En menos de 24 horas, Rosalía pasó de ser una de las artistas más queridas por el público argentino a ser tendencia por todo lo contrario. ¿El motivo? Republicó un video de Mia Khalifa con comentarios que fueron leídos como una burla hacia la Selección Argentina después de la derrota en la final del Mundial. Las redes estallaron. La «cancelaron». Y todo el país se puso de acuerdo en algo: Rosalía es la enemiga número uno.
Pero pará. Respirá. Vamos a hacer algo que casi nadie está haciendo: mirar para adentro.
En psicología hay un mecanismo de defensa que se llama desplazamiento. Consiste en redirigir una emoción intensa —generalmente ira o frustración— desde su fuente original hacia un blanco más accesible o menos amenazante. Es lo que hace el empleado que se traga la bronca con su jefe y después le grita al que maneja mal en la autopista.
¿Qué pasó ayer? Argentina perdió la final del mundo. Una frustración enorme, legítima, con una fuente difusa: ¿con quién te enojás? ¿Con el árbitro? ¿Con el técnico? ¿Con el destino? Es difícil. Entonces aparece Rosalía, una figura pública que comete un error de timing y sensibilidad, y el desplazamiento se activa como un resorte.
No es que Rosalía no haya metido la pata. La metió. Pero la reacción desproporcionada es nuestra. Y eso es lo que tenemos que mirar.
Argentina tiene una relación muy particular con su identidad. Somos un país que se piensa a sí mismo a través del fútbol, de los logros, del reconocimiento externo. Cuando ganamos, somos los mejores del mundo. Cuando perdemos, nos sentimos traicionados por el universo entero.
Esto se llama herida narcisista. No en un sentido patológico, sino como dinámica colectiva. La derrota no es solo una derrota: es una afrenta a la identidad. Y cuando alguien —una artista española, justo del país que nos ganó— parece burlarse de esa herida, la reacción es visceral.
Pero acá está el punto ciego: lo que Rosalía hizo o dejó de hacer no es la causa de nuestro dolor. Es el catalizador.
Desde la mirada transpersonal, la proyección es uno de los mecanismos más reveladores del psiquismo. Todo aquello que nos molesta desmedidamente en el otro tiene algo para decirnos sobre nosotros mismos.
¿Qué nos molesta tanto de Rosalía en este momento? ¿Que haya sido insensible? ¿Que se haya reído de nuestra derrota? ¿Que no haya entendido lo que significaba este partido para nosotros?
Probemos dar vuelta el espejo:
La sombra, decía Jung, es eso que no queremos ver de nosotros mismos y que encontramos en los demás. La cancelación masiva de Rosalía es, en gran medida, un ritual colectivo de proyección.
Cancelar es fácil. Es inmediato. Es catártico. En tres clics sacás a alguien de tu vida digital y te sentís mejor por un rato. Pero cancelar no resuelve nada. No elabora el dolor. No integra la sombra. Solo la esconde debajo de la alfombra de la indignación justiciera.
La cancelación es el antónimo de la compasión. Y la compasión no es justificar al otro: es entender que todos, absolutamente todos, somos capaces de equivocarnos. Que todos tenemos días malos, tuits desafortunados, momentos de insensibilidad.
«Antes de señalar al otro, preguntate qué parte de eso que condenás también vive en vos.»
Argentina está dolida. Y está bien que lo esté. Pero el camino no es buscar enemigos externos para descargar la frustración. El camino es hacernos cargo de lo que sentimos sin necesidad de destruir a nadie en el proceso.
Rosalía se equivocó. Y también se equivocó mucha gente en las redes respondiendo con violencia y odio. Los dos lados de la misma moneda. La misma falta de registro emocional.
Cuando podamos perder una final sin necesitar un chivo expiatorio, cuando podamos sentir bronca sin convertirla en linchamiento digital, ahí vamos a haber crecido como sociedad.
Mientras tanto, te invito a hacer este ejercicio: la próxima vez que sientas el impulso de cancelar a alguien, preguntate qué es lo que realmente te está doliendo a vos.