El Papa habló de una Argentina herida y dividida: el lado B de lo que no se cierra

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

El Papa León XIV llega a la Argentina en noviembre y ya dejó una frase que nos quedó sonando a muchos: habló de una Argentina herida, una Argentina dividida. Se puede leer como un comentario sobre la política, sobre la grieta de siempre. Pero hay un lado B que casi nadie nombra: la herida y la división también viven adentro tuyo, en tu cuerpo, en tu familia, en la mesa del domingo.

Porque la división no es solo un fenómeno del país. Es un clima emocional que respiramos todos los días, y que si lo dejamos sin mirar, se nos mete en la piel y nos enferma.

Una herida que no es solo del país

Cuando un pueblo está herido y dividido, lo que se rompe es la confianza. La confianza de que el otro no es un enemigo. La confianza de que se puede conversar sin que la charla termine en pelea. Ese mismo quiebre lo vivís en tu casa cuando ya no podés hablar de ciertos temas con tu hermano, con tu cuñada, con tu viejo, sin que la mesa explote.

La grieta empezó a funcionar como un guion: te dice quién está de tu lado y quién no, antes de que digas nada. Y cuando un guion decide por vos, dejás de ver personas y empezás a ver bandos.

Qué le hace la división a tu sistema nervioso

El cuerpo no distingue entre una guerra externa y una interna. Si sentís que el ambiente donde vivís está en pelea, tu organismo responde con la misma química que si estuvieras en peligro. Y eso, sostenido en el tiempo, se paga con ansiedad, insomnio y una sensación de fondo de que nada afloja.

El otro como enemigo: la trampa de la mirada binaria

La división nos enseña a pensar en blanco y negro: bueno o malo, conmigo o contra mí. Es cómodo —nos ahorra el trabajo de pensar— pero es pobre. Y sobre todo, es doloroso, porque nos obliga a recortar el mundo, a los vínculos y a nosotras mismas en dos mitades incompletas.

Ninguna persona es solo su opinión política. Si reducís al otro a una etiqueta, no estás viendo al otro: estás viendo tu propio miedo.

Por qué nos cuesta tanto convivir con el que piensa distinto

Porque el desacuerdo enciende algo más profundo que la razón: la necesidad de tener razón para sentirnos seguras. Cuando el otro piensa distinto, sentimos que peligra nuestra identidad. Entonces atacamos, no para convencer, sino para calmar la angustia de que podría estar equivocada.

Entender esto es liberador. El otro no tiene que pensar como yo para que yo esté bien. Puedo sostener mi postura con firmeza y, aun así, no convertir la diferencia en una guerra.

Qué podés hacer, desde tu lugar, para no enfermarte de grieta

  1. Elegí tus batallas. No todo debate vale el desgaste.
  2. Bajá el cuerpo antes de hablar. Si estás alterada, cualquier frase sale como ataque.
  3. Volvé a la persona. Antes de la opinión, mirá quién tenés enfrente.
  4. Poné límites de tema. "De política no hablo en la mesa" es un límite sano, no una cobardía.

Sanar lo colectivo empieza por lo individual

No vas a curar la grieta del país desde tu casa. Pero sí podés dejar de reproducirla en tus vínculos. Cada vez que elegís escuchar, cada vez que separás a la persona de su idea, cada vez que te negás a odiar, estás cosiendo un pedacito de esa Argentina herida. Empieza por vos. Empieza por la mesa del domingo.

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