Argentina juega la final del Mundial 2026 contra España. No hace falta que te cuente lo que se vive en las calles, en los grupos de WhatsApp, en cada oficina, en cada casa. Lo estás sintiendo en el cuerpo. Ese cosquilleo en la panza que no es hambre. Ese sueño entrecortado. Esa mezcla rara de euforia y terror que no se parece a nada.
Pero hay algo de lo que casi nadie está hablando. Y justamente por eso, hoy lo traigo acá.
Como terapeuta transpersonal, hace más de quince años que observo cómo los fenómenos colectivos atraviesan el psiquismo individual. Y un Mundial —una final, sobre todo— es un laboratorio emocional a escala nacional.
Millones de personas sincronizadas en el mismo deseo, en el mismo miedo, en la misma expectativa. Eso no es solamente fútbol. Eso es una corriente psíquica masiva que nos atraviesa, nos guste o no.
Lo transpersonal nos enseña que no somos islas. Que el campo emocional colectivo existe, y que nos afecta aunque no estemos mirando el partido. Si sentís una ansiedad difusa estos días, una inquietud que no podés ubicar del todo, no es casualidad. Estás inmerso en un océano emocional de cuarenta y seis millones de personas.
Acá viene la parte más interesante. La Selección Argentina funciona como una pantalla de proyección psíquica. Depositamos en esos once jugadores —y especialmente en Messi— nuestras propias necesidades de validación, de reconocimiento, de sentido.
No es fútbol. Es identidad. Es pertenencia. Es la fantasía de que si ellos ganan, algo en nosotros también gana. Y si pierden, algo en nosotros se derrumba.
Esto no es patológico, ojo. Es profundamente humano. Pero nombrarlo nos da poder sobre eso, en lugar de que eso tenga poder sobre nosotros.
Hay una capa todavía más sutil. Muchas personas sienten más ansiedad ante la posibilidad de ganar que de perder. Suena contradictorio, pero en el consultorio lo veo todo el tiempo.
«¿Qué pasa si ganamos y después… nada cambia?»
Esa pregunta inconsciente revolotea en el aire. La fantasía de que el triunfo deportivo va a resolver algo más profundo —la economía, los vínculos, el sinsentido— y el miedo a que no sea así. El miedo a que la euforia dure tres días y después volvamos a la misma vida de siempre.
Eso también es ansiedad mundialista. Y no la está nombrando nadie.
Durante estas semanas, seguramente notaste: contracturas, insomnio, irritabilidad, atracones, falta de apetito, taquicardia sin motivo aparente. El cuerpo somatiza la tensión colectiva sin pedir permiso.
La terapia transpersonal trabaja justamente acá: en la conexión entre lo que sentís, lo que pensás, lo que tu cuerpo expresa y el campo energético más amplio en el que estás inmerso.
Un ejercicio simple que podés hacer hoy, antes del partido: sentate cinco minutos en silencio. Poné una mano en el pecho y otra en la panza. Preguntate: «¿esto que siento ahora, es mío o es del afuera?». No hace falta que respondas. Solo hace falta que te hagas la pregunta.
Gane o pierda Argentina, la vida sigue. Suena obvio, pero es lo primero que el sistema nervioso olvida cuando se monta en la ola colectiva.
Lo que realmente importa no es el resultado. Es qué hacés con lo que sentís. Es si podés atravesar esta experiencia sin perderte del todo en la marea. Es si podés disfrutar de la comunión colectiva sin olvidarte de que vos existís más allá de una copa.
Que el Mundial sea una fiesta, pero que no te coma la cabeza. Que la euforia se viva, pero que no tape lo que duele. Que la frustración, si llega, no te convenza de que tu vida vale menos.
Somos mucho más que un partido de fútbol. Y cuanto antes lo recordemos —incluso mientras gritamos los goles—, más libres vamos a ser.
Si necesitás procesar lo que esta final te está moviendo por dentro, podés pedir una sesión en https://www.terapiasmarcela.com/consultorio. A veces, el partido más importante se juega adentro.