Lo leí en todos lados, repetido hasta el hartazgo: goles, títulos, récords, la Copa del Mundo, las ovaciones. Messi anuncia su retiro del fútbol internacional y el planeta entero se pone a repasar su carrera como si fuera un inventario. Pero hay algo que casi nadie está mirando, y es justamente lo que a mí me ocupa como terapeuta: nadie está hablando del duelo.
Porque cuando un ídolo se retira, no se retira solo él. Se retira algo tuyo también. Una parte de tu historia, de tu identidad, de tus domingos. Y eso, aunque no lo creas, se llora.
En la mirada transpersonal, los ídolos no son solamente personas que juegan bien. Son símbolos. Messi cargó sobre sus hombros, durante veinte años, un montón de cosas que en realidad eran nuestras: la esperanza de que el esfuerzo valga la pena, la fantasía de que se puede llegar desde abajo, la ilusión de que algo —al menos una cosa— no se termine nunca.
Por eso el anuncio pega donde pega. No es solo fútbol. Es el final de una época que coincide, para muchos, con el final de su propia juventud. El pibe que miraba a Messi con el pijama puesto ahora tiene hipoteca, hijos, canas. Y de golpe, el espejo le devuelve una imagen que no pidió: la del tiempo que pasa.
Pensalo así: hay toda una generación que aprendió a esperar con él. Las frustraciones de 2014, la redención de 2021, el éxtasis de 2022. Messi fue la banda de sonido emocional de millones de argentinos. Y cuando se apaga esa música, lo que queda es silencio. Un silencio que invita a preguntarse: ¿y ahora qué?
Te habrá pasado: sentís una puntada rara, una melancolía que no sabés explicar, y te decís «¿pero por qué me afecta tanto si ni lo conozco?». No estás exagerando. El duelo simbólico es real, y se procesa con las mismas herramientas que el duelo personal.
Hay una enseñanza más profunda, y es la que nadie está dando: Messi se va en la cima. No se fue arrastrándose, no esperó a que lo silbaran. Soltó cuando todavía podía quedarse. Y ahí hay una lección transpersonal enorme: cerrar un ciclo con dignidad también es un arte.
Saber cuándo soltar es tan importante como saber cuándo insistir. La vida no se mide solo por lo que empezamos, sino por cómo terminamos lo que nos costó tanto.
¿Cuántos de nosotros seguimos aferrados a roles que ya cumplieron su función? Al trabajo que ya no nos nutre, a la relación que se terminó hace años, a la versión de nosotros mismos que ya no somos. Messi nos muestra, desde el césped, lo que cuesta aprender en el consultorio: soltar no es perder, es honrar lo vivido y abrir espacio para lo que sigue.
Hoy te invito a hacer algo simple y profundo: pensá en un ciclo tuyo que esté pidiendo cierre. Puede ser chico o enorme. Una amistad que se apagó, un proyecto que no va más, una ciudad que dejaste, una versión de vos que ya no te representa.
Preguntate: ¿qué me está costando soltar? ¿Qué miedo aparece si cierro esta puerta? ¿Qué quedaría libre si me animara?
No necesitás respuesta inmediata. Necesitás empezar a mirar. Porque así como Argentina hoy llora a su ídolo, cada uno de nosotros tiene un duelo simbólico esperando ser visto. Y cuando lo vemos, algo se destraba.
Si este anuncio te removió más de lo que esperabas, quizás sea la puerta de entrada a algo tuyo que pide ser escuchado. En el consultorio trabajamos justamente eso: los duelos que no sabés que estás viviendo. Te espero.