Dieciocho meses de recesión. La más larga en tres décadas. La directora del FMI aterrizó en Buenos Aires para ver cómo viene la cosa. Las tarifas suben. Los alquileres suben. Las prepagas suben. El consumo no repunta. Las pymes cierran. El trabajo formal se achica. Los números son fríos y duelen.
Yo podría hacer un post sobre salud mental y crisis económica, sobre cómo la incertidumbre financiera genera ansiedad, sobre la importancia de pedir ayuda. Y todo eso sería cierto y necesario. Pero no es el lado B. El lado B es otra cosa.
El lado B es preguntarnos: ¿y si esta escasez material que estamos atravesando como país fuera, en realidad, una maestra espiritual de disfraz implacable?
Durante décadas nos vendieron —nos vendimos— la misma historia: el bienestar se mide en consumo. Cuanto más tenés, más valés. Cuanto más comprás, más feliz sos. El crecimiento económico como única brújula. El PBI como termómetro del alma colectiva.
Y durante un tiempo, más o menos, funcionó. O por lo menos funcionó lo suficiente como para no cuestionar la premisa. Pero hace un año y medio que la máquina se frenó. Y cuando la máquina se frena, lo primero que aparece es la angustia. Lo segundo —si uno se queda el tiempo suficiente— es la pregunta.
¿Qué pasa cuando lo que me definía deja de estar disponible? ¿Quién soy si no puedo comprar? ¿Qué valor tengo si no produzco? ¿Qué sentido tiene la vida si el plan de «tener más» se cayó?
En casi todas las tradiciones espirituales del mundo, la escasez material no es un accidente desafortunado. Es una iniciación. El desierto, el ayuno, la renuncia, el voto de pobreza. Todos los caminos profundos incluyen, en algún momento, un encontrarse con la falta. Porque solamente cuando te falta lo de afuera, empezás a mirar lo de adentro.
En India le llaman vairagya: el desapego que no viene del desprecio sino del agotamiento de lo externo. No es que renunciás porque sos mejor que los demás. Es que ya intentaste todo lo externo y no funcionó. La escasez te empuja a una pregunta que la abundancia te permite evitar.
Argentina, en ese sentido, es una maestra espiritual bastante exigente. Hace décadas que nos viene entrenando en la impermanencia, en la incertidumbre, en el arte de vivir sin red. Y sin embargo, cada nueva crisis la vivimos como si fuera la primera, como si el plan original de «estabilidad y progreso» fuera a volver en cualquier momento.
Quizás no vuelva. Quizás nunca fue real. Quizás era una fantasía que nos contamos para no enfrentar algo más profundo.
No estoy diciendo que el hambre sea espiritual. No estoy diciendo que la pobreza sea iluminación. No estoy romantizando la necesidad. Lo digo claro: hay gente que la está pasando mal, muy mal, y eso no tiene nada de espiritual. Eso es injusticia, es desigualdad, es un sistema que no funciona.
Pero hay otro segmento enorme de la población —clase media, profesionales, trabajadores— que no está pasando hambre pero que vive la recesión como una catástrofe existencial. Y ahí, en ese escalón, es donde la pregunta espiritual se vuelve pertinente.
¿Qué pasaría si, en lugar de resistirnos a la escasez, la usáramos como un gimnasio interior? ¿Qué pasaría si descubriéramos que hay una forma de abundancia que no depende de lo que entra en la billetera? La abundancia de los vínculos. La abundancia de la creatividad. La abundancia del tiempo compartido. La abundancia de un propósito que no se compra en cuotas.
La recesión te saca el auto, pero te devuelve las piernas. Te saca el delivery, pero te devuelve la cocina. Te saca el shopping, pero te devuelve la plaza. Te saca la distracción, pero te devuelve el silencio. Y en el silencio, a veces, aparece lo que la distracción nos venía escondiendo.
El FMI se va a ir. Las tarifas van a seguir subiendo o van a bajar. La economía va a repuntar o no. Nada de eso está en nuestro control. Pero sí está en nuestro control la pregunta con la que atravesamos este momento.
¿Voy a pasarme la recesión esperando que vuelva la abundancia de antes? ¿O voy a usar este desierto para descubrir una abundancia que no me puede sacar nadie?
Esa segunda pregunta es el verdadero lado B. Y es, te lo digo por experiencia, la que más vale la pena hacerse.
Si estás atravesando este momento con angustia y querés explorarlo en un espacio terapéutico, podés agendar una sesión en mi consultorio online.