Mientras vos leés esto, hay buques de guerra en el estrecho de Ormuz. Estados Unidos bombardeó bases iraníes. Las bolsas del mundo tiemblan. Las acciones argentinas en Nueva York se desploman. El riesgo país sube. Vos estás en tu casa, en Buenos Aires, en Córdoba, en Rosario, tomando mate y mirando el celu. Y sin embargo, algo en tu cuerpo ya registró la amenaza. Aunque estés a 13.000 kilómetros del conflicto.
Así funciona el sistema nervioso humano en la era de la hiperconexión. Y casi nadie lo está contando.
Hay un principio básico en neurobiología que cambió para siempre mi manera de acompañar pacientes: el cerebro límbico, ese que se encarga de detectar peligros y activar respuestas de estrés, no distingue entre una amenaza real y una amenaza simbólica. No sabe si el peligro está acá a la vuelta o del otro lado del planeta. Lo único que sabe es que tus ojos vieron «bombardeo», «guerra», «conflicto», y eso alcanza para que el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal se dispare.
El resultado: cortisol circulando por tu sangre mientras vos estás sentado mirando la final del mundo. Una cosa no cancela la otra. Tu cuerpo está procesando la euforia del Mundial y al mismo tiempo el miedo sordo de un conflicto internacional que escala. Esto se llama carga alostática acumulada. Y es una de las causas más invisibles de los cuadros de ansiedad que veo en el consultorio todos los días.
Acá está el verdadero problema: no es el conflicto en sí. Es la exposición continua, fragmentada y desregulada a información catastrófica. Abrís Instagram y ves la final del mundo. Swipeás y ves misiles. Swipeás y ves a Messi. Swipeás y ves el índice Merval en rojo. Tu psiquis hace malabares entre la euforia y el terror, y eso tiene un costo.
La terapia transpersonal tiene una palabra para esto: polución psíquica. Así como hay contaminación ambiental, hay contaminación informativa. Y respirás ese aire tóxico sin filtro, todos los días, sin darte cuenta de que te está enfermando.
Voy a decir algo que tal vez incomode: toda guerra externa es la manifestación de una guerra interna no resuelta a escala colectiva. Cuando dos países se atacan, lo que estamos viendo es la sombra de la humanidad proyectada sobre un territorio. El miedo, la ambición, el deseo de dominación, la paranoia —todo eso que no queremos mirar adentro— se convierte en portaaviones y drones.
Y acá viene lo más duro: cada bomba en Ormuz es una bomba que también estalla en tu campo energético. No hace falta ser místico para entenderlo. Los pensamientos y las emociones humanas generan patrones que nos conectan. Las tradiciones contemplativas lo saben hace milenios.
No, no te voy a decir que dejes de leer noticias. Te voy a decir algo más práctico y más profundo: aprendé a regular tu exposición conscientemente.
La trampa del miedo global es que te hace sentir chiquito e impotente. Y la respuesta no está en hacerte el héroe que va a resolver el conflicto geopolítico. La respuesta está en lo micro. En cómo te hablás cuando te despertás a las 3 de la mañana con taquicardia. En a quién le pedís un abrazo. En qué ritual cotidiano te devuelve al presente.
El mundo siempre tuvo guerras, siempre tuvo conflictos, siempre tuvo miedo. Lo que cambió es la velocidad y la intimidad con que ese miedo entra en tu dormitorio. Lo revolucionario, en este contexto, no es estar informado. Lo revolucionario es elegir tu paz. Una y otra vez. Como un acto de resistencia consciente.
La paz no es la ausencia de conflicto externo. Es la decisión inquebrantable de no dejar que el conflicto externo te quite el centro.
Si sentís que la ansiedad global te está pasando factura —insomnio, contracturas, irritabilidad, ataques de pánico, esa sensación difusa de que algo malo va a pasar—, no lo naturalices. No es normal vivir con la alarma interna siempre encendida. La terapia es un espacio donde podés bajar la guardia, entender qué te está pasando y aprender herramientas para recuperar tu eje. Sin juicios, sin diagnósticos fríos, sin etiquetas.