
El lado B del arquetipo materno (y la cuenta que nadie hace).
Somos una arquitectura levantada sobre territorios: los que habitamos, los que habitaron nuestros ancestros y la tierra original desde donde viene viajando nuestra memoria.
Era una chica joven, hablando a cámara. Dijo una frase que a muchos les cae mal:
«La maternidad se disfruta solo si tenés dinero.»
Y yo, que crié dos hijos sola, me quedé un segundo en silencio… y después dije:
Tiene razón.
No es que el amor no alcance. Es que el amor, solo, no sostiene.
Vamos a hablar de plata, que es de lo que no se habla.
En la familia tenemos dos bebés: uno de cinco meses, otro de tres. Ninguna de las dos mamás puede amamantar, por problemas de salud. Así que los bebés necesitan fórmula, y a los dos les indicaron fórmula medicamentosa —de las que se dan por alergia a la proteína de leche de vaca.
¿Sabés cuánto sale una lata? $380.000. Y trae 400 gramos.
Esa lata dura tres días.
Hagamos la cuenta juntos: – 3 días por lata → 10 latas por mes – 10 × $380.000 = $3.800.000 por mes, por bebé – Con los dos bebés: $7.600.000 por mes – En un año, si siguiera igual: más de 45 millones de pesos por bebé
Y eso es solo la leche.
Porque después vienen los pañales —seis a ocho por día, cerca de 200 por mes— y los pañales no te los cubre la obra social. Nadie te los cubre. Los pagás vos.
Después sumá el pediatra, la ropa que no le entra, la guardería, la luz, el gas.
Esto no es un gasto. Es un presupuesto que muy pocas familias pueden sostener — y del que casi nadie habla, porque parece de mal gusto hablar de plata cuando hablamos de bebés.
Nos enseñaron que mezclar maternidad con dinero es mezquino. Como si decir «necesito plata» le restara amor.
Al contrario. En el trabajo sistémico, dar y recibir son la misma ley. Si una madre da y da y da, y no recibe nada —ni ayuda, ni tiempo, ni descanso, ni dinero—, el sistema se desequilibra.
Una mamá que tiene sostén puede mirar a su bebé. Una mamá que no tiene sostén, sobrevive al día. Y después la culpa le dice que no lo está disfrutando.
Claro que no lo está disfrutando. Está agotada.
Yo sé de esto. Enviudé a los 35, con dos hijos chicos, sin casa y sin dinero. Trabajé de lo que había: parques y jardines.
Y mis hijos tomaron leche de vaca común, hervida. La más barata que había en el mercado: San Regime. El pediatra que teníamos era un genio, y les cayó bien. No tuvieron alergias ni problemas, y así se criaron.
Hoy, cuando veo a los chicos de la familia con estas fórmulas carísimas, me pregunto qué cambió.
No cambiaron las madres. Ni el amor. Cambió el costo de criar: la leche, los pañales, todo. Y también hay más conciencia y más diagnósticos de alergias, que antes pasaban de largo.
(Y quiero ser clara: lo que yo hice es testimonio de otra época. Hoy la pediatría no recomienda dar leche de vaca antes del año. Lo mío cuenta una historia, no es una receta.)
Porque esto también es la maternidad, y de esto nadie habla:
Esa mujer también pertenece al sistema. Y en el sistema, lo que no tiene lugar, insiste: vuelve en el cansancio, en el cuerpo, en el enojo que aparece de golpe.
A la Madre la conocemos todos: el arquetipo que da, que sostiene, que no se rinde. Pero a ese arquetipo lo romanticaron: nos hicieron creer que la madre perfecta da todo, todo el tiempo, y no necesita nada.
Eso no es amor. Eso es sacrificio. Y el sacrificio no es un arquetipo sano: es un arquetipo empobrecido. Cuando la Madre no tiene sostén, no se convierte en santa: se convierte en una mujer agotada que carga sola.
Mirá atrás: tu mamá. Tu abuela. Tu bisabuela.
¿Cuántas criaron solas, sin ayuda, sin dinero propio, sin permiso para cansarse? ¿Cuántas se «aguantaron» porque eso era ser mujer?
Y ahora escuchá la frase que te sale sola: «Si ella pudo sola, yo también tengo que poder.»
Eso es una lealtad invisible: una promesa que le hiciste a tu linaje sin saberlo, y que dice que vos tampoco podés pedir ayuda, porque pedir sería traicionar a las que no pudieron.
Esa deuda no la pediste vos. Pero la estás pagando.
1. Pedile al pediatra la receta con diagnóstico por escrito (con código), y un informe. Sin papeles, no hay cobertura. 2. Presentá el pedido de cobertura en la obra social o prepaga. Los bebés suelen estar cubiertos como adherentes de la mamá o del papá: averigualo, muchas veces ya está. 3. Si te la niegan: reclamá. Presentá el reclamo en la Superintendencia de Servicios de Salud (0800-222-72583) y guardá todas las facturas para pedir el reintegro. 4. Hospital público: con el diagnóstico, muchas farmacias de hospitales entregan la fórmula. Preguntá al pediatra y a la asistente social. 5. Compará marcas equivalentes. Dentro de la misma categoría hay varias (Alfaré, Nutramigen, Similac Alimentum, Pregestimil / o de aminoácidos: Neocate, EleCare, Puramino) y el pediatra puede recetar otra. A veces la diferencia de precio es enorme. 6. Comprá por caja (de a tres) en farmacias: suele salir bastante menos que la unidad suelta. 7. Y para los pañales, no hay cobertura: ahí lo único que queda es comparar precios y comprar por cantidad. (Aunque suena injusto: también son un insumo de salud.)
No flores, no consejos. Necesita:
Cuando eso pasa, aparece algo enorme: la maternidad se puede disfrutar. No porque el amor alcance, sino porque el amor deja de estar peleando con el cansancio y con las cuentas.
Contestá lo que puedas. La que no puedas contestar, guardala: esa es la que te está esperando.
Lo que se sana y se reconoce, no se repite.
Si querés mirar los mandatos que trajiste de tu linaje —y lo que se repite en tu familia, en tus fechas, en tu territorio—, escribime. De esto hablo en mis libros y en mis clases: Códigos del Inconsciente (que ya va por su cuarta edición), Constelando el alma con arquetipos, Tarot y Sensualidad en la vida y en los negocios y Tus Imágenes Internas.
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