El Niño y las 451.000 muertes que nadie quiere mirar: el lado B de la ansiedad climática
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
El 12 de octubre se conoció un dato que dio la vuelta al mundo: un estudio del Climate Impact Lab de la Universidad de Chicago proyecta 451.000 muertes adicionales por calor en el planeta entre junio de 2026 y febrero de 2027, en el marco de un El Niño que la Organización Meteorológica Mundial describe como «de intensidad muy fuerte». Brasil figura entre los países más golpeados de la región.
Y acá empieza el lado B. Porque además de las muertes que ese número nombra, hay otra cosa que no aparece en ninguna estadística: la angustia que ese titular deja en el cuerpo de millones de personas que lo leen y no saben dónde ponerla. Eso tiene nombre: ansiedad climática.
Qué es la ansiedad climática (y por qué no es un capricho)
La ansiedad climática no es un diagnóstico de moda ni una exageración de gente sensible. Es una respuesta lógica frente a una amenaza real, enorme y ajena a tu control. Cuando el peligro es tan grande y tan difuso, el cuerpo no sabe si pelear o huir, y se queda en un estado de alerta permanente.
Se manifiesta así:
- Sensación de fatalismo: «total, para qué voy a hacer algo». Anticipación constante de catástrofes, incluso a nivel personal: «va a pasar algo malo».
- Culpa y vergüenza por no hacer suficiente, por consumir, por volar, por tener hijos.
- Insomnio y cuerpo en tensión: el mismo mecanismo de la ansiedad económica, pero apuntado al futuro del planeta.
- Soledad: la sensación de que nadie quiere hablar de esto, que si lo nombrás te tratan de exagerada.
- Rituales de control: chequear el pronóstico todo el día, seguir cada incendio, cada alerta, cada récord de temperatura.
Por qué el cuerpo no distingue entre un titular y un peligro real
Para tu sistema nervioso, leer «451.000 muertes» no es solo información: es una amenaza. Se activa el mismo circuito que se activaría si vieras el fuego de cerca. El cortisol sube, el corazón se acelera, la respiración se acorta.
Y cuando eso se repite todos los días, con cada alerta nueva, el cuerpo termina agotado. Aparecen los síntomas que veo tanto en el consultorio: contracturas, insomnio, irritabilidad, ese cansancio que no se va durmiendo más horas. No es que estés «loca por el clima». Es que tu cuerpo está respondiendo a la altura de lo que escucha.
Qué hacer con esta angustia, sin negarla ni quedar atrapada
No se trata de apagar la preocupación —eso sería negar la realidad— ni de vivir en pánico. Se trata de encontrar un punto de apoyo, que es lo que hace toda mirada transpersonal:
- Nombrarla. Ponerle palabras a lo que sentís ya baja la intensidad. La angustia que no se dice se somatiza; la que se nombra se puede atravesar.
- Regular el cuerpo primero. Respiración lenta, movimiento, naturaleza, contacto. El cuerpo no se calma con argumentos, se calma con presencia.
- Pasá de la parálisis a la acción posible. No podés frenar El Niño. Sí podés elegir qué hacés con tu parte: cuidarte, cuidar a los tuyos, sumarte a algo pequeño y concreto. La acción devuelve sensación de agencia.
- Bajá la dosis de catástrofe. No se trata de no informarte, sino de no vivir dentro del alerta. Elegí momentos, fuentes y horarios. No todo el día, no antes de dormir.
- Buscá compañía. La angustia climática se sostiene mejor en grupo que en soledad. Hablarlo con alguien que no minimice es, muchas veces, la mitad del alivio.
No podés salvar el mundo sola, pero sí podés dejar de cargarlo sola en el cuerpo.
El futuro del planeta es incierto, y eso es real. Lo que no es inevitable es cargarlo en soledad, en silencio y con el cuerpo en alerta permanente. Ahí hay trabajo para hacer.
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Si esta angustia te está pesando más de lo que podés sostener sola, podés pedir una consulta en el consultorio.