Salió el dato y pasó casi desapercibido. La ciencia argentina cayó un 46,5% en los últimos tres años. Casi la mitad. Como si de un día para el otro un país entero hubiera decidido apagar la luz del pensamiento sistemático. Los medios lo titularon con corrección técnica, los economistas discutieron partidas presupuestarias, los científicos marcharon una tarde y después el tema se diluyó en la marea de noticias del Mundial y la política.
Pero acá hay algo mucho más grave que una curva descendente en un gráfico de Excel. Y es exactamente de eso que vengo a hablarte. No como economista ni como periodista. Como terapeuta.
No se pierden solamente papers. No se pierden solamente laboratorios. No se pierden solamente cerebros brillantes que emigran a Barcelona o a Berlín porque acá no pueden sostener sus investigaciones. Se pierde algo mucho más hondo y más difícil de cuantificar: la capacidad de una nación de pensarse a sí misma.
La ciencia no es un lujo de países ricos. No es un adorno cultural para cuando «sobra plata». Es el órgano mediante el cual una sociedad se observa, se diagnostica, se comprende y se proyecta. Cuando ese órgano se atrofia, el país queda ciego. Y un país ciego es un país que tropieza con las mismas piedras una y otra vez sin entender por qué.
Fijate que no es casual que al mismo tiempo que cae la ciencia, el debate público se empobrece. Las discusiones se vuelven binarias, gritonas, meméticas. La complejidad desaparece. Todo se reduce a «a favor» o «en contra». Eso no es casualidad: es el efecto directo de una cultura que dejó de entrenar el músculo del pensamiento riguroso.
Desde la terapia transpersonal tenemos un concepto potente para esto: la sombra colectiva. Son aquellos aspectos de una comunidad que preferimos no ver, no nombrar, no sentir. Aquello que nos da vergüenza, que nos duele, que nos confronta con algo que no queremos aceptar sobre nosotros mismos.
La decisión —porque es una decisión, aunque no se enuncie así— de desfinanciar la ciencia es una sombra que habla de quiénes somos como sociedad. ¿Qué necesita creer un país para justificar que investigar no es prioritario? Algunas respuestas que circulan: «total los científicos viven en una burbuja», «que investiguen cosas útiles», «primero hay que arreglar la economía».
Frases que revelan una herida profunda: la escisión entre el conocimiento y la vida cotidiana. Como si el conocimiento no sirviera para sanar, para producir, para prevenir enfermedades, para desarrollar tecnología, para crecer como comunidad. Como si pensar fuera un hobby de gente que no tiene problemas reales.
Este prejuicio no es inocente. Es el síntoma de una cultura que fue perdiendo la fe en su propia inteligencia. Y una cultura que no confía en su inteligencia es una cultura que se entrega al dogmatismo, al mesianismo político y a la salida fácil.
Cada científico que se va del país no es solo una estadística de fuga de cerebros. Es un duelo. Un duelo individual —el del investigador que deja su tierra, su idioma, sus colegas, sus afectos— y un duelo colectivo que como sociedad no estamos haciendo.
Los pueblos que no elaboran sus pérdidas las repiten compulsivamente. La Argentina tiene una larga historia de ciclos donde algo se construye con enorme esfuerzo y después se destruye con la misma intensidad. La ciencia, la educación, la industria, la infraestructura. ¿No será que repetimos porque no lloramos? ¿No será que necesitamos —como país— hacer el duelo por lo que fuimos y decidimos dejar de ser?
En el consultorio veo pacientes que arrastran duelos no hechos durante décadas. Y cuando finalmente lloran, cuando finalmente nombran lo que perdieron, algo se reorganiza adentro. Algo se abre. El dolor no desaparece mágicamente, pero deja de estar estancado. Empieza a circular. Y circulando, empieza a sanar.
Como país nos falta exactamente eso. Nos falta llorar la inteligencia que estamos perdiendo. Nos falta nombrar la vergüenza. Nos falta admitir —sin cinismo, sin resignación— que estamos lastimados y que la herida es profunda.
En un mundo que corre cada vez más rápido hacia la superficialidad, la ignorancia funcional y el contenido de quince segundos, pensar es un acto de resistencia cotidiana. Y como todo acto de resistencia, empieza en el cuerpo y en la psiquis individual antes de volverse colectivo.
Quizás la caída de la ciencia argentina no es un problema de presupuesto. Quizás es un síntoma. El síntoma de un país que dejó de creer que puede. De un país que internalizó el fracaso como identidad. De un país que se rindió antes de jugar el segundo tiempo.
Y si es así —si lo que está en juego no es plata sino fe en nosotros mismos— la reconstrucción no empieza en el Congreso ni en el ministerio de turno. Empieza en la psiquis de cada argentino que elige, a pesar de todo, seguir pensando. Seguir preguntando. Seguir creando conocimiento en un contexto que no lo valora.
Eso es resiliencia. Eso es dignidad. Y eso —también— es patria.
¿Sentís que el contexto te apaga las ganas de pensar, crear, preguntar? Hablémoslo en sesión. Porque lo colectivo también se cura de a uno.