Se derrumbó el techo en pleno cumpleaños: el lado B de cuando la fiesta se corta
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
La noticia se lee en diez segundos: en un bar de Paraná, el entrepiso cedió durante un festejo de cumpleaños y hubo al menos quince heridos. Todos estábamos haciendo algo distinto cuando pasó: alguien soplaba las velitas, alguien levantaba el celular para filmar, alguien brindaba. Y en un segundo, la escena cambió. La fiesta se cortó. Y aunque no estuvieras ahí, algo en vos también se corta cuando leés estas cosas. Este es el lado B de la fiesta que se termina de golpe.
La ilusión de que el techo nos sostiene
Vivimos como si los lugares fueran una garantía. Entrás a un bar, te sentás, pedís algo, te reís. Nadie, nunca, en el medio de un cumpleaños, piensa que el piso de arriba puede caerse. Y sin embargo, de vez en cuando se cae. Y cuando se cae, no solo se rompe una estructura: se rompe una certeza.
Esa certeza es la de que estamos a salvo. La sostenemos todos los días sin darnos cuenta, y es lo que nos permite hacer cosas tan simples como sentarnos abajo de un entrepiso, subir a un colectivo, dejar a un hijo en una casa ajena. Es una fe práctica. Cuando un hecho así la rompe, el golpe emocional llega mucho más lejos que la noticia.
Por qué te afecta algo que no viviste
Mucha gente se siente rara por quedar mal después de ver una noticia. «Si ni siquiera conozco a esa gente», piensan. Pero el sistema nervioso no distingue entre lo que te pasa a vos y lo que ves que le pasa a otro cuando la escena es suficientemente parecida a tu vida.
Un cumpleaños es una escena compartida. Todos tenemos uno. Todos tenemos una mesa, una ronda, gente querida alrededor. Por eso el impacto es tan directo: no estás mirando el derrumbe de extraños, estás mirando lo frágil que es tu propia escena. Y el cuerpo responde como si hubieras estado ahí: taquicardia, nudo en el pecho, necesidad de chequear dónde están los tuyos.
A eso se le suma el efecto de la repetición. La noticia aparece en el celular, después en la tele, después en el grupo de WhatsApp, después en el reel. Cada impacto vuelve a activar el mismo circuito. Y a la noche, cuando bajás la guardia, aparece esa sensación de que algo malo puede pasar en cualquier momento.
El cuerpo después del susto
Después de un evento así, el cuerpo queda en estado de alerta. Es un mecanismo antiguo y perfecto: si algo amenazante pasó una vez, el sistema nervioso se prepara para que no te agarre desprevenida. El problema es que se queda prendido más tiempo del necesario.
Señales de que tu cuerpo quedó en alerta:
- Te sobresaltás con ruidos normales: una puerta, un portazo, un grito en la calle.
- Te cuesta dormir o te despertás varias veces en la noche.
- Sensación de opresión en el pecho o de que no respirás hondo.
- Necesidad de controlar dónde están las personas que querés.
- Pensamientos del tipo «¿y si me pasa a mí?» que vuelven sin invitación.
- Hipervigilancia en lugares cerrados, especialmente con mucha gente arriba o abajo.
Nada de esto es exageración ni fragilidad. Es fisiología. Y como toda respuesta fisiológica, necesita tiempo y cuidado para volver a un estado de calma.
La culpa del que estaba y no estaba
En estos hechos aparece algo que casi no se nombra: la culpa de los que sobreviven. Los que salieron ilesos de un derrumbe suelen sentir una vergüenza extraña por estar enteros. Y los que no estaban sienten alivio, seguido de culpa por sentir alivio. «Podría haber sido yo», piensan. O peor: «podría haber estado y no estuve».
También está la culpa de la que organizó. La que eligió el lugar, la que mandó la invitación, la que reservó la mesa. Aunque no tenga ninguna responsabilidad real, esa persona va a cargar con una pregunta que la va a desvelar durante meses: «¿y si hubiera elegido otro bar?». Esa culpa no se resuelve con lógica. Se resuelve con acompañamiento.
Qué hacer con lo que te despertó
Primero, no te exijas indiferencia. Si te impactó, te impactó. Mirar para otro lado no te protege: te desconecta. Y lo que se desconecta vuelve después, por otro lado, generalmente en el cuerpo.
Segundo, limitá la dosis. No es lo mismo estar informada que mirar el mismo video cuarenta veces. El sistema nervioso necesita cerrar el ciclo, no repetirlo. Elegí un momento del día para informarte y después volvé a tu vida.
Tercero, hablá de lo que sentiste. Con alguien que te escuche sin minimizar. «No sé por qué me afecta tanto» es una frase que merece una respuesta mejor que «no pienses más».
Cuarto, volvé a habitar los lugares. Si el miedo te empieza a hacer evitar bares, reuniones o espacios con gente, prestá atención: la evitación alivia hoy y encierra mañana. Volver de a poco, con alguien de confianza, es parte de la recuperación.
Lo que la fragilidad nos enseña
Hay algo que estos hechos dicen y que no queremos escuchar: la vida no nos debe un final ordenado. No hay un contrato que garantice que la fiesta va a terminar bien. Y esa constatación, que en un primer momento asusta, también puede ordenar la vida de otra manera.
Cuando entendés que todo puede cortarse, hay dos caminos. Uno es el miedo: cerrarte, controlar, no disfrutar para no perder. El otro es la presencia: decir lo que tenés que decir, abrazar un poco más fuerte, no dejar para mañana la llamada que venís postergando.
No se trata de vivir con miedo a que se caiga el techo. Se trata de vivir sabiendo que está ahí, y aun así poner la mesa, cantar el feliz cumpleaños y mirar a los ojos a los que están sentados con vos. Eso no es ingenuidad. Es una forma valiente de estar vivo.
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