Argentina en la final del Mundial: la ansiedad que nadie está nombrando

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Argentina en la final del Mundial: la ansiedad que nadie está nombrando

Argentina en la final del Mundial: la ansiedad que nadie está nombrando

El país está paralizado. No se habla de otra cosa. En la oficina, en el grupo de WhatsApp, en la cola del banco, en la mesa familiar: todos los caminos conducen a ese partido.

Argentina juega la final del Mundial contra España y, por unas horas —o por unos días—, nada más existe. Se suspende la realidad. Se posterga el malhumor con la economía, la discusión política, el dolor de lo cotidiano.

Y acá es donde quiero hacer una pausa. Porque mi trabajo como terapeuta transpersonal no es aplaudir la euforia, sino preguntarme: ¿qué está pasando en el alma colectiva que necesita con tanta desesperación que la selección gane?

La euforia como anestesia

No estoy diciendo que el fútbol sea malo. Ni que festejar esté mal. Lo que observo, después de más de quince años acompañando procesos emocionales profundos, es que cuando una sociedad entera deposita su bienestar en el resultado de un partido, hay algo más que «pasión».

Hay evasión.

El argentino está cansado. Lleva décadas de crisis cíclicas, de promesas rotas, de sobresaltos. La inflación fue un enemigo íntimo durante generaciones. La incertidumbre se volvió lenguaje cotidiano. El esfuerzo personal muchas veces no se traduce en progreso. Y en ese contexto, el fútbol —y particularmente la selección— opera como una anestesia colectiva: un espacio donde todo tiene sentido, donde hay reglas claras, donde el esfuerzo sí se premia y donde, por fin, podemos ganar.

Lo que escondemos atrás del «vamos, carajo»

Cuando una persona llega a mi consultorio con un nivel de ansiedad desbordante, no le pregunto solamente por el síntoma. Le pregunto qué está evitando sentir. La ansiedad siempre es una cobertura: un estado de alerta que tapa algo más profundo.

Con la sociedad pasa lo mismo. La ansiedad masiva de esta previa —ese cosquilleo que no te deja dormir, ese «¿y si perdemos?» que te aparece a las tres de la mañana— es la fachada de emociones que venimos esquivando hace rato: la tristeza por lo que no fue, la bronca con lo que es, el miedo a lo que viene.

Es mucho más fácil emocionarse con Messi que sentarse a procesar el duelo de un proyecto de país que no termina de nacer.

La identidad prestada

Otro fenómeno que me interpela como terapeuta es la identificación masiva con once jugadores que no conocemos personalmente. No está mal admirar, celebrar, vibrar. El problema aparece cuando el único momento en que te sentís parte de algo grande, valioso y victorioso es a través de terceros.

¿Dónde queda tu propio partido? ¿Tu propia final? ¿Tu propio Mundial cotidiano —ese que jugás todos los días cuando te levantás y elegís quién querés ser?

La psiquis colectiva argentina tiene una dificultad crónica con la autoestima. Oscilamos entre la grandiosidad y la insignificancia. O somos los mejores del mundo, o no somos nada. La selección nos presta una identidad temporal que compensa esa herida narcisista. Pero cuando el partido termina —ganemos o perdamos—, la pregunta vuelve: ¿y ahora quién soy?

Reconocer la sombra para habitar la luz

La mirada transpersonal no demoniza la alegría. Al contrario: la celebra como expansión de la conciencia. Pero diferencia la alegría genuina —esa que brota del contacto con lo propio— del entusiasmo evasivo que tapa un agujero.

Disfrutemos del partido. Gritemos los goles. Abracémonos con el de al lado. Pero, por favor, que no sea todo lo que tenemos.

Porque la ansiedad colectiva no se cura con una copa. Se cura con presencia: con la capacidad de mirarnos a nosotros mismos incluso cuando no hay un penal a favor.

Y si ganamos, genial. Y si perdemos, que no se nos derrumbe el mundo. Porque el verdadero partido, el que importa de verdad, se juega adentro tuyo.

Y ahí no hay suplentes.

Si sentís que la ansiedad te desborda —dentro o fuera de la cancha—, no estás solo. A veces necesitamos un espacio donde dejar de gambetear nuestros propios miedos y empezar a mirarlos de frente.

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