Mirás el celular y ahí está otra vez: el dólar blue en $1.435, el riesgo país cerrando en 489, los bonos cayendo en Nueva York. Y vos, que quizás ni siquiera tenés un billete verde guardado en casa, sentís un nudo en el pecho que no se explica con números. ¿Qué te está pasando? ¿Por qué un valor que no tocás te roba el sueño a las tres de la mañana?
Hoy te invito a mirar el lado B de la economía. No el de los mercados, los analistas y las pantallas llenas de rojo. El otro: el que se instala en tu cuerpo, en tu respiración cortada, en ese pensamiento que da vueltas y vueltas sin parar.
Después de más de quince años acompañando procesos terapéuticos, aprendí algo que ningún economista te va a decir en un informe: el dólar no sube solo. Sube cargado de historias. De tu abuela que escondía billetes en el colchón. De tu papá que repetía «en este país nunca se puede estar tranquilo». De esa sensación heredada de que el futuro es un terreno minado y hay que vivir preparado para lo peor.
La ansiedad económica no es ansiedad por el dinero. Es ansiedad por la incertidumbre. Por no poder controlar lo que viene. Y cuando no podés controlar lo externo, tu sistema nervioso hace lo único que sabe: se prepara para la guerra. Suben el cortisol, se tensan los hombros, se cierra la mandíbula, se acelera el corazón.
El riesgo país mide la confianza de los mercados. Tu insomnio mide la confianza que tenés en vos misma para atravesar lo incierto.
Desde una mirada transpersonal, este miedo no es tuyo. O al menos, no es solamente tuyo. Es un miedo colectivo, acumulado en generaciones de argentinos que vivieron crisis, hiperinflaciones, corralitos y promesas rotas. Esa memoria no se hereda solo en las conversaciones de sobremesa: se hereda en el cuerpo, en el sistema nervioso, en la manera en que tu familia aprendió a sobrevivir.
Cuando el dólar sube, no estás reaccionando al dólar. Estás reaccionando a una herida de pertenencia. A preguntas más profundas que un gráfico: «¿estaré a salvo?», «¿podré sostener a los que amo?», «¿seré suficiente?». El dinero se convierte en un símbolo de protección, de seguridad, de amor materializado. Y por eso duele tanto.
Los noticieros te dicen que te asustes. Los economistas te dicen que te cubras. Los portales te dicen que esto recién empieza. Pero nadie te está diciendo que el miedo sin conciencia te convierte en una persona que decide desde el pánico. Y decidir desde el pánico es carísimo: te encierra, te paraliza, te hace vender barato lo que tenés y comprar caro lo que no necesitás.
El lado B es este:
Antes de mirar la cotización, mirá adentro. Preguntate con honestidad:
Sanar la ansiedad económica no es volverte inmune a la realidad del país. Es aprender a estar presente en ella sin perderte. Es soltar la fantasía de control absoluto y recuperar la confianza en que podés atravesar lo que venga, como lo hicieron las que vinieron antes que vos.
La próxima vez que veas el número en la pantalla, respirá hondo. Ese número no define tu valor. Tampoco tu futuro. Solo te está mostrando dónde está tu herida. Y ahí, justo ahí, es donde empieza el trabajo que de verdad transforma.
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