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El día que le planté la mesa al cirujano

Hoy es el Día de la Instrumentadora Quirúrgica. Y yo fui una.

Y como fui una, tengo que contarles la verdad. Porque de este oficio se habla siempre de lo lindo: de la vocación, del teamwork, de la vocación de servicio. Y hay otra parte de la historia que casi nadie dice.

Primero, lo que aprendí de verdad

Una instrumentadora quirúrgica prepara el campo antes de que entre el cirujano. Tiene la pinza lista antes de que se la pidan. Sabe qué viene después. Cuenta las gasas — y si falta una, no se cierra.

Es la que está un paso adelante sin adelantarse. La que sostiene, ordena y anticipa.

No es la que opera: es la que hace posible que la operación sea posible.

Y no sale en la foto. Nunca sale en la foto.

De ese oficio me quedaron dos cosas que no solté más: que hay que mirar lo que no se ve a simple vista, y que el cuerpo no miente.

Y ahora la verdad: por qué me fui

Antes del quirófano, yo había empezado medicina. Y la dejé.

Después estudié instrumentación quirúrgica. Y ya me había recibido cuando me pasó lo que les voy a contar.

Trabajaba en un quirófano. Y en esa época los cirujanos se creían dioses.

Nos insultaban. Y sobre todo cuando ellos estaban en estrés. Delante de todos: delante del paciente, delante de los demás.

Nosotras éramos su bolsa de boxeo: ahí se descargaban. Como si preparar el campo y sostener una vida no tuviera valor.

Yo no tengo ganas de bancarme a nadie. Y a los veinte años, menos todavía: ahí no me bancaba nada. Lo hacía por instinto, sin pensarlo dos veces.

(Hoy, a los 61, lo digo distinto: no es «no bancarme a nadie» — es poner límites. Y los límites no se gritan: se ponen. Pero los dos gestos son el mismo: decir «hasta acá».)

Así que un día le planté la mesa de cirugía al cirujano y me fui. Renuncié. Y nunca volví.

Me fui el 28 de enero de 1986. ¿Y sabés qué día era ese? El día que explotó el Challenger.

Ese día explotó el Challenger… y exploté yo.

Me acuerdo perfecto. Mientras el mundo miraba cómo se caía un transbordador, yo levantaba mi delantal y me iba de un quirófano.

Y de ahí me fui de vacaciones a Villa Gesell.

Sin plan, sin culpa, sin quedarme a explicar nada. Cualquiera pensaría que me iba a hundir… y yo me fui a mirar el mar.

Dos veces me fui: de medicina y del quirófano. Y las dos veces fue por lo mismo: porque no estaba dispuesta a quedarme donde no me respetaban.

Y fue la mejor decisión de mi vida

No volví nunca más a un quirófano. Me dediqué a lo mío.

Y desde ese día nunca más trabajé para nadie.

Dicen que fui rebelde — y sí: siempre fui rebelde. Pero esa rebeldía no fue un defecto: fue la marca que me hizo construir todo lo mío, con mi nombre.

Podría contarles eso como un fracaso. Pero fue lo contrario: fue el día que elegí no ser maltratada. Y muchos años después entiendo que ese día empezó todo. Todo lo que construí después —los estudios, los talleres, mi trabajo, mi nombre— nació ahí: de una mujer joven que se negó a que la maltrataran.

Aprendí temprano que el talento sin dignidad no me sirve.

Lo que me llevé igual

Aun así, el quirófano me enseñó algo que sigo ejerciendo hoy, con otro nombre.

Hoy no trabajo con cuerpos abiertos: trabajo con campos familiares. Con lo que se heredó, con lo que se calló, con lo que quedó sin cerrar.

Pero el oficio es el mismo: mirar lo que no se ve. Ordenar lo que falta. Sostener mientras el otro se abre.

Y sí: pasaron casi cuarenta años y sigo contando gasas. Solo que ahora las cuento en las familias: qué se perdió, quién quedó afuera, qué no se cerró. Porque lo que no se cuenta, se repite.

Y del quirófano me llevé algo más

No me llevé un título, ni un buen recuerdo, ni un sueldo.

Me llevé a mi mejor amiga.

Laura. Estudiamos juntas instrumentación quirúrgica. Nos recibimos juntas. Y compartimos esos quirófanos donde nos maltrataban.

Y hoy, cuarenta y tantos años después, seguimos siendo mejores amigas.

Ese oficio nos juntó. Y eso no nos lo pudo sacar nadie: ni el maltrato, ni el Challenger, ni los años.

A las instrumentadoras de hoy

A las que hoy se levantan a las cinco para llegar a la primera cirugía. A las que preparan el campo mientras el paciente todavía tiene miedo. A las que saben qué pinza viene y no necesitan que se lo digan. A las que cuentan dos veces, por las dudas. A las que se quedan hasta el final y después ordenan todo, en silencio.

Gracias. Sostienen la vida sin que nadie les aplauda.

Y les digo una sola cosa, la que aprendí a los veinte:

No dejen que les apaguen la dignidad por un delantal. Si algún día se van, que sea por ustedes — nunca porque alguien las convenció de que no valían.

Yo me fui a los veinte. Y no me arrepiento: me hice a mí misma.

A las instrumentadoras quirúrgicas, en su día.

Si querés saber cómo llegué de un quirófano a leer territorios, te lo cuento acá: De instrumentadora quirúrgica a lectora de territorios

Marcela Almazán — Terapeuta transpersonal · Arquitectura de Identidad