Dibu Martínez y la mandíbula rota: el lado B de un cuerpo que te saca de la cancha
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
La noticia dio la vuelta en un rato: Dibu Martínez chocó con un rival, se fracturó la mandíbula y estará afuera de la cancha al menos cuarenta días. Se pierde los amistosos de la Selección. En los grupos la conversación pasó rápido al reemplazo, a los puntos, a qué se le gana y qué no. Pero hay un costado de esta noticia que no se comenta: la fractura de un deportista de élite es, casi siempre, la única forma que tiene el cuerpo de frenar a alguien que no sabe parar.
Lo que pasó
El arquero de la Selección sufrió una fractura de mandíbula en un choque durante un partido y el parte médico habló de una baja mínima de cuarenta días. No es una lesión menor: la mandíbula es la zona donde se sostiene la palabra, donde se aprieta la bronca, donde se cierra la expresión. Cuarenta días sin poder hablar del todo bien, sin poder gritar, sin poder comer normal.
Para un arquero, además, es el hueso que sostiene la cara con la que se juega. Y para cualquiera de nosotros, la mandíbula es el lugar exacto donde el cuerpo guarda lo que no dijo.
El cuerpo como agenda
En terapia transpersonal trabajo con una idea simple: el cuerpo lleva la agenda de lo que la mente posterga. Cuando alguien viene diciendo "no puedo parar", "ahora no es el momento", "tengo que estar para todos", casi siempre aparece un síntoma que lo frena: una lumbalgia, una gripe que dura tres semanas, una contractura en el cuello, una mandíbula trabada.
No es misticismo. Es fisiología del estrés sostenido: cuando el sistema nervioso pasa meses en alerta, el cuerpo empieza a fallar en los puntos más débiles. Lo que en el lenguaje popular llamamos "bajón" es muchas veces un freno de mano involuntario.
Y acá aparece la parte incómoda: solo paramos cuando el cuerpo nos saca de la cancha. Mientras haya una forma de seguir, seguimos. La lesión, el diagnóstico, la cirugía, son los únicos permisos que nos damos para descansar sin culpa.
Por qué nos cuesta tanto parar
Hay tres razones que veo repetirse en consultorio, y ninguna tiene que ver con la vagancia o con el gusto por el sacrificio:
- Identidad atada al rendimiento. Si valgo por lo que produzco, parar equivale a desaparecer. Muchas mujeres me dicen: "si no hago nada, ¿quién soy?".
- Miedo a lo que aparece en el silencio. Mientras corrés, no pensás. Cuando te quedás quieta, vuelve la pregunta que venías esquivando.
- Mandato de cuidar. Aprendimos que el amor se demuestra estando disponibles. Parar se siente como abandonar.
Por eso el descanso programado no funciona: se vive como una falta. Y por eso el cuerpo tiene que recurrir a algo más contundente, como un hueso roto, para que el permiso sea legítimo.
La mandíbula: la parte que no dice
Hay un detalle que me interesa de esta lesión en particular. La mandíbula es la articulación del habla y también la del enojo contenido. Es donde apretamos los dientes de noche, donde se nos traba el gesto cuando alguien nos humilla y no respondemos, donde se concentra la rabia que no encuentra salida.
Cuarenta días sin poder cerrar la boca con fuerza es, en términos simbólicos, cuarenta días sin poder seguir aguantando. El cuerpo elige el lugar con precisión de cirujano: donde más apretabas.
No estoy diciendo que la lesión de Dibu sea "psicosomática" ni que se la buscó. Sería una falta de respeto y una frivolidad. Estoy diciendo otra cosa: cuando miramos las lesiones de los demás, o las nuestras, solemos quedarnos con la anécdota del golpe. Y a veces hay una segunda capa que habla de cómo veníamos viviendo antes del golpe.
Qué te pide una pausa forzada
Si estás en una pausa que no elegiste —una lesión, una enfermedad, un despido, una separación—, la pregunta útil no es "cómo vuelvo rápido a la normalidad". La pregunta es: ¿qué venía sosteniendo que ya no se sostenía?
Las pausas forzadas tienen tres tareas posibles, y elegís una aunque no te des cuenta:
- Reponer y volver igual. Es la más común. Se descansa lo justo y se retoma el mismo ritmo. Suele terminar en la siguiente lesión.
- Reponer y ajustar algo. Se cambia un horario, un vínculo, una exigencia. Es lo que hace la diferencia.
- Reponer y reordenar. Se revisa para qué vivís así. Es la más profunda y la que menos se elige por miedo.
La pregunta que no se hace en la mesa de los domingos
Nadie va a preguntarte, cuando te lesionás o te enfermás, si venías durmiendo mal desde marzo. Nadie va a preguntarte si lloraste en el auto antes de llegar. La conversación pública se queda en el parte médico, en cuántas semanas, en quién lo reemplaza.
Pero vos sí podés hacerte esa pregunta. Y si venís sosteniendo un ritmo que tu cuerpo ya está cobrando, no esperes a que te fracture algo para darte permiso. El permiso se puede pedir antes. Se puede construir en terapia, con palabras, sin necesidad de yeso.
Dibu va a volver en cuarenta días, probablemente mejor que antes, porque los deportistas de élite tienen equipos enteros dedicados a su recuperación. Nosotros, la mayoría, no tenemos ese equipo. Tenemos que armarlo. Y armarlo empieza por animarse a decir: "esto que vengo haciendo me está costando el cuerpo".
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Si tu cuerpo viene hace tiempo pidiéndote una pausa y vos seguís apurando el ritmo, podemos mirarlo juntas. No hace falta esperar a la lesión.