El 28 de julio de 2026, a las 16:27 hora local, la tierra se partió en Kumamoto. Un sismo de magnitud 7.1 sacudió el sur de Japón, dejó al menos 13 muertos, cientos de heridos, un centro comercial colapsado, trenes descarrilados, incendios, alerta de tsunami. Otra vez. Como en 2016. Como en Noto en 2024. Como tantas veces en un país que convive con el temblor como nosotros convivimos con la inflación.
Las imágenes son brutales. El segundo piso del Aeon Mall que se viene abajo. La chimenea de una fábrica de papel que sepulta operarios. Gente corriendo por calles que se ondulan como sábanas. Y del otro lado del mundo, nosotros, scrolleando.
Pero acá no vine a hacer periodismo. Vine a hacer lo que nadie está haciendo: preguntarme qué nos pasa por adentro cuando vemos esto.
Un terremoto es la expresión más descarnada de algo que preferimos negar todos los días: no tenemos el control. Podés tener la mejor ingeniería antisísmica del planeta —y Japón la tiene—, podés tener protocolos, simulacros, alertas tempranas. Y aún así, en 40 segundos, todo lo sólido se desvanece en el aire.
Eso que sentís cuando ves el video del shopping desplomándose no es solo empatía. Es angustia de identificación. Tu psiquismo, en una fracción de segundo, se pone en el lugar del que está ahí. Y registra, a nivel celular, que eso te podría pasar a vos.
Y lo negás. Claro que lo negás. Porque si no, no podrías salir de tu casa.
Desde la psicología transpersonal, los eventos catastróficos no son «lecciones» ni «pruebas» —esas son lecturas new age berretas que solo sirven para bypass espiritual—. Son amplificadores de lo que ya está. Un terremoto no te enseña nada que no supieras: te obliga a mirarlo.
Lo que ya sabés, pero no querés saber, es que:
El pueblo japonés vive con esta verdad a flor de piel. No es que «aceptaron» la fragilidad —conviven con ella. La honran. El mono no aware —la belleza de lo efímero— no es un concepto decorativo: es una tecnología de supervivencia psíquica forjada en siglos de tsunamis y terremotos.
No necesitás un sismo 7.1 para integrar la fragilidad. Podés empezar ahora:
No se trata de vivir con miedo. Se trata de vivir con presencia. El miedo paraliza; la presencia despierta. El miedo te contrae; la presencia te expande. Kumamoto nos recuerda —una vez más, y van…— que la diferencia entre una vida vívida y una vida padecida está en cuán despiertos estamos al hecho simple, aterrador y maravilloso de estar acá.
Cuando en Japón ocurre una tragedia así, hay algo que siempre me conmueve: la respuesta colectiva. No hay saqueos. No hay violencia. Hay duelo, sí. Pero hay, sobre todo, comunidad. Vecinos que buscan sobrevivientes. Abuelos que reparten agua. Jóvenes que cargan escombros.
Eso también es terapéutico. Porque el trauma no se procesa en soledad: se procesa en tribu. El abrazo, la mano, la mirada compartida reconstruyen más rápido que cualquier grúa.
¿Cuándo fue la última vez que te permitiste sentir que le pasa algo al otro y hacer algo al respecto?
Hoy, desde este rincón del mundo, mando un abrazo enorme a Japón. Y te lo mando a vos también, que quizás estás leyendo esto con el pecho apretado. Eso que sentís es humano. No lo anestesies. Dejalo estar. Es la prueba de que estás vivo.
Nos vemos en el consultorio —o donde sea que elijas empezar a habitar tu fragilidad con los ojos abiertos.