Todos los días, mientras te despertás, te vestís, mirás el espejo o pasás frente a una vidriera, hay alguien sentado en tu cabeza. No es vos. Es una voz que aprendiste. Un juez que no se cansó nunca de repetirte lo que falta. «Si bajás dos kilos», «si te sacás esa arruga», «si tenés la piel más luminosa», «si te vestís así». Ese juez tiene nombre y apellido: son todas las veces que te miraron con desaprobación. Y vos, sin darte cuenta, terminaste contratándolo como el gerente de tu autoestima.
Hoy se habla mucho de ‘body positive’, de ‘aceptación corporal’, de ‘no dejar que los estándares de belleza te definan’. Está bien, está buenísimo. Pero hay un tema del que casi nadie habla: el hambre que no es hambre. Ese vacío que no se llena con dieta, con gym, con cirugía ni con crema antiarrugas. Eso que te hace decir «no me gusto» y en el fondo querés decir otra cosa.
¿Te pasó alguna vez de tener un buen día, sentirte bien con vos misma, y de repente ver una foto tuya y sentir que todo se derrumba? No fue la foto. Fue la mirada que te enseñaron a tener sobre vos. No naciste odiando tu panza, tus piernas o tu cara. Te lo enseñaron. Te lo dijo tu mamá sin querer, lo confirmó la publicidad, lo ratificó una pareja, lo repitió esa amiga que siempre está a dieta. Todas esas voces se fueron amalgamando y construyeron una sola: la tuya, pero no es tuya.
Esa voz internalizada se llama superyó social. No es más que un reflejo de lo que el otro espera de vos. El problema es que vos terminaste creyendo que ese es tu deseo real.
Llegás a casa después de un día de mierda. Te mirás al espejo y la voz dice «no servís», «no alcanzás», «estás horrible». Y entonces abrís la heladera. O salís a comprar ropa que no necesitás. O te anotás en el gimnasio más caro. Todo eso es hambre emocional: no es hambre de comida ni de belleza, es hambre de valoración.
No estás loca. Es un mecanismo automático. El problema es que ese circuito no se corta consumiendo nada. Se corta cuando parás y te preguntás: «¿De quién es esta voz?»
Detrás de cada persona que no se soporta al espejo hay una herida narcisista. No es narcisismo en el sentido de vanidad: es esa herida que se produce cuando no recibiste suficiente reflejo positivo de pequeño. Cuando no te miraron con orgullo. Cuando cada logro venía con un «y esto por qué no lo hiciste antes». Esa herida te dejó con la sensación de que nunca es suficiente. Y esa sensación se pega al cuerpo como una segunda piel.
Por eso, cuando hablamos de estándares de belleza irreales, no estamos hablando solo de Photoshop, de influencers o de la industria cosmética. Estamos hablando de algo mucho más profundo: de cómo aprendiste a mirarte a vos misma con los ojos del que nunca te vio bien.
Primero: dejar de hacer dietas del odio. No hablo de dietas para bajar de peso; hablo de la dieta mental que te alimenta con pensamientos como «no sirvo», «soy demasiado», «soy poco». Esa dieta es la que te mantiene en el hambre emocional.
Segundo: empezar a preguntarte, cada vez que aparece una crítica sobre tu cuerpo, de quién es. ¿Era tuya? ¿O era lo que te dijo tu papá a los 12 años, tu ex a los 25, la tía que siempre te comparó con tu prima?
«No es tu cuerpo el que necesitás cambiar. Es la historia que contás sobre él.»
Te hablo desde mi experiencia como terapeuta transpersonal: he visto mujeres (y hombres) transformar su autoestima no cuando adelgazaron, se operaron o se compraron la crema mágica. Lo hicieron cuando entendieron que su valor no depende de una talla, una edad o un estándar. Suena a frase hecha, pero no lo es. Es el trabajo más difícil que existe porque implica enfrentar al juez interno y decirle: «Vos no tenés voto acá.»
En mis sesiones, cuando trabajamos la herida de abandono o la de rechazo, siempre aparece ese hambre de ser aceptada. Y lo que descubrimos es que esa aceptación no viene de afuera. Es una decisión. Una que se toma una y mil veces, hasta que se vuelve hábito.
Ponete frente al espejo. Mirate a los ojos. Decí en voz alta: «Me veo. No necesito ser otra persona para existir. Así estoy bien.» Puede que no te lo creas. No importa. Empezá a decirlo igual. La neuroplasticidad no entiende de creencias: entiende de repetición.
Si sentís que esa voz no se calla y necesitás ayuda para desarmarla desde la raíz, no te queda bien hacerlo sola. Ya aprendiste el juicio de afuera. Ahora aprendé a mirarte desde adentro.
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