Moria Casán: el arquetipo que encarnó para triunfar

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Moria Casán: el arquetipo que encarnó para triunfar

Mujeres que corren con los lobos, desde la mirada transpersonal

Hay personas que no pasan por la vida: la ocupan entera. Moria Casán es de esas. Y lo que a primera vista parece un personaje mediático, visto con la mirada transpersonal y de arquetipos se vuelve algo mucho más profundo: la encarnación de un arquetipo que muchas mujeres arrastramos en la sombra, sin atrevernos a nombrar.

Clarissa Pinkola Éstés, en su libro Mujeres que corren con los lobos, lo llama la Mujer Salvaje: esa parte nuestra que conoce el instinto, el territorio y su propio poder. Esa que siente el llamado a ocupar lugar, a correr sin pedir permiso. Y que, en la mayoría de nosotras, fue enseñada a callar.

Yo trabajo hace más de veinte años en consultorio, acompañando a mujeres en su reconstrucción identitaria. Integro tarot convergente (una metodología propia), constelaciones familiares y una mirada bioarquetipal. Y cuando pienso en Moria, no veo a una vedette ni a una diva: veo a una mujer que se animó a ocupar todo el escenario sin pedir permiso. Veo a la loba que no pregunta si puede correr: corre.

Y eso, en la psicología de los arquetipos, es un acto de poder inmenso.

El arquetipo que encarnó: la Mujer Salvaje y la Emperatriz

En el lenguaje arquetipal, Moria Casán no encarnó el arquetipo de la madre complaciente ni el de la musa sumisa que espera ser mirada. Encarnó algo mucho más transgresor para su época: el arquetipo de la Mujer-Total, de la diosa que se exhibe con soberanía.

Es la figura que en muchas tradiciones se nombra como la deidad que no se avergüenza de su propio cuerpo ni de su propia inteligencia. La que dice «yo soy el centro» — no desde el capricho infantil, sino desde un dominio consciente del propio poder.

Es, precisamente, esa Mujer Salvaje que describe Éstés. La Mujer Salvaje no es la que se descontrola: es la que conoce sus instintos y los administra con criterio adulto. Es la que no confunde libertad con desorden, sino que sabe cuándo ocupar lugar y cómo hacerlo con soberanía.

En el tarot, esta energía está emparentada con La Emperatriz — no la versión dulce y decorativa, sino la Emperatriz que gobierna: la que sabe que su presencia es un territorio y lo administra con criterio adulto. La Emperatriz no pide espacio: lo ocupa. Y esa es exactamente la operación arquetipal que Moria sostuvo durante décadas.

Moria curó su instinto en plena luz pública. Sostuvo durante décadas algo que a la mayoría nos enseñaron a esconder: que el poder femenino existe, que se puede ejercer, y que no hay que pedir disculpas por él. Y a los 80 años recién cumplidos, sigue ocupando el escenario sin bajar un ápice esa fuerza: prueba de que el arquetipo no envejece, se profundiza.

Por qué triunfó: no desde la complacencia, sino desde el instinto recuperado

Acá está la clave que me parece más luminosa.

Moria no triunfó porque se adaptó a lo que esperaban de ella. Al contrario: triunfó desde el arquetipo desafiante, desde la transgresión que se hace consciente.

En la mirada sistémica, hay una lección enorme detrás de esto. Éstés cuenta que a la Mujer Salvaje se la entierra: que desde niñas nos enseñan a domesticar aquello que nos hace únicas. Muchas mujeres crecimos con un mandato de la sombra: «no te muestres de más, no ocupes demasiado lugar, no brilles más que el resto». Ese mandato muchas veces viene de historias familiares cargadas — de madres que callaron, de abuelas que se achicaron, de sistemas que pidieron silencio a cambio de pertenencia.

La figura de Moria funciona como un espejo inverso: ella desenterró a la loba. Rompió el pacto del achicamiento. Y al hacerlo, le abrió a una generación entera de mujeres la posibilidad de preguntarse: ¿y si yo también pudiera correr con los lobos?

No está diciendo que todas tengamos que ser divas o exponernos. Está diciendo algo más sutil y más profundo: que el lugar de una mujer en el sistema no tiene por qué ser el de la última fila. Y que esa fuerza instintiva que nos enseñaron a silenciar puede volver a despertar.

La mirada transpersonal: la diva como espejo de lo salvaje

Lo que más me conmueve es que Moria se sostuvo tanto tiempo desafiando a un país entero. Eso no es solo carácter: es un arquetipo que la atraviesa, que la eligió a ella tanto como ella lo eligió a él.

Desde lo transpersonal, cuando una figura encarna tan plenamente un arquetipo, deja de ser solo una persona y se vuelve un símbolo colectivo. La energía que despierta no es personal: es la de todas las mujeres que necesitan, en algún punto de su vida, darse permiso para ser vistas.

La loba, en el libro de Éstés, es también colectiva: es la que camina por el borde, la que escucha, la que no obedece al miedo. Cuando una mujer mira a Moria — o a cualquier figura que encarna lo salvaje sin pedir disculpas — algo en ella se remueve. No es envidia. Es reconocimiento. Es la parte propia que también quiere correr.

Por eso la admiración que sentís no es casual. Cuando algo te conmueve con esa profundidad, es porque está tocando una parte tuya que también quiere ocupar lugar. Y eso, en el trabajo de arquitectura de identidad, es una puerta que se abre.

Una invitación: desenterrar a la loba

Si esta figura despierta algo en vos — si sentís ese «yo también quiero ocupar espacio» — te invito a mirar de dónde viene el mandato que te lo impidió. A veces está en la memoria de una madre que se achicó, en una historia de abuelas que no fueron miradas, o en un sistema familiar que pidió silencio.

Desenterrar a la loba no es volverse ruidosa ni espectacular. Es reclamar el lugar que te corresponde en tu propia vida, con criterio adulto y sin pedir disculpas por ocuparlo. Es escuchar ese instinto que sabe lo que es tuyo y darle la palabra.

Encarnar el arquetipo de la Mujer-Total no es convertirse en diva. Es recordar que la fuerza salvaje no se doma: se conduce. Y se conduce con inteligencia, con sabiduría y con la certeza de que ocupar lugar no es un capricho: es un derecho.

Porque la segunda mitad de tu vida no se improvisa: se diseña a consciencia. Y a veces, para poder diseñarla, primero hay que atreverse a correr con los lobos.

Instituto Marcela Almazán — Arquitectura de Identidad con Arquetipos para mujeres +45. Tarot convergente (metodología propia), constelaciones familiares y bioarquetipal integrados. Más de 20 años de atención en consultorio.