Hoy amanecimos con la noticia: Chiche Gelblung murió a los 82 años. Y de pronto las redes se llenaron de recuerdos, de frases suyas, de «gracias por todo». Gente que nunca lo conoció en persona lo despidió con una tristeza casi familiar.
¿De qué hablamos cuando lloramos a alguien que no era de nuestra familia? De mucho más que de un periodista. Hablamos de las voces que nos criaron.
Durante décadas, Chiche fue una presencia constante: la radio del auto, la tele a la hora de comer, la voz grave opinando sobre todo. No lo elegíamos: simplemente estaba, como un tío lejano que aparece en todas las reuniones familiares.
Esa constancia crea un vínculo silencioso. Su voz se anuda a momentos de nuestra propia historia —la mesa de los domingos, el viaje al colegio, la cocina de la infancia— y cuando esa voz se apaga, se apaga un pedazo de esa escenografía. Por eso el duelo por una figura pública es real y es legítimo, aunque la sociedad a veces lo minimice.
Hay un segundo duelo escondido: Chiche representaba una época. El periodismo de oficio, la tele de la conversación larga, un ritmo de mundo que ya no existe. Cuando muere un referente así, lo que se llora no es solo a la persona: es el mundo que conocimos a través de ella.
«Cada referente que se va nos recuerda, sin decirlo, que el tiempo también nos está pasando a nosotros.»
Y ahí aparece el tercer duelo, el más íntimo: la propia finitud. A los 82 años de Chiche les medimos nuestros propios años, los de nuestros padres, los nuestros. La muerte del otro nos confronta con la nuestra. No es morboso: es humano.
La muerte de Chiche Gelblung, como toda pérdida grande, nos devuelve una pregunta que la vida cotidiana tapa: ¿estamos viviendo la vida que queremos contar? Que su despedida nos sirva también para eso: para mirar la propia, hoy, con un poco más de honestidad y un poco más de tiempo para lo que importa.
Despedir a una voz querida es también agradecer que alguna vez nos acompañó. Y en esa gratitud, Chiche se queda.
Si este duelo te despertó otros, más viejos y más tuyos, no los dejes en silencio. Reservá tu sesión en el consultorio y hablemos de lo que se movió.