Otra vez estamos todos igual. El corazón en la garganta, las manos transpiradas, el reloj que no avanza. Argentina jugó, ganó, sufrió, y ahora se viene Suiza en cuartos de final del Mundial 2026. Y mientras el país entero se paraliza, hay algo que casi nadie se anima a preguntar: ¿qué nos está pasando por dentro?
No hablo del análisis táctico. No hablo de si Messi juega o no juega. Te hablo de esa sensación que te recorre el cuerpo cuando la pelota pega en el palo. De ese nudito en el estómago que no se va ni aunque hayan pasado doce horas del partido. De la euforia que te hace llorar sin saber por qué.
Eso, querido lector, querida lectora, es material terapéutico puro. Y casi nadie lo está mirando.
Hace más de quince años que acompaño procesos terapéuticos, y te puedo decir algo con total certeza: un partido de la Selección es uno de los fenómenos de catarsis emocional masiva más potentes que existen. No importa si sos de River, de Boca, o si el fútbol te importa tres pepinos. Cuando juega Argentina, algo se activa.
Desde la psicología transpersonal, lo que sucede en esos noventa minutos (más alargue, más penales, más lo que haga falta) se parece mucho a lo que pasa en una sesión profunda de respiración holotrópica. Te explico: entrás en un estado de conciencia expandida, donde las emociones fluyen sin filtro. Gritás, llorás, te abrazás con desconocidos. Salís de tu personaje cotidiano y te conectás con algo mucho más grande que vos.
Ese «algo más grande» es la identidad colectiva. No es solamente camiseta y bandera: es una energía compartida que trasciende edades, clases sociales, ideologías políticas. Es el inconsciente grupal argentino manifestándose a cielo abierto.
No poder dormir la noche anterior. Comer de más o de menos. Irritabilidad. Scroll infinito en redes sociales buscando formaciones y pronósticos. ¿Te suena? Es ansiedad anticipatoria. Y está perfecto que aparezca. Lo que no está tan bueno es ignorarla.
La ansiedad pre-partido es una forma de decirte: «esto me importa». Es tu psiquis preparándose para una experiencia emocional intensa. El problema es cuando esa ansiedad se desborda y te come vivo. Ahí es donde podés hacer algo distinto:
Acá viene el verdadero «lado B». Porque si ganamos, todo es alegría. Pero si las cosas no salen… ¿estás preparado para procesarlo?
El duelo futbolero es real. Y no, no es una pavada. Salir campeones del mundo en 2022 nos sanó una herida generacional. Pero ahora que sabemos lo que se siente ganar, el miedo a perder es distinto. Más hondo.
Te propongo algo: sea cual sea el resultado, usalo como espejo. Si la victoria te da una felicidad que no encontrás en ningún otro lado, preguntate qué te está faltando en tu vida cotidiana. Si la derrota te hunde por días, indagá qué herida más antigua se está reactivando. El fútbol no crea tus emociones: las revela.
Cuando Argentina salga a la cancha contra Suiza, te invito a que estés presente de verdad. Que no sea solamente «ver un partido». Que sea un acto de conexión: con vos mismo, con los que tenés al lado, con los millones que están sintiendo lo mismo en este instante.
Porque en el fondo, la pasión por la camiseta es una forma del amor. Y el amor, bien canalizado, es la energía más transformadora que existe. Usala a tu favor.
Si sentís que estas emociones te desbordan más allá del fútbol, o que hay algo que no podés procesar solo, no lo dejes pasar. Estoy para acompañarte.