El lado B de morir en vivo: cuando tu valor depende de la audiencia

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El lado B de morir en vivo: cuando tu valor depende de la audiencia

El lado B de morir en vivo: cuando tu valor depende de la audiencia

César Gastélum tenía más de 500.000 seguidores en TikTok. El 4 de agosto salió a la calle, en Culiacán, a grabar un reto viral vestido de repartidor de comida, junto a dos amigos. La cámara grababa. Una moto se detuvo a su lado. Un disparo en la cabeza. La transmisión quedó abierta mientras todo se desmoronaba: murió en vivo, delante de miles de personas que lo miraban. Esta semana detuvieron al presunto responsable. El caso policial se cierra, pero a mí, como terapeuta, me queda una pregunta que no me deja dormir: ¿desde cuándo creemos que existimos solo si nos están mirando?

La validación como droga silenciosa

Nadie va a decir en el velorio de César que murió por buscar likes. Y está bien, porque sería cruel y además impreciso. Pero negar que vivía —como tantos— con la cámara como espejo, es tapar el sol con la mano.

El reconocimiento activa en el cerebro los mismos circuitos que una recompensa. Un «me gusta» es un chispazo de dopamina. Mil seguidores nuevos, una dosis más fuerte. El problema no es la dopamina: el problema es cuando el valor propio se calcula en métricas. Ahí dejás de habitar tu vida y empezás a administrarla para los demás.

No te duele que te dejen de mirar. Te duele descubrir que, sin miradas, no sabés quién sos.

La máscara que se come a la persona

En consultorio lo veo todos los días. Gente con dos vidas: la que publica y la que calla. La que muestra el plato lindo y esconde la ansiedad a las tres de la mañana. La que sonríe en la foto y no puede mirarse al espejo sin filtro, sin aplausos, sin testigos.

La mirada transpersonal lo llama disociación del yo: la persona se fragmenta entre lo que muestra y lo que es. Y cuanto más grande es la audiencia, más chica se vuelve la parte que no se muestra. Hasta que un día la máscara se queda con el timón y la persona ya no sabe cómo volver a casa.

  • Publicar para existir: «si no lo subo, no pasó».
  • Medir el día por las notificaciones.
  • Sentir pánico cuando baja el alcance.
  • Elegir qué mostrar según lo que rinde, no lo que se siente.

Lo que ninguna transmisión puede darte

César estaba haciendo un reto viral. La lógica de los retos es simple: generar reacción. Cuanto más extremo, más miradas. La mirada ajena se vuelve combustible, y el cuerpo —la vida— se vuelve el precio del tanque. No es un accidente: es el final lógico de vivir pendiente del encuadre.

Lo que la mirada ajena nunca te va a dar es presencia. La presencia es otra cosa: es estar acá, en tu cuerpo, sin necesitar que nadie lo certifique. Es saber que valés aunque el teléfono esté apagado y no haya nadie mirando.

Señales de que vivís para la audiencia

  • No disfrutás nada si no lo documentás.
  • Te comparás con desconocidos a toda hora.
  • Tu estado de ánimo depende del algoritmo.
  • Sentís vacío apenas apagás la pantalla.

El lado B

El lado B de esta noticia no es la violencia, que ya ocupa todos los titulares. El lado B es la soledad de fondo: una cultura entera que confundió «ser visto» con «ser amado», y «seguidores» con «compañía».

Si algo nos deja César, además del dolor, es una advertencia: la cámara no te salva. La audiencia no te abraza. Nadie que te mire desde una pantalla va a estar ahí cuando la pantalla se apague.

Podés empezar hoy, sin dramatismo: dejá el teléfono en otra habitación media hora. Mirá a alguien a los ojos. Hacé algo que nadie va a ver. Sentí que existís igual. Porque existís, y eso no depende de ningún contador.

Si sentís que vivís para que te miren y no sabés cómo volver a vos, te espero en el consultorio: https://www.terapiasmarcela.com/consultorio