El loro del dogma: repetimos frases que nadie dijo y reglas que nadie verificó

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El loro del dogma: repetimos frases que nadie dijo y reglas que nadie verificó

Hay un mal silencioso que recorre el mundo terapéutico, y no es nuevo: la adoración ciega al dogma. Le pasó a Carl Jung en su momento, y hoy le pasa exactamente igual a Bert Hellinger. Muere el maestro y, en lugar de seguir con la investigación viva, una legión de seguidores convierte su legado en texto sagrado. Nadie se vuelve a preguntar nada. Nadie levanta la mano en una formación para decir: “Che, ¿y si en esto Hellinger se equivocó? ¿Y si este concepto quedó a medio camino?”

Como el maestro ya no está para corregir a sus propios alumnos, empezaron a colgarle conceptos de cualquier lado. Acomodaron palabras como si fueran estampitas, inventaron leyes donde solo había intuiciones, y se dedicaron a repetir como loros las mismas frases hechas para no tener que pensar la clínica.

Y no es solo con los grandes nombres. Es una manera de habitar el conocimiento: la de quien sigue las reglas rajatabla, sin hacerse las preguntas profundas para verificar si lo que se dijo alguna vez —lo que dijo Freud, lo que dijo Hellinger, lo que dijo quien fuera— sigue siendo real hoy.

La pregunta incómoda que casi nadie se hace

El problema no es creer en los maestros. El problema es volverlos infalibles. Cuando un concepto se vuelve intocable, dejamos de preguntarnos lo esencial: ¿esto que repito, lo dijo de verdad quien lo dijo? ¿Y si lo dijo, es verdad hoy, a la luz de lo que sabemos de la biología, del sistema nervioso, del dolor real de la persona que tengo enfrente?

A mí me resulta imposible quedarme en esa comodidad. Cuando un concepto “me hace ruido” en la práctica, hay que meter el bisturí. No por faltarle el respeto a la historia, sino por respeto a la verdad clínica y al sufrimiento concreto del que viene a verme.

La muletilla que le clavaron al trabajo sistémico

Tomemos un ejemplo concreto: la famosa frase “es que tenés que hacer el duelo de tus expectativas”. Se repite en talleres, en redes, en libros. Alguien pierde a su pareja de años, se le muere un hijo, o tiene que dejar la casa de su vida, y la respuesta empaquetada del terapeuta de manual es: “Bueno, es que estabas aferrado a una expectativa”.

Por favor. La palabra “expectativa” es fría, es de escritorio. Suena a capricho del ego, a error de cálculo mental del presente. Y despachar la devastación de un ser humano diciéndole que su dolor es una frustración de expectativas es de una pereza teórica brutal.

La mente consciente no es un Excel que calcula datos fríos. Pero el inconsciente y la biología sí se parecen a un algoritmo de supervivencia extremadamente riguroso: mide variables, calcula probabilidades, evalúa costes de energía y analiza constantemente dónde hay suelo seguro para sostener la vida. Cuando te vinculás con alguien o construís un hogar, ese algoritmo ya hizo la cuenta y dio por sentada esa estructura.

Por eso, lo que habita debajo de la pérdida evidente no es la pérdida de una idea bonita: es el colapso del andamiaje biológico sobre el que tenías apoyada la vida. No se te rompió un pensamiento. Se te amputó el suelo.

Lo que no se ve a simple vista

Cuando se pierde el respeto por esa complejidad, se cae en el dogma y se termina dañando al paciente sin quererlo. Porque lo que subyace a la pérdida casi siempre nos conecta con historias de futuros truncados: el ancestro al que le quitaron la tierra, la abuela que perdió un hijo en la guerra, el proyecto familiar que quebró justo antes de prosperar. Y el consultante no solo llora su propia pérdida: le guarda una fidelidad invisible al ancestro, diciendo en silencio “yo tampoco me permito habitar el presente; me quedo con ustedes en el plano de lo que no pudo ser”.

Y si llevamos esta mirada al territorio, la cosa se vuelve todavía más profunda. El territorio no es solo tierra o paredes: es el contenedor de nuestra identidad. Cuando se pierde una casa o un país, el sistema nervioso queda desorganizado en el espacio. La persona sigue ubicada, espacialmente, en el lugar que dejó. Su cuerpo está acá, pero su ser no hizo la mudanza.

Sanar de verdad no es “soltar”

Sanar de verdad exige devolverle la dignidad al dolor y deshacernos de las muletillas. Porque el inconsciente no suelta una estructura de supervivencia solo porque se lo pidamos de palabra. La intervención real requiere que la persona mire ese andamiaje caído y pueda procesar el duelo de su propia arquitectura: reconocer que no se rompió una simple idea, honrar la estructura que se construyó, aceptar que esa historia concluyó, y atreverse a hacer la mudanza psíquica hacia el suelo desnudo del presente.

Cuando le quitamos el cliché al proceso, el sistema nervioso finalmente se relaja. La persona entiende que no cometió ningún “error de ego”, sino que su biología ya puede dejar de sostener un edificio que se cayó.

Pensar con cabeza propia

Ni Hellinger, ni Jung, ni Freud vinieron a dejarnos tablas de la ley escritas en piedra. Nos dejaron mapas iniciales, para que nosotros —con la experiencia clínica en la mano— nos atrevamos a corregirlos, ampliarlos y hacerlos evolucionar.

Dejemos de repetir como loros conceptos vacíos. Empecemos, de una vez por todas, a pensar la clínica con el rigor, la solidez y la libertad que la salud mental exige. Y la próxima vez que alguien te diga “esto se dijo siempre así”, preguntate: ¿lo dijo de verdad? ¿Y sigue siendo verdad hoy?

Porque hay una pregunta más que también hay que desglosar: si te diste permiso de sentir y seguir por otro lado, y de saber que tenías razón cuando agarraste ese camino. Las constelaciones son muy intuitivas, y casi todas las veces dependen de si el constelador se da permiso de seguir su propio instinto y no el reglamento. El reglamento tranquiliza, pero no siente. El instinto, cuando se lo dejás hablar, te lleva a lugares que ningún manual te va a marcar.

Lo que se sana se devuelve, no se le pone encima.

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