Hoy el norte de Santa Fe está tapado en agua. Casi un millón de hectáreas anegadas, arroyos desbordados, productores trasladando animales entre el agua, localidades pidiendo emergencia. Y no es la primera vez. Ya pasó en 2003, cuando el Río Salado se llevó un tercio de la ciudad y dejó más de 130.000 evacuados. Ya pasó en 2007, con la «lluvia del siglo». Y ahora el agua vuelve a pedir.
El agua no se repite por casualidad. En la mirada transpersonal, cuando un territorio sufre el mismo desborde una y otra vez, algo se repite no solo en la tierra, sino en quienes la habitamos. El agua todo lo que toca lo devuelve a la superficie. Y lo que está bajo tierra — lo no dicho, lo no llorado, lo no reconocido — termina saliendo, siempre, con la fuerza de una crecida.
Lo que le pasa a la gente cuando el agua vuelve:
1. La memoria que se reabre. Quien vivió 2003 ve hoy el mismo escenario y algo adentro se despierta: el miedo viejo, el barro en las paredes, la pérdida. La repetición no trae solo lluvia nueva — trae todas las lluvias anteriores juntas. Porque el agua no inunda solo las calles: inunda la memoria.
2. El cansancio de recomenzar. Hay un cansancio particular en quien reconstruye y ve que la misma ola vuelve. Ese «otra vez» que se dice en voz baja, con los dientes apretados. Es el agotamiento de quien siente que lo que construyó con esfuerzo no quedó garantizado. Ahí aparece la pregunta transpersonal más difícil: ¿qué es lo que todavía no aprendimos como para que el agua tenga que insistirnos?
3. La desesperanza que lastima. Cuando algo se repite, el alma duda. Y la duda se vuelve desconfianza: en los que gobiernan, en los que prometieron, en el futuro mismo. Esa herida es más profunda que el agua — porque el daño no es solo material. La repetición socava la confianza en el mañana.
4. Y sin embargo, la fuerza de lo que teje comunidad. En la inundación también aparece lo más luminoso del ser humano: el vecino que presta su bote, el que abre la puerta de su casa, el que no pregunta. Cuando el agua es dueña de las calles, se vuelve a aprender que lo único que resiste es el otro. El agua arrastra lo individual, pero expone lo colectivo.
Lo que el territorio nos está mostrando: el agua vuelve porque hay algo que insistimos en no ver. La pregunta no es solo cuándo va a dejar de llover. Es: ¿qué es eso que, como comunidad y como humanidad, seguimos debiendo a la tierra y a nosotros mismos? El agua no viene a castigar. El agua viene a recordar — y recuerda hasta que lo escuchamos.
Sanar, de verdad, es ir a la raíz. Lo que se sana se devuelve, no se le pone encima.