Un discurso habla de «enemigos internos y externos». Un país se parte en dos. Las redes estallan, las familias discuten en la mesa del domingo, y vos sentís que tenés que elegir un bando para no quedar en el medio. ¿Y si te dijera que el enemigo más peligroso no está afuera?
Hoy quiero hablarte del lado B de la polarización: el que no sale en la tele ni en los portales, el que se juega adentro tuyo cada vez que señalás a alguien como «el enemigo».
Necesitamos creer que el problema es el otro. Nos calma. Nos ordena el mundo. Si yo soy bueno y el otro es malo, entonces sé quién soy, de qué lado estoy y qué tengo que hacer. Es una certeza barata, pero terriblemente adictiva.
El problema es que esa certeza tiene un costo altísimo: nos roba la capacidad de ver. Nos convierte en jueces antes que en personas. Nos separa del otro y, lo que es todavía peor, nos separa de nosotros mismos.
Cuando señalás a un enemigo afuera, casi siempre estás evitando mirar algo adentro.
Carl Jung lo llamó sombra: todo eso que no queremos reconocer de nosotros, lo negamos y lo proyectamos en el otro. Si no puedo aceptar mi propia agresividad, voy a ver agresividad en todos lados. Si no puedo aceptar mi miedo, voy a despreciar a los que muestran miedo. Si no puedo aceptar mi deseo de poder, voy a denunciar el poder de los demás a los gritos.
Desde la mirada transpersonal, la polarización es un síntoma colectivo. Es la humanidad entera proyectando su sombra en el otro para no hacerse cargo de su propia herida. Lo que no integramos adentro, lo combatimos afuera. Y esa guerra nunca se gana, porque el enemigo se muda con cada nuevo «ellos».
Nadie te está diciendo que cada vez que odiás a «los otros», estás alimentando una guerra que se libra adentro tuyo. Que la indignación constante es una forma de estrés crónico que enferma el cuerpo. Que elegir un bando sin pensarlo es renunciar a tu libertad de pensar.
El lado B es este:
Pensá en alguien a quien considerás «el enemigo»: un político, un familiar, un vecino, un desconocido de Twitter. Ahora preguntate, con total honestidad:
Trascender la polarización no es ser tibio ni indiferente. Es ser libre. Es poder mirar al otro y ver a un ser humano completo, con su historia, su dolor y su dignidad, aunque no estés de acuerdo con él. Es recuperar el centro desde el cual podés pensar, sentir y decidir sin que te secuestre la tribu.
Ojo: esto no significa que no tengas que opinar, ni que todas las ideas valgan lo mismo. Significa que podés sostener tu postura sin perder tu humanidad en el camino. Que tu identidad no depende de odiar al que piensa distinto.
El país va a seguir discutiendo. Las discusiones van a seguir existiendo. Pero vos podés elegir no vivir en guerra. Porque la única paz que de verdad existe es la que se construye primero adentro tuyo.
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