Estábamos 0-2 abajo. Las pulsaciones a mil, la respiración entrecortada, ese nudo en el estómago que ya conocés. «Otra vez no», «siempre lo mismo», «está todo perdido». En cuestión de minutos, cuarenta y seis millones de argentinos entramos en el mismo pozo emocional. Y después pasó lo que pasó: la remontada más épica de este Mundial.
La victoria contra Egipto fue heroica, sí. Pero no vengo a hablarte de fútbol. Vengo a hablarte de ese 0-2 que también llevás adentro y del que tal vez no te diste cuenta que podés remontar.
En mi consultorio escucho versiones de ese 0-2 todos los días. Una paciente que después de años de terapia siente que retrocedió. Un hombre de cuarenta y pico que se convence de que su carrera no tiene arreglo. Una pareja que después de una pelea fuerte se dice «esto ya fue». Gente que va por la vida con el marcador en contra sin siquiera haber jugado el segundo tiempo.
Lo que me llama la atención —y lo veo en el consultorio, en la calle, en mis propias crisis— es la velocidad con la que nos creemos la derrota. La mente catastrófica se activa en segundos: un revés, un error, una mala noticia y ya estamos haciendo duelo por algo que ni siquiera terminó de pasar.
El «ya fue, perdimos» es un automatismo psíquico profundamente argentino. Lo heredamos, lo respiramos, lo repetimos sin darnos cuenta. Es la voz del desánimo colectivo que se instaló en generaciones enteras criadas entre crisis, default e incertidumbre. Un país acostumbrado a esperar lo peor.
Desde la terapia transpersonal, lo que ocurrió en esa cancha es mucho más que una gesta deportiva. Es la demostración viva de que el punto de quiebre es un portal. Ese instante donde todo parece perdido y sin embargo algo en vos elige no soltar. Ese silencio antes del gol.
Los jugadores no remontaron solamente porque cambiaron la táctica. Remontaron porque pudieron desidentificarse de la narrativa catastrófica que la situación les proponía. No compraron el guion del fracaso. Siguieron corriendo, siguieron creando, siguieron buscando. Y en esa búsqueda, lo que parecía un resultado inevitable se transformó en otra cosa.
Fijate qué interesante: cuando estás 0-2, tu mente te dice «esto ya está». Sentencia. Cierra. Pero tu cuerpo sigue corriendo, tus piernas siguen respondiendo, tu corazón sigue latiendo. Ahí hay una lección fundamental. La mente etiqueta, sentencia, cierra el partido mucho antes de que termine. El cuerpo sigue disponible, presente, esperando.
El psiquismo humano tiene una capacidad de resiliencia que el ego no comprende. El ego lineal piensa en términos de causa y efecto: si vengo mal, voy a seguir mal. Si vengo perdiendo, pierdo. Es lógico. Es razonable. Pero la psiquis profunda no funciona así.
La psiquis profunda —lo que en terapia transpersonal llamamos el Self— funciona por reorganizaciones súbitas de sentido. Un insight. Un cambio de campo. Una conexión repentina con algo más grande que el resultado inmediato. Y de golpe todo se reconfigura. Como un gol que nadie esperaba en el minuto 88.
Lo viste en la cancha. Y lo viste en tu propia vida, si te ponés a mirar con honestidad. Esa vez que tocaste fondo y justo alguien te dijo lo que necesitabas. Esa vez que estabas por renunciar y apareció una señal. Esa mañana en que despertaste distinto y lo que ayer te aplastaba hoy era simplemente un problema a resolver. No es magia. Es la inteligencia del Self que sabe esperar el momento exacto para reorganizarse.
La buena noticia es que esto se entrena. No hace falta llegar al minuto 89 de tu vida para empezar a remontar. Hay prácticas concretas que podés incorporar ahora mismo.
Ahora viene Suiza. Cuartos de final. La ansiedad ya se siente en el aire espeso de julio. Otra vez la posibilidad de perder, otra vez el vértigo. Pero esta vez sabés algo que antes no sabías: que el 0-2 no es una sentencia, es una invitación. Una invitación a descubrir de qué estás hecho cuando el resultado te da la espalda.
La vida no es un Mundial, pero se le parece bastante. Cada tanto te pone contra las cuerdas solo para ver qué hacés con eso. Y la respuesta no está en el resultado final. Está en la dignidad con la que jugás cuando todo el mundo —incluida tu propia cabeza— ya dio el partido por perdido.
La remontada más importante no es la de la Selección. Es la tuya.
¿Sentís que estás 0-2 en algún área de tu vida y no sabés cómo salir? Reservá tu consulta conmigo. A veces hace falta un ojo externo para ver el partido completo.