o no, estás dentro de ese campo.
Eso que sentís —esa tensión de fondo que no se va con nada, ese malestar difuso al leer el diario, esa tristeza que aparece sin motivo aparente— no es solo tuyo. Es colectivo. Y no procesarlo es como tener una herida abierta y no mirarla.
La espiritualidad mal entendida te dice «no mires las noticias, quedate en tu burbuja, la paz está adentro». La espiritualidad bien entendida te dice: podés estar en paz mientras reconocés que afuera hay caos. No son incompatibles. De hecho, la verdadera paz interior no se prueba en la calma: se prueba en la tormenta.
El mundo está revuelto. Siempre lo estuvo. Pero hay momentos históricos en los que la densidad del sufrimiento colectivo es mayor. Estamos en uno de esos momentos. Y lo más radical que podés hacer no es ignorarlo. Es aprender a sostenerlo sin quebrarte.
Para eso estamos acá. Para eso existe la terapia. Para eso abro el consultorio cada día.
Por Sandra Marcela Almazán — Terapeuta Transpersonal. Más de 15 años acompañando almas en tiempos de colapso global.