«Te voy a dar todo el soporte, como hice con todos.» La frase es de Manuel Adorni, exjefe de Gabinete, grabada en un audio donde intentaba influir sobre el testimonio de un contratista que le refaccionó la casa. En otro expediente, una funcionaria confirmó que le prestó su tarjeta de crédito para que se comprara un monitor gamer Samsung Odyssey de más de dos millones de pesos. Después vino la renuncia. Después vino la causa por enriquecimiento ilícito. Después vinieron los medios, las redes, el escarnio.
Y acá estamos, como siempre, mirando el espectáculo de la caída. Pero el lado B —el que a mí me interesa como terapeuta— no es lo que hizo Adorni. Es lo que hacemos nosotros con lo que hizo Adorni.
Todos los días fabricamos ídolos. Los ponemos arriba de un pedestal, les pedimos que sean perfectos, que no se equivoquen, que representen lo mejor de nosotros. Y cuando inevitablemente se caen —porque son humanos, porque todos somos humanos— activamos el segundo modo: la demolición.
En psicología junguiana esto se llama proyección de la sombra. Funciona así: hay partes mías que no me gustan —mi ambición desmedida, mi tendencia a usar a los demás, mi incapacidad de decir que no, mi deseo de tener cosas que no puedo pagar—. Como no las tolero, las pongo afuera. Las deposito en otro. En este caso, en Adorni.
Y después lo destruyo. Porque destruyéndolo a él, simbólicamente destruyo esas partes mías que me dan vergüenza. Es un ritual de purificación colectiva. Y funciona bárbaro… hasta el próximo escándalo, cuando necesitemos un nuevo chivo expiatorio.
Un monitor Samsung Odyssey Oled G8. Más de dos millones de pesos. Comprado con la tarjeta de crédito de una funcionaria, devuelto en efectivo después, o eso dijo ella. La imagen es patética, sí. Pero es también profundamente humana.
Porque ese monitor no es un monitor. Es un juguete. Es el objeto del deseo de un hombre adulto que, en algún rincón de su psiquis, sigue siendo un pibe que quiere jugar. Y ese pibe —el que se compra cosas que no puede pagar, el que usa medios ilegítimos para conseguir lo que quiere, el que se miente a sí mismo— también vive adentro tuyo.
La diferencia entre Adorni y vos no es que vos seas mejor persona. La diferencia es que sus mecanismos quedaron expuestos. Los tuyos siguen funcionando en silencio, cubiertos por capas de racionalización y autocontrol. Pero están ahí.
«Te voy a dar todo el soporte, como hice con todos.» Esta frase merece un párrafo aparte. Porque revela algo más oscuro que la torpeza de intentar influir en un testigo. Revela un modus operandi. Una forma de entender el poder: yo te protejo, vos me protegés. Yo te cubro, vos te callás.
Esa dinámica no es exclusiva de la política. Está en las familias, en las empresas, en los grupos de amigos. El que detenta algún tipo de poder —dinero, estatus, información— lo usa para comprar lealtades. Y el que está abajo lo acepta porque le conviene, porque tiene miedo, o simplemente porque es más fácil.
Cuando señalamos a Adorni con el dedo, estamos señalando un espejo. La pregunta no es «¿cómo pudo hacer eso?». La pregunta es: «¿en qué situaciones yo también ofrecí ‘todo el soporte’ a cambio de silencio?»
Argentina es experta en esto. Lo hicimos con De Vido, con Boudou, con CFK, con Macri, con Alberto. Ahora con Adorni. El ciclo es siempre el mismo: figura pública asciende, figura pública se manda una cagada, figura pública es destruida en redes sociales y programas de televisión. La audiencia disfruta. Los memes florecen. La justicia por goteo mediático.
Como terapeuta, te digo algo que quizás no querés escuchar: ese placer que sentís cuando ves caer a un poderoso no es amor por la justicia. Es venganza. Es el goce oscuro de ver que al otro le va peor que a vos. Es la satisfacción de confirmar que «son todos iguales» porque así no tenés que hacerte cargo de tu propia vida.
El verdadero acto de madurez emocional sería poder mirar un escándalo como el de Adorni y decir: «qué interesante lo que esto me muestra de mí». En lugar de prender fuego al muñeco, prender una vela para iluminar tu propia sombra.
Hay un dato que nunca sale en las noticias: linchar emocionalmente a otro te lastima a vos. Cada vez que te entregás al odio colectivo, cada vez que compartís un meme cruel, cada vez que sentís placer con la desgracia ajena, estás intoxicando tu propio campo emocional.
El rencor es como tomar veneno esperando que el otro se muera. Y el escarnio público es rencor organizado, empaquetado en formato entretenimiento.
No estoy defendiendo a Adorni. No estoy justificando lo que hizo. Estoy señalando que una cosa es pedir justicia y otra muy distinta es disfrutar la crueldad. Y esa línea, en Argentina, la cruzamos todo el tiempo.
El caso Adorni va a pasar, como pasaron todos. En seis meses nadie se va a acordar del monitor Samsung. Pero la sombra colectiva —esa necesidad de destruir ídolos que nosotros mismos creamos— va a seguir ahí. Esperando al próximo.
Si querés hacer un trabajo más profundo con tu propia sombra —con esas partes tuyas que preferirías no mirar— podés agendar una sesión en el consultorio. Porque se puede vivir sin necesitar un chivo expiatorio nuevo cada seis meses. Pero eso no se resuelve viendo tele: se resuelve mirando para adentro.