El país amaneció con un silencio distinto. No es el silencio de la siesta ni el de la madrugada después de una fiesta. Es un silencio pesado, como si alguien hubiera corrido todos los muebles de lugar y todavía no supiéramos bien dónde sentarnos. Argentina perdió la final del Mundial 2026 contra España. Messi no tuvo su despedida soñada. Y acá estamos, con el corazón partido al medio, tratando de explicar por qué nos duele tanto algo que pasó del otro lado del océano.
Pero de esto quiero hablar hoy. No de fútbol. Del duelo.
Cuando hablamos de duelo, la mayoría piensa en la muerte de un ser querido. Y sí, ese es el duelo por excelencia. Pero hay otros duelos: el de un proyecto que no fue, el de una relación que terminó, el de un país que soñás, el de una versión de vos mismo que ya no existe. Y también este: el duelo colectivo por un sueño compartido que se rompió en mil pedazos en el minuto 93.
Lo que vivimos ayer como país no es solo una derrota deportiva. Es el cierre de una era, la despedida que no fue, la última foto que no salió. Y duele. Duele mucho. Pero nos cuesta ponerle palabras porque «es solo fútbol».
No, no es solo fútbol. Es la inversión emocional de 45 millones de personas durante años. Es la ilusión como refugio en medio de un país que no da tregua. Es Messi como símbolo de que algo, alguna vez, podía salir bien.
Desde la terapia transpersonal, una de las enseñanzas más profundas es la del desapego. No como indiferencia —ojo, que esto lo aclaro siempre—, sino como la capacidad de soltar la expectativa de cómo deberían ser las cosas para poder vivir cómo son.
Queríamos el final de película. Queríamos que Messi levantara la copa, que sonara la música épica, que los titulares del lunes fueran un poema. Queríamos el cierre perfecto. Y la vida, que no es Disney, tenía otros planes.
¿Cuántas veces te pasó esto en tu vida personal? Esa expectativa puesta en un momento, en una persona, en un resultado. Y cuando no se da, el vacío que queda es enorme. Porque no es solo lo que perdiste: es todo lo que habías construido alrededor de eso.
Acá está el «lado B» que casi nadie está mirando: esta tristeza colectiva es una oportunidad. Sí, leíste bien. Una oportunidad para preguntarnos qué estamos poniendo afuera que en realidad tenemos que resolver adentro.
El duelo no es patológico. Es sano. Es humano. Lo patológico es negarlo, taparlo con memes, convertirlo en bronca contra el arquero rival o en un «ya fue, es solo un partido».
Jung decía que proyectamos en los ídolos aquello que no reconocemos en nosotros mismos. La grandeza, la magia, la capacidad de trascender lo ordinario. Pero también proyectamos la exigencia despiadada: «no podés fallar justo ahora».
Messi nos dio todo. Y ahora, desde nuestro dolor, algunos le exigen que hubiera dado más. Este es un mecanismo muy humano y muy cruel al mismo tiempo. La sombra de la exigencia perfecta que también nos aplicamos a nosotros mismos en silencio.
«El verdadero viaje del héroe no termina con la victoria. Termina cuando el héroe se encuentra con su sombra y la integra.»
Pasó el Mundial. Pasó la final. Pasó la ilusión. Y acá estamos, en un miércoles cualquiera de julio, con lo que somos sin ese sueño. ¿Quiénes somos cuando no estamos ganando? ¿Qué sostenemos cuando no hay copa que levantar?
Esa es la pregunta transpersonal por excelencia. La que trasciende el evento y va a lo esencial.
El duelo se elabora sintiendo. Llorando si hay que llorar. Hablando con otros. Dándole lugar a lo que pasó sin minimizarlo pero sin quedarse a vivir ahí. Porque ningún resultado externo —ni siquiera una Copa del Mundo— puede darte lo que solo se construye desde adentro.
Si esta derrota te tocó más de lo que esperabas, quizás no es solo fútbol. Quizás hay algo tuyo, muy tuyo, pidiendo ser mirado. Las crisis colectivas son espejos. Y en este espejo, hoy, nos estamos viendo todos.
Te abrazo fuerte, argentino, argentina, a la distancia. Y te recuerdo: la próxima ilusión va a venir. Pero mientras tanto, quedate con vos. Que ese es el verdadero campeonato.