Quino, Mafalda y el arte de sanar con humor: a 94 años de su nacimiento

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18/07/2026

Quino, Mafalda y el arte de sanar con humor: a 94 años de su nacimiento

Quino, Mafalda y el arte de sanar con humor: a 94 años de su nacimiento

Un 17 de julio de 1932 nacía en Mendoza, al pie de la cordillera, un pibe llamado Joaquín Salvador Lavado Tejón. Sus padres eran españoles, andaluces para más datos, y ni por asomo imaginaban que ese hijo callado, que dibujaba desde que aprendió a sostener un lápiz, se convertiría en uno de los artistas más importantes del siglo XX. El mundo lo conoció como Quino. Y nosotros, los argentinos, lo quisimos como a un abuelo sabio que nos enseñó a reírnos del mundo mientras el mundo se caía a pedazos.

A 94 años de su nacimiento, quiero hablarte de algo que quizás nunca escuchaste. Algo que va mucho más allá del humor gráfico, de los premios Príncipe de Asturias, de las traducciones a treinta idiomas. Quino fue, sin saberlo, sin proponérselo, sin un título colgado en la pared, uno de los grandes terapeutas de nuestra historia colectiva.

Mafalda en el diván: el diagnóstico que nadie hizo

Pensalo un segundo. Mafalda es una nena de seis años que no soporta la sopa, odia las injusticias con fervor militante, se preocupa por la humanidad como si cargara el peso del mundo sobre sus hombritos dibujados, y vive en un estado de angustia casi permanente por el estado del planeta. ¿Te suena?

Clínicamente, Mafalda es un caso de manual. Ansiedad generalizada, preocupación excesiva por problemas que exceden por completo su capacidad de control, dificultad severa para adaptarse a un mundo que no funciona como ella quisiera, cuestionamiento constante de la autoridad adulta. Cualquier psicólogo tradicional la habría diagnosticado, medicado y enviado a adaptación curricular.

Pero Quino no hizo nada de eso. Quino la convirtió en heroína.

Y ahí está la primera gran genialidad terapéutica del maestro: Quino nos mostró que estar angustiado por el mundo no es un trastorno, es una forma de sensibilidad. Que la sopa —esa metáfora perfecta, redonda, imbatible, de todo lo que te quieren imponer aunque no te guste, aunque te haga mal, aunque tu cuerpo te grite que no— no hay que tragarla por compromiso. No hay que tragarla porque sí. No hay que tragarla para ser educada.

El humor que no anestesia: el humor que despierta

Hay un tipo de humor que es evasión. Un chiste fácil, un golpe bajo, una distracción para no pensar. Es el humor del entretenimiento vacío, el que te hace olvidar por un rato que estás triste pero no transforma nada.

Y hay otro tipo de humor completamente distinto: el humor que es atravesamiento. El de Quino es de este segundo tipo.

Cuando te reís con Mafalda, no te estás olvidando de los problemas del mundo. Al contrario: te estás conectando con ellos desde un lugar nuevo, más liviano, más lúcido. El humor quinesco no anestesia: despierta. No te distrae de lo que duele: te enfoca en lo que duele pero con una mueca en la cara que te permite mirarlo sin desmoronarte.

Desde la terapia transpersonal, sabemos que el humor es una de las herramientas de sanación más poderosas que existen. Porque cuando podés reírte de algo que te duele, de algo que te oprime, de algo que te da miedo, eso que te dolía ya no te está dominando. Empezaste a trascenderlo. Le sacaste el poder que tenía sobre vos.

Y Quino nos ayudó a reírnos de la dictadura, de la burocracia, del capitalismo salvaje, de la injusticia, de la guerra, de la estupidez humana. Nos ayudó a reírnos de nosotros mismos.

Los personajes como arquetipos de tu psique

Cada personaje del universo Quino es mucho más que un dibujito simpático. Es un arquetipo, una representación simbólica de fuerzas que operan en nuestra psique individual y colectiva. Y reconocerlos es reconocerte.

Manolito es el capitalismo internalizado. Esa vocecita que te dice que todo se reduce a guita, que solo vale lo que produce, que el arte es pérdida de tiempo, que los sentimientos no cotizan en bolsa. ¿Cuántas veces escuchaste esa voz en tu cabeza cuando quisiste hacer algo que no «rinde», que no te deja ganancia, que es solo por el placer de hacerlo?

Susanita es el mandato social del género. El «tenés que casarte, tener hijos, ser una señora respetable». Un mandato que mutó de forma pero sigue operando con la misma violencia sutil: ahora se llama «tenés que ser exitosa, flaca, productiva, espiritual, buena madre, buena profesional y feliz todo el tiempo». La misma imposibilidad con distinto packaging.

Felipe es la ansiedad anticipatoria. El que sufre por lo que todavía no pasó, el que se ahoga en un vaso de agua antes de que el vaso exista, el que se paraliza antes de arrancar. ¿Cuánto de Felipe tenés vos? ¿Cuántas veces dejaste de hacer algo no por lo que pasó, sino por lo que imaginaste que podía pasar?

Libertad —qué nombre, qué definición de intenciones— es la parte nuestra que quiere expandirse, que no acepta límites impuestos sin razón, que se pregunta por qué las cosas tienen que ser como son y no de otra manera totalmente distinta. Es el impulso transpersonal por excelencia: ir más allá de lo conocido.

Guille, el hermanito bebé de Mafalda, es la mirada pura antes de la domesticación social. El que ve el mundo sin los filtros que después nos pone la educación, el sistema, el «así son las cosas». El que dice lo que ve sin calcular consecuencias. El sabio que todavía no aprendió a callarse.

Y Mafalda, por supuesto, es la conciencia. La que no puede hacer de cuenta que no ve la injusticia. La que pregunta lo que nadie quiere responder. La que señala el agujero en el sistema mientras todos hacen de cuenta que el sistema funciona perfecto. La que se angustia porque no entiende cómo el mundo puede estar tan mal y la gente tan tranquila.

Mafalda sos vos cuando no podés dormir pensando en el calentamiento global. Mafalda sos vos cuando te indigna una injusticia que los demás naturalizan. Mafalda es esa parte tuya que todavía no se resignó.

Quino y la terapia transpersonal: espejos que sanan

Lo que Quino hizo durante más de cincuenta años fue, esencialmente, terapia colectiva. Nos mostró nuestras sombras con una ternura infinita. Señaló las contradicciones del mundo adulto desde la única perspectiva que podía hacerlo sin cinismo ni resignación: la de una nena que todavía no aprendió a bajar los brazos.

El terapeuta hace exactamente lo mismo: te ayuda a mirar lo que no querés mirar, pero con el amor suficiente para que puedas sostenerlo sin romperte.

Y Quino nos amó. Amó a la humanidad con todas sus miserias, sus contradicciones, sus injusticias, sus ridículas pretensiones. Si no, no podría haberse reído de nosotros durante sesenta años sin caer jamás en la amargura, en el cinismo, en el desprecio. La suya fue siempre una risa amorosa. Una risa que decía «te veo, te entiendo, y te quiero igual».

Lo que Mafalda te puede enseñar hoy, ahora mismo

Volvé a leer Mafalda. Posta. Andá a la biblioteca, googleá las mejores tiras, entrá a cualquier página de fanáticos que las suben completas. Pero esta vez hacé algo distinto: prestale atención a lo que te pasa cuando la leés.

¿Qué viñeta te hace reír genuinamente? ¿Cuál te incomoda, te deja un sabor raro, te obliga a pasar rápido a la siguiente? ¿Con qué personaje te identificás más, casi sin querer? ¿Qué dice Mafalda que vos pensaste mil veces pero nunca te animaste a decir en voz alta?

Esa risa que te sale sin permiso, esa incomodidad que te agarra desprevenida, esa identificación inmediata que sentís con Susanita o con Felipe o con la misma Mafalda, son data tuya. Son puertas de entrada a partes de vos misma que quizás no estás mirando. Son señales de tu psique diciéndote «acá hay algo, vení a ver».

Quino se fue físicamente en 2020, pero su obra sigue viva, operando como un espejo que no miente. Y en tiempos donde todo parece ir cada vez más rápido hacia ninguna parte, donde la información nos atropella sin dejarnos pensar, donde la angustia se disfraza de productividad y el sinsentido de entretenimiento, quizás necesitamos más que nunca esa pausa de humor lúcido que Mafalda nos regala.

Gracias, Quino. Por las risas, sí, obvio. Pero sobre todo, gracias por ayudarnos a mirarnos sin miedo.

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