Esta semana se conoció un dato que duele: casi tres de cada diez hogares argentinos tuvieron que endeudarse para cubrir gastos básicos. El 27,4% pidió dinero prestado para afrontar la economía diaria, y la morosidad en los créditos familiares superó el 12% y lleva veinte meses subiendo sin parar. Los números están en todos los portales. Pero hay una parte de esta noticia que ningún informe estadístico va a medir, y es la que más me interesa como terapeuta: lo que la deuda le hace a la psiquis de una persona.
Porque endeudarse para comer no es un problema financiero. Es una experiencia emocional completa: vergüenza, culpa, insomnio, silencio. Y de eso nadie habla.
Cuando una persona pide plata prestada para llenar la heladera, no está pidiendo solo plata. Está pidiendo permiso para existir un mes más. Y ese acto, repetido mes a mes, deja una huella profunda. En mi consultorio escucho todos los días lo que los informes no registran:
Desde la mirada transpersonal, hay una diferencia enorme entre vivir en modo proyecto y vivir en modo supervivencia. El modo supervivencia activa una alarma permanente en el sistema nervioso: el cuerpo vive en un presente amenazado, sin futuro imaginable. Eso produce un desgaste silencioso que se manifiesta como ansiedad, irritabilidad, apatía y un cansancio que ninguna siesta repara.
Lo más difícil es que la persona se acostumbra. Deja de preguntarse qué quiere y empieza a preguntarse únicamente cómo llega. La vida se achica a una sola pregunta: la del mes. Y el deseo, que es el motor del alma, se apaga para no doler.
Hay algo cultural que agrava todo esto: la creencia de que pedir ayuda es humillante. Sobre todo entre los hombres, y sobre todo en una cultura que confunde vulnerabilidad con debilidad. Pero la vulnerabilidad no es lo contrario de la fortaleza: es su condición. Decir «estoy cansado», «no llego», «necesito ayuda» no te vuelve menos: te vuelve real.
Las constelaciones familiares muestran otra arista de este tema: muchos de los que hoy se endeudan para sobrevivir están repitiendo una historia que ya vivieron sus padres o sus abuelos. La escasez se hereda como lealtad invisible. Salir de ese patrón requiere mirarlo, nombrarlo y agradecerle a los ancestros lo que pudieron darnos, para poder construir otra relación con la abundancia.
Una persona no vale lo que debe ni lo que tiene. Vale lo que es. Y eso ninguna inflación lo toca.
Si la angustia económica te está quitando el sueño, la dignidad y las ganas, no esperes a tocar fondo para buscar ayuda. Hay otra manera de atravesar este tiempo, y no tiene que ser en soledad.
Si este momento te está pesando más de lo que podés sostener, te espero en mi consultorio. Reservá tu sesión acá.